CORRESPONDENCIA:

Este es el lugar de la correspondencia. Aquí podrán leer las historias de mis colaboradores.

sábado 21 de junio de 2008

Detenciones y paradas

No fue hasta que llegué a Italia cuando entendí que una detener a alguien es lo mismo que parar a alguien, frenar en seco su existencia. “Fermata” es la parada del tranvía y también esa mujer detenida llamada Gloria. Aquí se baja usted de su vida, le habrá dicho Aleksas. Salga por el lado izquierdo y tenga cuidado con el escalón.

Hay, también, vidas detenidas y otras que son como invisibles porque nadie se ha parado a mirarlas con atención. Hay otras que se viven deprisa, sin pararse, y otras, como las nuestras, Rory, y la de tu puntual amigo Ryder que, como tú mismo dices, germinan en las pausas. Necesitan recapitular y florecer. Que sea el mundo el que nos espere, por una vez.

A Percival siempre lo reconocíamos en la lejanía por esa peculiar forma de andar. Nerviosa y elegante. Pero al detenerse, al sentarse en la esquina de la cama y mirar a las grietas del parqué, desplegaba su verdadera dimensión. Comenzaba a desgranarse su mundo interior, se desataba su irrepetible lucidez para analizar todo lo que sucedía a nuestro alrededor. Se describía y nos ayudaba.

Dada su frenética agenda social, era raro que esos momentos excedieran el monólogo interior y, por eso, cuando verbalizaba su pensamiento, uno se detenía a su lado simplemente para saborear el privilegio de ser el observador de su grandeza íntima. Las veces que quedamos a solas, me sentía honrado por ese encuentro fruto de una intención sin lugar para la casualidad: él quería estar contigo. Todo adquiría una cadencia similar a un lento goteo, al paladeo intenso de un sibarita ante un buen vino. El aroma, el sabor, la textura del aire eran placeres como para desglosar por partes.

Hubo épocas en las que nos veíamos a diario, pero siempre me pareció una ocasión especial encontrarme con Percival cara a cara. En cambio, algo me hacía sentir incómodo cuando ambos compartíamos en exclusiva un caprichoso espacio. La admiración obstaculizaba la conversación, como un amor primerizo que airea todas tus torpezas. Él lo notaba, yo creo, se violentaba un poco. Sin caer en la presunción, él sabía que a veces nos costaba ponernos con él en una línea de igualdad. Y yo, que nunca he sabido crear los estados de ánimo, sino adaptarme como el mejor a los ya existentes, acababa llenando con mis titubeos la atmósfera de inquietud.

La última vez que vi a Percival fue, en realidad, a solas. Él y yo en la pequeña mesa de un café al azar. Fue la primera vez que, aunque no fuera explícitamente, creo que me estaba pidiendo ayuda. Con el bombín colocado impecablemente y el paraguas a modo de bastón, aun con el sol abrasador de ese verano de Madrid, expuso con su habitual brillantez, punto por punto, los motivos de su desesperación. Me llenó de orgullo compartir sus confidencias, ser la persona elegida para intentar dar con la solución a sus problemas, que él pensara que yo podría reconducir sus ánimos. Y volví a maravillarme por su poética para relatar una vida, aunque fuera la suya propia. Encerrado en ese espejo de vanidades, volví a casa pensando que ése sería uno de los momentos que siempre recordaría como un éxtasis de amistad, sin darme cuenta de que aquello era, en realidad, una despedida.

Por una extraña razón, el dolor Percival fortalecía nuestro vínculo amistoso, nos acercaba a él más que nunca, y su clarividencia al narrarlo nos hacía adorarlo cada vez más. Aquél día, en aquella larga conversación, creo que Percival por fin entendió también esto y completó el puzzle. Por eso, tras terminarse el enésimo café de un solo trago, me dio el habitual beso en la mejilla, dejó un billete encima de la mesa y se fue con determinación. Fin de trayecto. No habría más paradas.

sábado 14 de junio de 2008

Sorpresas

Sí. Es para mí, además de un placer, una sorpresa volver a escribirte, Rory. Que esté vivo a estas alturas era, en realidad, lo menos previsible. La salud en mi caso, amigo, ha sido como un sofisticado aparato electrónico que en el momento en que comienza a dar sus primeras muestras de error ha encontrado el principio del fin. Si fuera un artilugio, habría que ir mirando los próximos modelos que sustituyan este viejo cacharro obsoleto. Un pequeño desequilibrio en la sangre que lleva a una analítica más profunda y de ahí al ovillo de lana que sigue y sigue y no parará hasta desmadejarse del todo. Desguace, es la única opción.
Pero yo no tengo sustituto. No porque sea único, sino porque ha llegado el momento que siempre temí: el de asumir la despedida sin descendencia. ¿Es verdadera la necesidad de perpetuarse? ¿Es vanidad en busca de que alguien te recuerde? A veces, como siempre, lo pienso todo al revés y saber que soy el final de mi línea sucesoria me hace sentir más importante. Quien quiera, que me aproveche mientras esté aquí. Cualquier imitación es inferior al original, suelo pensar, y quizá alguien, en el más remoto de su subconsciente, se dará cuenta cuando no esté de que había algo que sólo yo podía ofrecerle. Aunque sea póstumamente y yo no sea creyente, tengo la impresión de que mis cenizas se alegrarán.

Pero también me habría gustado que un ser hubiera empezado su vida con ventaja gracias a los tragos que mi experiencia le habría evitado. Haberle dado mi sabiduría para facilitarle las cosas. Quizá habría sentido que todo cobraba un mayor sentido. Sí, Rory. Vuelvo a pensar que habría sido un buen padre si me hubiera dado la oportunidad en su momento.
Y también vuelve a mí la sensación de dependencia de las circunstancias. Ha sido un año de reclusión conmigo mismo, con mi enfermedad miserable, con esos médicos que se han fascinado porque mi diagnóstico es tan rocambolesco que para ellos es todo un reto profesional. No saben explicar qué flor mortal crece en mi interior y, por eso, hasta que no lo descubran es de vital importancia –curiosa expresión- que no me reúna con la muerte. Al parecer, en el futuro mi caso podría ayudar a otra gente. La verdad, llegados a este punto, eso es para mí lo de menos. He preferido centrarme en mí y volver a situarme en esa línea entre el reproche y la satisfacción al ver que todavía tengo mucho por aprender. Parece mentira, Timothy, a tu edad, ¿serás capaz de cambiar en la luz cálida del crepúsculo? Antes me movía bien en el contra pronóstico.

Siempre me he negado a consentir el defecto, he preferido luchar contra él aunque entre dentro del lote de impertinencias del ser humano. Y en mi caso, mi capacidad de adaptación jugó en mi contra. Jamás dejé de hacer un esfuerzo si era necesario, pero tampoco lo hice a no ser que fuera la única alternativa. En una mano, guardo el regusto de seguir sorprendiéndome a mí mismo, crecer conforme la rosa destapa sus espinas. En la otra, la amargura de necesitar un acicate para explorar mis posibilidades. Sobre todo, la de pensar que el mayor de todos, el que me habría hecho dejarme la piel en todo momento, llevaba mi apellido y nunca le dejé nacer.
Por fortuna, y como pequeña compensación, la vida me ha vuelto a poner en un brete. Y, sí, he vuelto a estar a la altura. Estar al límite demuestra cómo es uno y, al parecer, soy un tío de puta madre. Entonces, ¿por qué no lo soy siempre? ¿por qué he perdido la emoción de demostrarme a mí mismo hasta dónde puedo llegar? Este último año podría haberme derrumbado y no lo he hecho. Pero tampoco tengo la sensación de que mi compostura sea tan meritoria. Desde siempre, he temido desde lejos pero he demostrado bravura desde cerca. Pero, de alguna manera, esa que era “mi vida”, la de verdad, se había ido a muchos kilómetros de distancia.

Y, sí, la enfermedad ha sido gratificante en el sentido en que me ha puesto en contacto con mi yo ante la adversidad, con el Timothy infatigable, el que desempolva su amabilidad y podía crear todo un círculo de bienestar. El que sabe que en toda situación se puede conseguir rozar ese punto llamado “lo mejor en la medida de lo posible”. De repente, y después de tanto tiempo, creé a mi alrededor la atmósfera contagiosamente positiva de mis mejores tiempos y, aunque fuera en gente desconocida, se recompuso mi capacidad de levantar admiración. Mi dignidad a flote, pero ¿por cuánto tiempo? Sólo tenía ganas de poder contártelo, Rory. De darte a ti una feliz sorpresa. Y a Percival. Y a René.

viernes 16 de mayo de 2008

Despedida


Amigo Rory:

Todo empezó hace un par de semanas: me encontré a un conocido por la calle, le dije que me iba y al despedirnos no supe que decir... Que te vaya muy bien en la vida, como luego me dijo un amigo que le dijo un conocido la ultima vez que lo vio. Desde entonces he estao con la regla, caminando por la ciudad sin saber muy bien a dónde ir... Al final llegué a la conclusión de que o me iba sin decir ni adiós ni al diablo u optaba por el cuento de Pedro y el lobo: despedirme tantas veces como fuera necesario para así neutralizar el efecto despedida; así lo hice y esta noche volveré al bar de siempre con los amigos del barrio, la última sin cena, que lo de despedirse una sola vez apesta a Jesucristo.

Amigo Rory:

Esta será la última carta que te escriba porque en breve nos veremos las caras: he decidido ir a buscarte ya que no te dejas caer por aquí. Fue bonito mientras duró, o mejor: "Siempre nos quedará Paris".

Un abrazo:
Iván.

miércoles 9 de abril de 2008

"Everyman is an Island"

Amigo Rory:

espero sepas apreciar el riesgo que corro al enviarte otra carta tan de seguido. Por si no, te digo que esta semana las autoridades están muy activas y la red hace tiempo que dejó de ser un lugar seguro. ¿Te acuerdas de los viejos tiempos, viejo amigo? Cuando navegábamos con Lycos y no existían páginas porno gratuítas... Y más atrás aún: cuando estando se servicio en aquél pais dejado de la mano de Dios, el teniente Dan llegó y nos dijo que el Pentágono había creao un sistema para que nos comunicáramos secretamente y en tiempo casi real con el resto de cuerpos, batallones y comandos de la patria desperdigados por el mundo. Aquellos si eran tiempos y no los de ahora, ¿verdad, amigo Rory? Bueno, basta de nostalgias, que como empecé diciendo la cosa está muy fea y cuanto más breve mejor.
Te escribo porque esta mañana pasé por delante de la librería del barrio y leí en el escaparate un nombre que me resultó familiar. Me quedé un rato pensando y mirando el libro en cuestión con la cara pegada al cristal hasta que de repente me dio por hacer un círculo de vaho con el aliento y grafitear una burrada. No te la copio aquí de lo gorda que era, pero el caso es que de repente caí en la cuenta de que el autor del libro en cuestión era aquél poeta de la chaqueta verde. Me emocionó mucho pensar que se trataba de su primera publicación, hasta tal punto que tuve que entrar primero en el baño del bar de la esquina y coger un poco de papel higiénico para secarme el sudor de las manos y poder coger el libro sin estropearlo. Lo compré y uno de los textos me recordó a tu persona y circunstacia y como esta vez no es nada soez aquí te lo mando.

Un abrazo:
Iván.

Everyman is an Island


To Gorka


Got this very best friend,
his name was Buba,
we used to play chess.
One day i won three times in a row,
I guess it was too much to take...


Now i get this feeling
that everything´s meant to die,
that after a while
things, well, they just fall apart.


Got this true love,
her name was Patricia,
we used to be together all the time.
One day she went out for cigarettes
and never came back.


Now i get this feeling
that everything´s meant to die,
that under certain circumstances
nothing seems to survive.


One day i´d be talking a little,
or i´d be talking too much.
One day i was walking back home
when i suddenly realised
that everyman is an island,
that we´re not meant to survive.




P.D. Espero que la chica de la dedicatoria sepa apreciar el talento de este muchacho y le recompense como se merece.

martes 8 de abril de 2008

Mi nueva mujer: la primavera


Amigo Rory:

he soñado con nosotros dos esta noche. Te cuento: éramos dos jóvenes europeos recién llegados a Nueva York; tú tenías el pelo largo y vestías como una estrella del rock y yo no me acuerdo pero supongo que parecido a como era cuando fui joven y europeo, de viaje contigo a Nueva York. Llegamos de noche y caminamos por una calle muy larga y con mucha pinta de extrarradio, yo le pregunté algo a un fulano que esperaba el autobús y luego ya solamente recuerdo que nos hospedamos en una especie de residencia de estudiantes parecida a la que vio nacer nuestra amistad en la capital de España, digo en Nueva York. El sueño no tiene final, ni mucho sentido tampoco, aunque ningún sueño los tiene ahora que lo pienso...
Luego me he levantao ya un poco mejor, jaja, te lo voy a contar porque vuelve a tener huevos la cosa: estuve sin trabajar prácticamente todo el mes de marzo y, de repente, me volvieron a llamar. El caso es que durante una semana me metieron toda la caña que me habían quitado el mes anterior y, entre eso y los cambios de humor de mi nueva mujer -la primavera-, acabé por caer enfermo. Como me decía mi padre cuando era pequeño: “Hijo mio, tienes peor salud que Kafka”, que luego me enteré fue un escritor así con pinta de yonqui como yo.
Bueno, amigo Rory, me despido hasta la próxima que probablemente sea la última carta que te escriba desde aquí. No me preocupo aunque haga meses que no sé nada de tí porque solo puede significar que la has espichao o que estás ocupao con otros asuntos, y ninguna de las dos cosas tiene solución.

Un abrazo:
Iván.

sábado 16 de febrero de 2008

Una nube cerebral


Amigo Rory:

he estado a punto de dejar mi trabajo; te cuento: me encontraba a mi mismo viendo una comedia sobre un tipo al que le diagnostican una nube cerebral y dan seis meses más de vida cuando tomé la decisión: al día siguiente iría a trabajar para presentar mi dimisión. Cuando la película terminó me dispuse a acostarme no sin antes poner la alarma del móvil para despertarme en lo que iba a ser uno de los días más importantes de los últimos tiempos de mi vida cuando vi que tenía un mensaje; era mi jefa, que me escribía para decirme que mañana no había trabajo, y también se disculpaba por avisarme tan tarde. Imagínate mi consternación cuando, habiendo dado el paso por fin, me topo con semejante obstáculo; "Nada -me dije a mi mismo-, mañana en cuanto me levante la llamo y se lo digo", y con estas fijé la alarma para temprano y junté todas las pestañas.
Al despertarme la mañana siguiente sorprendentemente sentía la misma decisión que al acostarme y, tras coger fuerzas a base de tres mandarinas, un café y dos galletas, agarré el teléfono y llamé: un rin, dos rines, tres rines, cuatro rines, cinco rines... Colgué. "Ley de Murphy -pensé-, una de las más importantes; probablemente la segunda más importante después de la de la gravedad". El caso es que me pasé el rato siguiente dándole vueltas a la cabeza: "En realidad no está tan mal, puede que mejore este trimestre, no curro mucho y tengo tiempo pa mí, me quedan sólo un par de meses de contrato...". Al cabo de la hora más o menos volví a agarrar el teléfono, esta vez para mandarle un mensaje; aquí te copio el texto: "Hola, Paula, te llamé para preguntarte si hay trabajo mañana, si no nos vemos el viernes. Un beso."
Sí, Amigo Rory, lo que empezó siendo una cosa terminó siendo lo contrario, o la negación de la negación, que últimamente me lío con la diferencia...

Un abrazo:
Iván.

viernes 25 de enero de 2008

Chaqueta verde 2


Amigo Rory:

Increíble pero cierto y verdad: esta tarde estuve de rebajas y ¿a que no sabes lo que encontré? Una chaqueta igualita aquella de la que ya van un par de veces que te hablo. Te cuento: la compré en una tienda para vagabundos del distrito dieciocho; no daba crédito cuando la vi, me froté los ojos varias veces por si se trataba de un espejismo producto de la dura jornada consumista, pero no, era real: verde oscuro, bien forrada. Lo segundo que hice fue abalanzarme sobre el armario donde la tenían colgada (en esta tienda te descuidas un segundo, viene otro sin techo y te la clava) y lo tercero asegurarme de que tenían mi talla. Una L compré al final, que ya era ella bastante entallada, también porque me acordé de lo que dice siempre mi madre porque ya lo decía mi abuela: "Cómprala que te quepa un jersey debajo pa cuando haga frío".
Espera un momento, que me la voy a probar otra vez...

Mierda, no vale; es demasiado corta y abomba un huevo, parezco un macarra.
Joder, qué decepción: en fin... Tendré que devolverla mañana.
Siento haberte hecho perder el tiempo, aunque fue por una buena causa.

Un abrazo:
Iván.


P. D. Espero que todo vaya bien por ahí, que hace tiempo que no sé nada de ti...

lunes 24 de diciembre de 2007

El traje negro de Spiderman

Amigo Rory:

feliz año.

Te escribo desde la casa de mis padres (sí, has leído bien: desde la casa de Roca, al norte del norte), que hacía bastante tiempo que no volvía y, desde que me separé de Sylvia me cuesta mucho trabajo mirar solamente hacia delante. El caso es que mi visita coincidió, tú ya sabes que porque estaba escrito, con la de mi hermano mayor Wayne, que hacía todavía más tiempo que no abrazaba a los viejos. Cuando llegué me alegré con la sorpresa y pensé que unos días bajo el mismo techo nos ayudarían a recuperar parte del trato perdido, pero, salvo por una tarde que compartimos frente a la pantalla de la tele con la excusa de jugar a la antigüa videoconsola, nuestra visita discurrió por caminos separados. Ahora él ya está de vuelta en la isla con su mujer, y yo ya he decidido que me voy mañana; vivir aquí siempre ha sido tan cómodo... Tan cómodo como el traje negro de Spiderman.
Ah, casi se me olvida: ayer por la noche quedé con Paul, mi amigo de la infancia y cuando me iba para casa ¿a qué no sabes a quién me encontré? A Winnie, que también había venido a visitar a sus padres. Nos tomamos una cerveza en el único bar que encontramos abierto y estuvimos hablando de los viejos tiempos... Fue bonito; la conversación de contacto duró poco y a continuación nos pusimos manos a la obra con todos los tópicos de amantes que se encuentran al cabo de los años: yo no tardé mucho en romper el hechizo verbalizando la situación y ella, levemente sonrojada, alabó mi talento para cagarla recordándome que en nuestra primera cita le pedí permiso para besarla.
Bueno, amigo Rory, como te decía mañana ya me marcho y no me preguntes hacia dónde porque este canal no es seguro y esos hijos de puta me tienen muchas ganas.

Un abrazo:
Iván.















domingo 25 de noviembre de 2007

"Highlands"


Amigo Rory:

... Estoy en Boston, en un restaurante,
y no sé que pedir.
Bueno, igual si que lo sé, pero no me acabo de decidir.
La camarera se acerca,
un comedor vacío salvo por ella y por mí.

Debe ser fiesta porque no hay nadie alrededor. Me estudia detenidamente mientras me siento.
Tiene una cara bonita y unas piernas largas y brillantes como perlas.
Me pregunta: "¿Qué va a ser?".
Le respondo: "No sé, ¿tienes huevos cocidos?".

Me mira y dice: "Sí, pero no me queda mayonesa,
has elegido un mal momento para venir".
Y añade: "Sé que eres un artista, dibújame".
Le digo: "Lo haría si pudiera, pero no dibujo de memoria".

"No hace falta", me dice, "Estoy en frente tuya, ¿no te has fijado?".
Le digo: "Sí, me he fijado, pero no llevo el cuaderno encima".
Me alcanza una servilleta y dice: "Hazlo aquí".
Le digo: "Si no es por no hacerlo, es que tampoco tengo lápiz".

En esto que se saca el suyo de detrás de la oreja:
"Venga", me dice, "Aquí me tienes, dibújame".
Total que trazo un par de líneas y se las enseño.
Ella coge la servilleta, la tira
y me dice: "No se me parece en nada".

Le digo: "Yo creo que sí".
Me dice: "Estás de coña...", exclamo: "¡Ojalá fuera así!".
Y entonces me suelta: "No lees novelas escritas por mujeres, ¿verdad?".
Al menos eso es lo que creo haberle oido decir...
"¿Y tú qué sabes?", le digo, "Y además: ¿qué tiene que ver?".

"No sé, ¡pero está claro que no lo parece!".
Le digo: "Te equivocas de cabo a rabo".
Me pregunta: "¿A quiénes has leído, entonces? Le respondo: "¡A Lucía Etxevarría!".
Entonces se aleja un momento y aprovecho para levantarme en silencio.
Salgo a una calle llena de gente, pero me da la sensación de que nadie sabe dónde
va exactamente.

Mi corazón está en tierras altas, con los caballos y
los perros de caza.
Bien arriba, en el país limítrofe, lejos de las ciudades.
Con el tañido de la flecha y el chasquido del arco.
Mi corazón está en tierras altas,
no veo ningún otro lugar al que ir.

Cada día es lo mismo ahi fuera:
sentirme más alejado que nunca.
Algunas cosas se aprenden demasiado tarde.
Estoy perdido en nosedonde,
debo haber girado mal en algún cruce.

Veo gente en el parque olvidando sus problemas y
tristezas.
Beben y bailan, visten ropas de colores.
Todos los chavales con sus novias, jóvenes
y guapos.
La verdad es que me cambiaría por ellos
en un minuto, si pudiera.

Cruzo la calle para librarme de un perro sarnoso
hablando conmimo mismo en un monólogo.
Creo que lo que me hace falta es un largo abrigo de cuero.
Alguien me acaba de preguntar
si me he registrado para votar.

Acaba de salir el sol,
pero ya no alumbra como solía.
La fiesta ha terminado, y cada vez hay menos que decir.
Tengo ojos nuevos
que lo ven todo muy lejano.

Mi corazón está en tierras altas cuando rompe la mañana,
sobre las colinas y lejos de aquí.
Hay una forma de llegar, y de alguna forma la encontraré.
Aunque mentalmente ya estoy allí
y eso es suficiente por el momento.
Un abrazo:
Iván.




























domingo 18 de noviembre de 2007

"De la redención"



Amigo Rory:
la lectura de la primera entrega de tus Confesiones me ha recordado la noche que pasé en aquel motel de carretera y, concretamente, del libro que encontré en el cajón de la mesilla de noche – era un ejemplar magnífico: gastado por los bordes, dividido en capítulos cortos como a mi más me gusta-.
Amigo Rory:
la lectura de la primera entrega de tus Confesiones me ha recordado uno de los fragmentos de aquel libro; te lo copio aquí debajo y me disculpo por no recordar más que el título del capítulo y por no poder reproducirlo entero (una desagradable sorpresa me interrumpió la lectura y forzó a abandonar la habitación antes de tiempo...).
Lo próxima carta que te envíe ya la recibirás con remite de las Highlands, ahora me despido que “It´s not dark yet, but it´s getting there”.
Un abrazo:
Iván.


De la redención

... La voluntad no puede querer hacia atrás; el que no pueda quebrantar el tiempo ni la voracidad del tiempo – ésa es la más solitaria tribulación de la voluntad.
El querer hace libres: ¿qué imagina el querer mismo para liberarse de su tribulación y burlarse de su prisión?
¡Ay, todo prisionero se convierte en un necio! Neciamente se redime también a sí misma la voluntad prisionera.
Que el tiempo no camine hacia atrás es su secreta rabia.
“Lo que fue, fue” - así se llama la piedra que ella no puede remover.
Y así ella remueve piedras, por rabia y por mal humor, y se venga en aquello que no siente, igual que ella, rabia y mal humor.
Así la voluntad, el libertador, se ha convertido en un causante de dolor: y en todo lo que puede sufrir véngase de no poder ella querer hacia atrás.
Esto sí, esto solo es la venganza misma: la aversión de la voluntad contra el tiempo y su “Fue”.
En verdad, una gran necedad habita en nuestra voluntad; ¡y el que esa necedad aprendiese a tener espíritu se ha convertido en maldición para todo lo humano!
El espíritu de la venganza: amigos míos, sobre esto es lo que mejor han reflexionado los hombres hasta ahora; y donde había sufrimiento, allí debía haber siempre castigo.
“Castigo” se llama a sí misma, en efecto, la venganza: con una palabra embustera se finge hipócritamente una buena conciencia.
Y como en el volente hay el sufrimiento de no poder querer hacia atrás, - por ello el querer mismo y toda vida debían - ¡ser castigo!
Y ahora se ha acumulado nube tras nube sobre el espíritu: hasta que por fin la demencia predicó: “¡Todo perece, por ello todo es digno de perecer!”.
“Y la justicia misma consiste en aquella ley del tiempo según la cual tiene éste que devorar a sus propios hijos: así predicó la demencia.
“Las cosas están reguladas éticamente sobre la base del derecho y el castigo. Oh, ¿dónde está la redención del río de las cosas y del castigo llamado `Existencia´?” Así predicó la demencia.
“Ninguna acción puede ser aniquilada: ¡cómo podría ser anulada por el castigo! Lo eterno en el castigo llamado `Existencia´ consiste en esto, ¡en que también la existencia tiene que volver a ser eternamente acción y culpa!
A no ser que la voluntad se redima al fin a sí misma y el querer se convierta en no-querer-”: ¡pero vosotros conocéis, hermanos míos, esta canción de fábula de la demencia!
Yo os aparté de todas esas canciones de fábula cuando os enseñé: “La voluntad es un creador”.
Todo `Fue´es un fragmento, un enigma, un espantoso azar – hasta que la voluntad creadora añada:
“¡pero yo lo quise así!”.
-Hasta que la voluntad creadora añada: “¡Pero yo lo quiero así! ¡Yo lo querré así!”
¿Ha hablado ya ella de este modo? ¿Y cuándo lo hará? ¿Se ha desuncido ya la voluntad del yugo de su propia tontería?
¿Se ha convertido ya la voluntad para sí misma en un libertador y en un portador de alegría? ¿Ha
olvidado el espíritu de venganza y todo rechinar de dientes?
¿Y quién le ha enseñado a ella la reconciliación con el tiempo, y algo que es superior a toda reconciliación?
Algo superior a toda reconciliación tiene que querer la voluntad que es voluntad de poder - : sin embargo ¿cómo le ocurre esto? ¿Quién le ha enseñado incluso el querer hacia atrás?

domingo 4 de noviembre de 2007

Crónica de este día


Amigo Rory:

acuérdate de la importancia de tener un tendedero en casa. Me viene a la cabeza un ya visto que encierra otro y esto es el cuento que no te voy a contar; te escribo para darte la buena nueva de que la negrura de mi corazón tiene los días contados: en este Estado se ven caimanes por todos lados y yo he decidido volver a nadar. Nada que ver con las travesías de isla a isla que conocimos, por extraño que te parezca aquí todo el mundo nada en la piscina; a mí me viene de perlas porque me queda cerca de casa, a un par de paradas de metro, y el con el carnet de identidad me sale solo por euro y medio. Llegué sin gorro ni bañador, pero con dinero en el bolsillo que me habían dicho que me podía equipar de pies a cabeza en una máquina expendedora que hay en el hall principal; por supuesto se me tragó el dinero y menos mal que el calzoncillo del día era bastante moderno, también color negro, y que corté un trozo de toalla y con un cordón de los playeros me hice un gorro de lo más apañao. Ya en las duchas, después del baño, pensé que allí dentro estábamos los más enfermos y los más sanos, compartiendo un mismo espacio como no suele ser habitual.
La vuelta a casa fue muy agradable: los árboles de la avenida que bajaba llenos de hojas amarillas que algunas caían y un par de limones y un zumo de naranja. Un amigo me ha pasao una receta de pollo al limón y hoy por fin le tomé la medida: el pollo no coje mucho el sabor, pero las patatas estaban buenísimas.

L´après-midi
me acordé, pensando en escribirte esta crónica, de aquella otra piscina, también en este Estado, donde disfruté como un enano jugando con mi hermano al baloncesto. Nos llevaron a Disneyworld unos días sin contar con la edad que ya teníamos y nosotros no veíamos la hora de abandonar el parque para llegar a la piscina del hotel, ¡que tenía canastas! Esto es como cuando eres tío y le regalas a tu sobrino un mecano, llega corriendo un amigo suyo con un simple palo y el mecano lo montas tú.

La tarde-noche transcurrió sin mayor novedad: entre cervezas y cigarrillos; supongo que al hígado y a los pulmones les toca esperar...

Un abrazo,
Iván.

lunes 15 de octubre de 2007

Chaqueta verde en corazón negro


Amigo Rory:

el otro día tuve que bajar al sur, al norte del sur, por negocios y en el autobús reconocí aquella chaqueta que tu conociste de la que no me deshago; era verde oscuro y entallada, tenía los cuellos anchos que se doblaban y además abrigaba mucho. El muchacho que viajaba a mi lado la había colgado del respaldo del asiento del que viajaba delante suyo, como si nada. El caso es que entablamos conversación: todo empezó cuando yo le empecé que había tenido una chaqueta, si no igual, muy parecida a aquella, y de ahí en adelante “... the sound of the engine, the sound of the tyres, and the snow.”.

Me dijo que era poeta, lo cual no me sorprendió; te mando un par de estrofas que le haz lo que te digo y nadie saldrá herido.

De todo corazón:

Iván.

Voy a dejar de escribir

hasta que pueda cantarle a la vida,
hasta que muera y un buen amigo decida
sacar a la luz mi corazón.

Un corazón negro no puede cantarle a la vida,
un corazón negro no tiene corazón.
Voy a dejar de escribir
hasta que amanezca un buen día

y me sorprenda tomando el sol.


martes 2 de octubre de 2007

Strawberry Cheesecake


Amigo Rory:

te sorprenderá que te escriba tan de seguido –quiero decir tan pocos días después de mi primera y última carta-: el chiste del tipo que le pregunta a un peatón si le puede indicar la acera de enfrente el peatón le responde que la de enfrente y el tipo le dice que viene de ahí y que le contestaron que ésta no suele tener mucho éxito. El caso es que el resfriao del que te hablé mutó en una sinusitis cojonuda, y este próximo lunes hará justo quince días que estoy enfermo. Ayer por la tarde decidí ir al cine para librarme de la oscuridad de mi apartamento calcinado y me pasó algo. Como me sobraban veinte minutos tiré la casa por la ventana (las chanclas, el albornoz, los Neobrufenes, las limonadas), entré en una cafetería moderna y ordené la auténtica strawberry cheesecake y un café con leche. En esto que llega, la coloco más cerca, bien centrada, el café a la derecha, cojo la cuchara y... que no sabe a nada.

Me acordé de ti con la película: no la he vuelto a ver todavía pero recuerdo una escena en la que el protagonista bailaba muy libre al son de un saxofón y eso me hizo recordar al niño que fui –porque mi madre siempre lo contaba- y se puso de pie de un salto sobre su asiento en aquel otro cine, esta vez al son de un “Tócala como si tu pelo estuviera en llamas”.

No volverás a tener noticias mías en unos cuantos días salvo que caiga en tus manos algún periódico de por aquí; si eso –Dios no lo quiera- sucediera, te juro por nuestra longeva amistad, que el de la foto de la portada no soy yo.

Un abrazo:

Iván.

lunes 27 de agosto de 2007

A Masterpiece



Amigo Rory:

espero que no te moleste que te escriba a esta dirección: es la única a la que puedo hacerlo después de que la mayor parte de mis escasas pertenencias ardieran en el incendio del edificio donde duermo desde que llegué. Te diría que la vecina del cuarto se dejó el gas encendido, pero prefiero decirte la verdad y que sepas que al inmueble le dio, a eso de las tres de la madrugada de un martes, por arder espontáneamente. Imagínate el cuadro: se titula Masterpiece y representa una pareja delante de un cuadro; la mujer le dice al hombre: “Why, Brad darling, this painting is a masterpiece! My, soon you´ll have all of New York clamoring for your work!”. El caso es que desde hace una semana me veo obligado a ducharme en la boca roja de incendios de la calle y, con tanto bajar y subir escaleras en chanclas y albornoz, me he resfriado. Menos mal que entre las poquitas cosas que no se llevó el líquido elemento en su crecida fatal, además del albornoz y las chanclas, encontré unos cuantos Neobrufenes y limonadas. A día de hoy, hora de la presente y presente minuto, estoy bastante mejor, no te preocupes, y si no fuera porque se me ha ido el santo al cielo y se me acaba el tiempo y me tengo que ir, te contaría lo que me pasó ayer por la tarde en una cafetería del centro. Bueno, esto lo dejo para la próxima; si no vuelvo en cinco minutos sal corriendo y no mires atrás.

Un abrazo:

Iván.

sábado 23 de junio de 2007

Las consecuencias de la perfección

De niño, mi abuela me repetía una y otra vez que la muerte llegaba cuando uno alcanzaba la perfección. “La vida es aprendizaje, y cuando superas el examen de la perfección, Dios te lleva contigo”. Así justificaba la muerte de mi tía, supongo, o por eso sufría cuando se daba cuenta de su longevidad. Sentía que ya no le quedaban fuerzas para seguir perfeccionando en vano su temperamento y, en los momentos en los que su cordura se despistaba, sufría una tremenda angustia con la sola idea de la inmortalidad.

Son esos conceptos medio esotéricos, medio legendarios, que uno va olvidando conforme crece y pone en su sitio todo lo aprendido y yo, sin ningún tipo de voluntad suicida y a pesar de saber que era una meta imposible, sí que intenté acercarme lo más posible a la perfección. Carente de creencias divinas, sentía que era mi responsabilidad. Sin esperar nada a cambio más que mi propia satisfacción. O, dicho de otra manera, para calmar la ansiedad vulnerable que siempre despertó en mí el no hacer las cosas bien.

Así, mis esfuerzos se concentraron durante la adolescencia para construirme como un hombre sin fisuras. Un trabajo tan minucioso como erróneo hizo que se esculpiera en mí lo que, en realidad, no era otra cosa más que un corsé del que luego fue muy difícil salirse, y del que aun hoy siento que me quedan algunos incómodos jirones.

¿Por qué no asumir que parte de la belleza del ser humano está en su calidad de ser imperfecto? O más aún, ¿por qué teniéndolo tan claro respecto a los demás, seguí siendo tan implacable conmigo mismo? Mi propia conciencia fue a veces más estricta que cualquier concepción de censura teísta. ¿Con qué fin? Durante una época pensé que buscaba el orgullo de mis padres o que esas malditas expectativas que pusieron sobre mí me forzaron a corresponderles. Pero ya murieron y todo siguió igual. Si por inercia o por código genético no importa. Pero acabé llegando a esa meta. A esa “perfección” que luego descubrí que no era tal, que estaba equivocada desde el principio. Por supuesto, era demasiado tarde.

Mi abuela no murió perfecta. Murió de vieja. Yo seguí viviendo, a pesar de mi perfección. Pero me acordé de su absurda hipótesis al irse Percival, porque él sí parecía responder al embrujo de aquella historia. Creo que sí era perfecto de verdad. Y cuando las cosas son perfectas es porque son sólidas, indestructibles. Perfecto era su dolor y, por ello, infranqueable. Perfecto era él mismo: tan coherente dentro de sí que todas sus reacciones, las más tristes y las más alegres, formaban parte de un entramado complejo, pero tan consecuente que también era imperturbable.

Mientras mi perfección fue formal, la suya fue radical. Él nació así y yo intenté llegar a ese mismo punto partiendo de una desventaja competitiva. Así, mi perfección se fraguó en un comportamiento ejemplar, en evitar toda salida de tono. Cordialidad y afecto, disponibilidad. Me eduqué muy bien a mí mismo para poder ser competente en todas las materias, para ser siempre comprensivo y poder dar calidez a aquellos que me la pidieran. Y fue muy placentero en la amistad, ciertamente, pero estéril en el amor de una mujer. La verdad, una vez más, dejó en evidencia a la apariencia. Ninguna mujer pudo soportar mi actitud, aquella que había trabajado –entonces me di cuenta- con la voluntad única de encontrar a la persona que me acompañara para toda la vida. Pero todo lo que tenía de irreprochable era un gran reproche en sí mismo. Un reproche perfecto también, que levantaba una irreal pero aun así palpable sensación de juicio y, en consecuencia, también de inseguridad. Porque a veces nuestra seguridad se basa en la imperfección de los demás, y una persona que transmite perfección emana también intolerancia.

Pero yo no juzgaba nada. Era amor de verdad, aceptación absoluta. Y en vez de abrir las compuertas del regocijo por la confianza, se desplegaban las de la insoportable desorientación.

domingo 10 de junio de 2007

El funeral de Percival


A menudo me propongo dilucidar qué pasajes de nuestra vida tienen un mayor impacto sobre nuestra memoria, si los más felices o los más dolorosos. A veces pienso que mi recuerdo es victimista y rechazo su susceptibilidad. Otras, agradezco el pragmatismo con el que mi mente emborrona las heridas y perdona a sus causantes. Y muy de vez en cuando, creo tener la capacidad de recrear sensitivamente esas pizcas de felicidad esparcidas al azar en mi historial, aunque también hay aflicciones y vergüenzas que se activan en mi emoción como si estuvieran de nuevo en mi abanico de realidad palpable.

Y así, cómo olvidar cada instante de aquel día en el que enterramos a Percival. Rostros y sensaciones. Atmósferas y hechos. Dicen que todos los artistas conciben en algún momento de creatividad su propio funeral. Yo creo que Percival sólo soñó con él como un plano final para cerrar la película de su vida. La curiosidad no era tan fuerte como para vencer el tormento que acabó con su ánimo de trascendencia. O al menos, ella no sería ya asunto suyo, lo que convirtió su despedida en una liberación. Elegida, mas no planeada.

Cada vez hay más padres que no bautizan a sus hijos y bodas que se celebran por los trámites de lo civil. Sin embargo, el hecho de que pocos planten cara a la religiosidad a la hora de despedir a un familiar me hizo, ya en aquél funeral, descubrir el sustrato de creencia o de temor que todavía mantenemos hacia Dios. Yo, que no soy artista pero a veces caigo en el juego vanidoso de pensar cuánto dolor será capaz de provocar mi ausencia, detestaría que se celebrara una misa por mi alma. Percival, seguramente, pensaba que no era de su incumbencia y habría dado su beneplácito a cualquier opción.

En el rito católico, además, esa premura en su realización produce un estado complejo en los asistentes. Es una ceremonia que, desde que la viví en primera persona en aquella despedida de Percival, me causó una indescriptible sensación de paradoja. En ese caso puntual, había algo de irónico en el multitudinario adiós a alguien que no encontró a nadie que le motivara seguir viviendo. Pero lo que el tiempo demostró que sería una constante era todo ese sufrimiento compartido, ese barullo de sollozos, esa humedad salada en las mejillas, esos abrazos fuertes, que parecen buscar la recuperación del tacto mermado por el dolor. Impulsos precipitados, actos reflejos de un cuerpo que reacciona a la tragedia que las mentes todavía no se han atrevido a procesar. Lloran algo cuya realidad todavía no han vivido. Sufren por una recreación mental de lo que supondrá la pérdida, cuando ésta todavía tiene muchas bazas que jugar antes de dejar a la vista todas sus cartas. Y lo que desde entonces más me impresiona de los funerales es saber que, dentro de ese espectáculo dramático absolutamente sobrecogedor, lo peor está por llegar y cada uno lo vivirá en su propia soledad muchos meses más adelante.

Pero lo que más me impresionó fue nuestro propio envaramiento. Ni siquiera me atreví a llorar. No me atreví a quejarme. René, tú y yo no tuvimos que decirnos nada. Confusión por lo sucedido apenas unas horas antes. Pero también un respeto que nos inundó al ver el verdadero dolor en el rostro de la madre de Percival. Sin excesos. Puro sufrimiento. De pie, en el primer banco de la iglesia, rodeada de personas compungidas y escandalosas, pero con la mirada en algún lugar en el que residía la esencia del instinto y en el que no había sitio para nada más.

Por eso, decidimos, sin tener que proponerlo siquiera, no dar el pésame ni mostrar ninguna expresión de solidaridad. Sentimos nuestra unidad en el rechazo hacia ese insulto hacia la realidad única, indivisible e imposible de paliar de una mujer que, sin motivos reales pero de manera inevitable, sentía que su hijo firmaba con sangre su fracaso como madre. Y al no haber dolor más grande, entendimos que no teníamos más alternativa que la de retirarnos en acto de modestia, porque ni siquiera podíamos acercarnos a lo que ella estaba sintiendo. Un sentimiento que sabíamos, y el tiempo nos dio la razón, que era un preludio de lo que sería, sin remisión, una existencia condenada a la desgracia.

Sin embargo, su grandeza superó al dolor cuando, con el cuerpo de Percival ya inhumado y cuando en su casa -donde habíamos tenido tantas charlas acaloradas y tantas confesiones endulzadas por unas galletas de mantequilla- se empezaba a hacer física su soledad, ella se acercó a nosotros y, como si Percival le hubiera dado las claves de nuestro comportamiento, pronunció, con una puntual y deslumbrante serenidad, un imborrable “gracias por todo, chicos”.

sábado 9 de junio de 2007

Esperas desesperadas

En castellano, son muchos los momentos vitales que se reducen a la espera. En inglés, sin embargo, hay más palabras para matizar, porque esperan físicamente mediante un “wait”, calman las ansias del espíritu conjugando un “hope”, e incluso planean lo venidero con un “expect”. En Italia uno tiene mucho que “aspettare”, pero poco que “sperare” y en Francia te piden educadamente un “attendre” mientras dejan para su cine y su literatura el “sperer”. Los españoles decidieron, en el algún arrebato poético o en una dejadez elíptica, sacar factor común y meterlo todo en el mismo saco. Y así, toda vida narrada en castellano tiene más sensación de perder el tiempo.

Es curioso, Rory, lo complementarios que siempre fuimos. No digo diferentes, digo complementarios. Mismos anhelos, opuestas vías. Y mientras tú juegas a vaciar el futuro inmediato para imaginar el lejano, yo sigo construyéndome con los pedazos de lo ya vivido. Tú sigues teniendo expectativas y yo apelo a mi coherencia. Rory buscando el yo que será y Tim el que dejó de ser. Tú disfrutando la espera, yo pensando en cómo otra vez he sido el que se tomará el café frío porque lo pedí sólo para reservar la mesa.

Pero ahora, al saber de nuevo de ti, veo lo mucho que tienes todavía por enseñarme. De alguna manera, sentí que la vida empezaba a ponerse seria cuando mis acciones adquirían esa capacidad de determinar de verdad mi yo. Hasta cierta edad, todo parecía reversible, omisible, perdonable. Pero empecé a ver cómo hay momentos que marcan un espíritu y pasos que, de no ser dados, ya no son recuperables. Fue un descubrimiento tardío, como otros tantos en mi vida. Siempre fui así. Maduro y solemne para muchas cosas, pero tremendamente atolondrado para otras. Y leyéndote a ti, de pronto, descubro que tu juego, aun siendo muy parecido al mío, es mucho más divertido. Y más sabio. Porque a veces un movimiento de cuchara puede ser más definitivo que un cambio de ciudad. La toma de decisiones es perpetua y las consecuencias cambian nuestra vida de manera exponencial.

Pero Rory, yo sigo con el espejo retrovisor y pienso en qué hubiera sido de mí si no… antes que en qué será de mi si ahora… También trato de conectar con mi yo de entonces, y a veces lo admiro y otras lo culpo. Tú sabes esperar, porque miras hacia delante. Yo sólo hago balance a toro pasado. Quizá porque todo se articula en el humo de un cigarrillo, así que espero que la noticia de Kaliass no cambie tu actitud. Quizá debiera empezar yo a fumar. Porque tú, mientras aspiras el humo, ves charcos que has saltado sin darte cuenta. Yo mares en los que perdí el rumbo y naufragué.

Antes vivía de la ilusión, de una suma de metas imposibles que, aun en la lejanía, son capaces de endulzar un carácter. Pero llegó un momento en el que la lejanía era mayor que los kilómetros restantes y los anhelos conducían con la reserva. Ya no me veo capaz de disfrutar de la espera como tú, aun a sabiendas de que es probable de que el encuentro nunca se produzca. Y a veces pienso que Percival también se cansó de esperar. O que se esperaba otra cosa de la vida y de nosotros. O que ya no le quedaba nada por esperar. O que se cansó de lo que los demás esperaban de él. No sé hasta qué punto todas las esperas, propias y ajenas, acaban siendo lo mismo y el castellano es un idioma sintético. Pero yo sólo sé que lloré una vez más leyendo las palabras de un extraño, al descubrir en quien quiera que sea Alexander Koruchev el ímpetu de la búsqueda de lo amado empujado por la más remota de las posibilidades. Al menos -trato de decirme e mí mismo- sigo emocionándome cuando reconozco en los demás los síntomas de la esperanza.

sábado 2 de junio de 2007

ESCASEZ EN NIZHNY NÓVGOROD


Todo florece a orillas del Volga. La mansedumbre del pueblo resulta generosa, y las gentes se permiten un descanso cuando el tiempo mejora. ¡Qué ingenuidad!
Cada día transcurre sin que las endurecidas almas rusas, almas que comparten el mismo anhelo, detengan el inexorable avance de la escasez.
La ciudad rebosa.
De donde yo soy, a unos 180 km de la capital, no existen ni los lujos ni la abundancia; el trabajo es algo más que un modo de subsistir en Krasnobinsk, es el modo de resistir.

Mi nombre es Alexander Koruchev, soy leñador y la última vez que supe de Mitienka estaba recorriendo las islas griegas.
Encontré su correspondencia señor McQueen, y ahora es el nexo de unión más fiable que poseo para encontrarla. Tendrá noticias mías, se lo aseguro.

Necesito un cigarro... Escasez del alma

viernes 25 de mayo de 2007

Alergia al polen


Mi madre una vez nos preguntó a mis hermanos y a mí sobre lo que recordaríamos de ella cuando muriera. Éramos bien pequeños, y lanzó la pregunta con ligereza cuando nos limpiaba las legañas en el ascensor al ir por la mañana a la escuela. Yo sé que parece, por así decirlo, un tema de no muy buen gusto para unos chiquillos de preescolar. Pero lo cierto es que yo, con apenas cuatro años, contesté algo inesperado. El carmín que imprimía en mi mejilla al besarme antes de dejarme en clase y cómo sus pies se refrotaban para darse calor al quedarse fuera de la manta siempre que se echaba la siesta en el sofá. Esa fue mi respuesta, lo juro. Mi madre tenía treinta años y faltarían mucho años para que muriera, pero entonces recuerdo que se le empañaron los ojos. Cosas de críos, que dirían tantos. Y una imagen más que nunca olvidaré.

En mi casa, la muerte siempre tuvo un tratamiento muy natural. Casi indígena, como de otro tiempo. Tanto mi padre como mi madre venían de familias muy numerosas, en las que habían perdido a algún hermano o a algún amigo. Pero aun así, supongo que mi madre, como casi todos, tenía ese pudor que causa una muerte imprevista, en la que uno no tiene tiempo para prepararla y algun secreto se desvela cuando ya no se está allí para justificarse.

Si mi corazón dejara de latir en este momento, junto a mi cuerpo inerte se encontrarían una habitación muy desordenada, unos calzoncillos bajo la cama y un armario lleno de ropa sin plegar. Quizá pensarían que los fuegos de la cocina no estaban sucios de dos días, sino que necesitaban una limpieza desde hacía mucho más tiempo. Descubrirían que en mi estantería todavía tengo alguna cinta de Mocedades, que tengo guardadas mis cartas de amor de adolescencia y que mi libro de El Quijote está sospechosamente nuevo. Y con esa ilógica tendencia a magnificar todo aquello que uno deja al dejarlo todo, mi mente hace el silogismo, absurdo desde todos los puntos de vista, de que muchos pensarían que en ese momento descubrían al verdadero Tim. Por momentos, pienso que la imagen que dejaría si me muriera ahora mismo sería indigna, decepcionante. Y por eso, espero que mi despedida de este mundo se produzca de manera lo suficientemente previsible como para tener tiempo para preparar los recuerdos que quiero dejar a mi alrededor. Mi madre, finalmente, murió muy mayor. Muerte natural, como se dice. Todo lo natural que puede parecerle a alguien que deje de respirar la persona que más quiere.

Entonces recordé mucho más que unos labios rojos, unos pies desnudos o una mirada empañada. Recordé la manera que tenía madre de hablarnos a sus hijos. Creo que eso fue lo que provocó que nunca llegara a sentirme niño. Cuando fui a mi primer campamento, con ocho años, en una excursión por el campo por el Pirineo sentí mi premier síntoma de alergia al polen. “¿Cómo es posible que empiece ahora a ser alérgico si llevo toda la vida sin serlo?”, pensé yo. Porque, efectivamente, ocho años ya eran para mí una larguísima trayectoria. No acordarnos de cuando nacimos nos da esa extraña sensación de que llevamos aquí instalados desde siempre. Nuestra infancia, o lo que quiera que sea, se pierde en el horizonte, y a veces creo que el espacio que nuestro cerebro tiene reservado para el pasado es como un punto de fuga. Siempre el mismo y da igual la distancia a la que estemos, porque los recuerdos sólo se apretujan o se solapan conforme avanzamos. Por eso es factible sentir fatiga vital a los ocho años. Esa explicación es la que se me ocurre para describir mi sensación de entonces.

O quizá fueran sentimientos prematuros debido a esa manera que tenía nuestra madre a la hora de hablarnos. Tenía la gran habilidad de hacernos cualquier explicación comprensible, pero sin que nos diéramos cuenta de que la estaba, como es lógico, adaptando a nuestro entender. Nunca nos respondió “ya lo comprenderás cuando seas mayor” o “tú no lo puedes entender”. Apostó por tratarnos siempre como adultos, en principio, como estrategia pedagógica. Pero lo que no esperaba ella es que mis hermanos y yo, que de alguna manera percibíamos el respeto que implicaba ese esfuerzo por su parte, quisimos siempre corresponder a tan precioso detalle. Por no decepcionarle. Y así, recuerdo que a veces se sobrecogía por lo que eran capaces de decir esas pequeñas personitas. Nunca volvió a infravalorar la capacidad de razonamiento de un niño. Porque en su decisión impuesta de tratarnos como adultos, pudo comprobar como hubo muy pocas ocasiones en las que dejáramos de estar a la altura.

jueves 24 de mayo de 2007

Pomodori Secchi

Hoy es uno de esos días en los que uno se remonta a los orígenes de una decisión. Paseando por el mercado de Ottaviano vuelvo a entender por qué un día me enamoré de Roma, esa ciudad a la que desde hace años acompaño de reproches, pero de la que nunca puedo decir que me llevé una impresión equivocada. En todo caso, el desconocimiento era el que tenía de mí mismo, por no saber que lo que en un principio me fascina tengo tendencia a acabar aborreciéndolo. Sin embargo, cuando he realizado mi habitual paseo por los puestos de verduras de Viale delle milizie, aquí, a dos calles de mi casa, la saturación se ha pasado de rosca y he vuelto a sentir los fulgores de la novedad.

En un mercado romano, los productos son siempre de temporada. No hay fresas para Navidad ni granadas para hacer una ensalada en verano. Todo a su debido tiempo. Y eso se puede hacer extensible a la dinámica de la ciudad, que aunque parece dominada por el caos, en realidad tiene unas leyes generales que lo rigen todo y que pocas veces se equivocan. Así es Roma. Su anarquía la hace previsible. Por eso, yo sabía que uno de estos días tocaba que Ivana, mi verdulera de confianza –es decir, la que menos me tima-, me diera una ración doble de tomates secos porque son los últimos de la temporada. “Si no, se ablandan y no están buenos, y ya sabe, Tim, que a mí no me gusta vender lo que no está bueno”, me dice cada año. Yo sé perfectamente que la siguiente pregunta es: “¿Otro verano que no vuelve a España, dottore?”. Y así ha sido. Sin ningún matiz cambiado. La misma cara de interés desinteresado, el mismo tono un pelín más alto del necesario para que yo le oiga, pero que también permita a los caminantes comprobar lo amable que es la señora Ivana. Igual que el charcutero, que no se cansa de decirme que el jamón de Parma es mejor que el de Jabugo o el pescatero, que repite una y otra vez que los meses con “r” son los que tienen el mejor marisco.

Entiendo por qué aquí todo tiene su tempo y me acuerdo, entonces, de nuestros años juntos, en los que teníamos la sensación de estar abriendo camino para el hombre, en el que pensábamos que la nuestra era una visión avanzada, rompedora y original. Percival emocionado con lo bien que le quedaba su nueva chistera, un paso más hacia el mimetismo con sus grandes ídolos. René fascinada por su recién adquirido poder de atracción física e intelectual. Tú dejándote deslumbrar por el análisis de tus propios sentimientos. Y yo entusiasta por sentir que os había encontrado a los tres y ya nunca me sentiría solo.

Hoy me doy cuenta de que transcurríamos por los canales de lo preciso para aquel momento. De lo clásico, que siempre suena mejor que lo convencional. Pero, ¿acaso no es bello que nos sintiéramos tan especiales realizando lo que era de ley para nuestros años? Cuando leemos algo con lo que nos identificamos en una novela o lo disfrutamos en una película, nos sentimos respaldados, comprendidos. Creemos que, sin conocernos, hay algún genio que ha entendido nuestro gozo y nuestro pesar. Pero cuando alguien cercano o un manual de la carrera de psicología se hace eco de nuestro estado vital, nos rebelamos, porque pensamos que están vulgarizando o simplificando nuestras vivencias. Sin embargo, ya con la perspectiva que dan los años, vuelvo a caer en la cuenta de que, aunque sea porque en un alto porcentaje de las personas es así, es cierto que nuestra juventud fue la época más plena de nuestras vidas. Porque en ella se daba el milagro que solapa lo que uno quiere hacer de manera visceral con lo que antropológicamente le corresponde.

martes 22 de mayo de 2007

Felices arrogancias


¿Te acuerdas, Rory, de esa época en la que decidimos convertirnos en estetas? Los dos estábamos fascinados -sin saber lo arquetípico que eso resulta visto desde ahora- con “Muerte en Venecia”. Al revés de lo que suele suceder, primero fue la película y luego el libro, pero de repente nos propusimos que todo en esa fase de nuestras vidas tenías que ser hermoso. No feliz, decíamos, pero sí hermoso. Porque la felicidad es difícil de controlar, pero la belleza puede ser una cuestión de matiz.

Esa apoteosis plástica era, por supuestísimo, tremendamente petulante, pero aprendimos mucho en el proceso. Nuestro planteamiento iba mucho más allá de una abigarrada agenda cultural y pronto empezamos a cuidar las apariencias de todo lo que acontecía a nuestro alrededor. Nos resignamos a asumir el fondo, pero nos dimos la licencia de elaborar nuestras formas, de pulirlas hasta la perfección.

Nuestras conversaciones a veces carecían de contenido, pero nuestros diálogos eran ingeniosos. Nuestras historias de amor fueron quizás insípidas, pero nuestro tormento era atroz o nuestra ilusión se arrebataba a sí misma. Nos rendimos a la elegancia que dibuja una última carta o a la cadencia de una despedida desde el tren. Disfrutamos de ser demiurgos de nuestra propia existencia. Todo eran secuencias más que momentos, capítulos antes que etapas. Quisimos ser personajes por encima de las personas. Pero, contra pronóstico, lo conseguimos. No de manera literal, claro, pero por un momento pensamos que teníamos el control de nuestras vidas y, sólo por pensarlo, fuimos mucho más felices. Y nos sentíamos responsables de nuestro propio estado anímico.

Esa concepción aparentemente elitista de transigir sólo con lo bello no consistía en cerrar las puertas a lo feo, sino en rebuscar su ápice de hermosura. Partíamos de esa base, soberbia y generosa a un mismo tiempo, de que cualquier elemento escondía su valor plástico. Según cómo se mirara, parecíamos esas personas que aceptan todo tal cual es porque es obra de un creador supremo. Pero nosotros sólo nos debíamos tal esfuerzo a nosotros mismos. Éramos pura autocomplacencia.

La vida, en realidad, nos dio la razón, pero nos quitó la entidad moral como para seguir con ese espíritu. Esos años en los que vivimos bajo el síndrome de Stendhal, nuestra actitud se retroalimentó, fuimos tremendamente positivos y el día a día nos satisfacía en cualquiera de sus variantes. Incluso cuando murió Percival o René dijo que se iba posiblemente para siempre. Las tragedias eran, por momentos, la forma de belleza más intensa. Pero luego crecimos y nos dimos cuenta de que el verdadero dolor ni siquiera nos había rozado y que ponerle a él delante del espejo y decirle que es hermoso era una estupidez gigantesca, una auténtica falta de respeto.

Pero ahora, Rory, me encuentro que todo ha trascurrido sin percances especialmente graves, que mi vida ha transcurrido con el viento a mi favor, pero, justamente, las formas han matado al fondo y sólo me preocupo de que me he llegado a tierra despeinado. Y no creas que he olvidado la lección. Sé que todo es responsabilidad mía. Porque, aunque fuera de manera injustificada o incluso desconsiderada, en ese tiempo tú y yo irradiábamos una alegría que era tan contagiosa como útil para los que creyeron que era cierta. Y, al fin y al cabo, hoy incurro en el mismo error pero a la inversa: mi desazón tiene la misma falta de motivos que la que tenía la felicidad de antaño.

Memoria e impresión


Como ya he dicho en muchas ocasiones, uno de mis bienes más preciados ha sido siempre la memoria. Pertenece a ese grupo de cualidades positivas de las que uno presume pero que carecen de mérito, que tienen su base en cómo Dios se olvidó de la justicia a la hora de distribuir los dones. Yo, durante una época, me sentí muy agraciado en ese reparto, pero como no creía en Dios no sabía a quién achacar tal ventaja competitiva. A la suerte, quizás. Mi reflexión, que en aquella época estaba prendada de sí misma, prefería desviarse hacia cómo los hombres necesitan criticar hasta a su Dios.

Sin embargo, como la memoria es, según el dicho, la inteligencia de los tontos, algo en mí se empeñó en devolverle su dignidad y fui componiendo el mapa conceptual de tal manera que, me temo que sólo para mi propia tranquilidad, pude demostrar que es una cualidad no solamente muy útil, sino también muy incómoda de transportar.

Me acuerdo perfectamente del día en el que cumplí tres años, con esos amigos impostados que uno invita a sus fiestas cuando nació en los meses de verano y que, en esa ocasión, eran tantos que tuvimos que sentarnos alrededor de una mesa de ping pong. Desde ahí hasta que cumplí los veinticuatro, recuerdo todo. Y cuando digo todo, digo todo. Incluso cosas que en su momento no supe interpretar, tuve la oportunidad de conservarlas hasta que mi madurez fue lo suficientemente hábil como para desentrañarlas. Y por eso, a la reivindicación de la memoria sumé también la de la infancia, por ser la época en la que la que tus mayores piensan que no recordarás ni les tendrás en cuenta las tonterías que vertieron sobre ti, las miserias que demostraron al pensar que no trascenderían y las parcelas de poder que pensaron que tu supuesta inconsciencia les otorgaba.

Pero además de ofrecerme esa especie de “base documental” que me hizo desconfiar de tantos seres cercanos en aquella época en la que mi realidad era un plano contrapicado, mi memoria se ha traducido para mí en una especie de continuo chantaje emocional, en un lastre inquisitorio. En una conciencia hiperdesarrollada que no pasa por alto ninguna incoherencia, que rechina cada vez que mis pensamientos cambian de chaqueta, que me lleva años castigando porque ya no soy el mismo de siempre. Tengo instantáneas de lo que dije y, sobre todo, de lo que sentí selladas en mi ser y, así, cada cambio en mis postulados ha sido traumático como una rendición e imperfecto como borrar un tatuaje. Siempre quedan marcas.

La realidad es que, llegado cierto punto de tu vida, hay pocos cambios a mejor. Ahora que lo pienso, fui un joven deslumbrante. Estrictamente, no lo fui por dentro, pero sí hacia fuera. Esa etapa sigue intacta en mi cabeza, pero ya es una especie de reliquia a la que adorar y que ahora se está restaurando gracias a vuestras reapariciones. A la de Rory y a la de René. Y, a su manera, también a la de Percival. O Perceval, eso es elección de cada uno. Vosotros fuisteis los primeros en estar conmigo también los veranos para celebrar un cumpleaños de verdad, para hacerme creer, incluso, que los deseos que se esconden en las velas de verdad vuelan al soplarlos. Siempre había pensado que se quedaban en esa última gota de cera que se resbala por la vela pero que se solidifica antes de poder llegar hasta la tarta.

Sin embargo, la juventud se marchitó sorprendentemente pronto y, ya llegados los treinta, sentí que mi memoria empezaba a fallar, que dejaba de ser receptivo, que mis amigos y mis novias empezaban a sentir que no les escuchaba. Pensaba que era imposible que mi capacidad de archivar datos y recordar momentos estuviera empezando a fallar tan pronto, que eso no se correspondía con una persona de mi edad. Daba por hecho que eso llegaría mucho más adelante. Pero de repente entendí que no era la memoria lo que fallaba. Que ni siquiera era ella propiamente mi gran capacidad. Entendí que lo que se había desvanecido en mí era la capacidad de sorpresa, había desaparecido mi entusiasmo. Mi propia vida había perdido la capacidad de impresionarme y mi percepción mermaba sus fuerzas para imprimir un recordatorio. El escudo de la decepción se había hecho ya impenetrable y todos mis sentimientos eran devueltos al campo de la indiferencia. Yo me sentí un anciano precoz, de treinta años, porque deduje que la senectud es algo más que el deterioro físico. Que la memoria depende de la impresión. Que a veces la gente no comienza a tener problemas para recordar su vida, sino que es su vida la que se hace olvidable. Y que la vejez, entonces, sería mi próximo objeto a reivindicar.

lunes 7 de mayo de 2007

Juego de espejos

Sí, Rory. En la vida no hay narradores omniscientes ni realidades certeras. Supongo que recuerdas lo que decía Percival sobre nuestra necesidad de convertir nuestra existencia en historias para poder así entenderla, analizarla y compartirla. Pero yo, que nací con el don de la palabra, siempre me sentí tramposo con mi vida por mi capacidad para convertirla en relato.

Ahora, conforme noto que mis reflejos verbales van fallando, que mi cabeza ya no es tan hábil en sus argucias para convertirlo todo en apasionante, a veces me embarga la impotencia y me enfurezco, pero cuando reflexiono, me doy cuenta de que eso me ayuda, por fin, a sincerarme conmigo mismo.

Esa honestidad recién adquirida es lo único nuevo de este organismo decrépito, pero hacía tanto tiempo que no estrenaba nada que mi temperamento se ha vestido de gala, ha recuperado parte de su optimismo y, cuando se mira al espejo, se ve joven, enérgico. Y se pone a escribirte, Rory.

De repente, me he convertido, por una parte, en espectador de lujo de todo el artificio narrativo alrededor del cual hilé mi vida. Y era bueno, la verdad. Pero por otro, me regocijo en la confirmación de que redescubrirse, en cualquier edad, siempre me ha parecido placentero.

Creo, Rory, que tú ya te habías dado cuenta de todo esto. Que en todas esas ficciones bien tejidas que fueron conformando los testimonios de mi vida, llegaste a conocerme bien gracias a las contradicciones que ellas encerraban. Las mentiras son las que acercan a la verdad esencial sobre uno mismo. Curioso, ¿no? Hoy también me parece bonito, por su ingenuidad. Quizá sea autoindulgente, pero hallo ternura tras mi propio artificio.

Mi madre siempre me decía que tenía que tener cuidado, que no era tan fuerte como pensaba. Pero yo, para contar mis peripecias, siempre preferí la épica, y así, me acabé convirtiendo en un héroe de una armadura tan indestructible por fuera que los tormentos propios rebotaban por dentro sin encontrar una rendija por la que escapar. Pero algo en mí sabía que René, Percival y tú sabíais lo que había de falso en esos espejos. Sabías que no sólo cambiaban la izquierda por la derecha.

Fui cogiendo tanta práctica en el arte de construir mis propias fábulas, las cargaba de tantos matices que, unas veces con sensibilidad, otras con ironía y otras con pura imaginación, hicieron a la gente valorarme más por mis palabras que por mis acciones, por lo que era capaz de ofrecer en una conversación que en un momento verdaderamente relevante. Un farsante encantador, en definitiva, que seduce con la retórica. Pero qué triste es darse cuenta de que uno mismo está siendo sobrevalorado.

Percival, que pronto entendió sus riesgos, siempre tachó mi juego de peligroso. Sin embargo, Rory, Percival ya no está y me doy cuenta de que él fue, con su rictus de autenticidad, con su sombrero y su paraguas, mucho más ilegible que yo. Fue tan fiel a su realidad que no podemos plasmar con palabras su historia, se marchó con su verdad escrita en forma de indescifrable jeroglífico. Y todo lo que contemos aquí sobre él no es más que la pobre visión que nos ofrece un viejo espejo retrovisor.

jueves 26 de abril de 2007

Lo ajeno y lo propio. Carta a Jim

Querido Jim:

No te conozco y no sé por qué mataste a ese hombre, pero le dije a Rory que buscara al culpable en el vecino que más le recordara a mí y eso me une a tu ser de una manera extraña y umbilical. Entiéndeme. No quiero hacer ningún tipo de oda a la violencia poética, pero sí que, conforme han ido pasando los años, hay mundos de los que no me siento tan distante y el asesinato bien podría ser uno de ellos.

Hay tantas cosas con las que pensé que jamás tendría contacto que, poco a poco, he ido aprendiendo que el refrán de “nunca digas nunca” esconde tanta verdad que le ha sido imposible mantenerla a fuerza de ser tan utilizado. Los ojos comienzan a despegarse, la mirada se abre y lo ajeno empieza a hacerse familiar y finalmente propio. Como cuando de niño piensas que las drogas son de gente de mala vida, de delincuentes y maleantes. O como cuando descubres en la universidad que un amigo tuyo se ha ido de putas. La sordidez empieza a tomar un papel secundario en tu vida y, por momentos, se convierte en una robaescenas de tu existencia.

Sé que es peligroso lo que estoy diciendo. Pero uno cada vez se va haciendo más comprensivo. Estaré chocheando, pero todavía sé que no estoy justificando a un asesino. Sólo estoy diciendo que el deseo lo hemos sentido todos. Y sólo unos pocos lo han cristalizado en acción. Quien mata es posible que esté loco, pero cada vez contemplo más la posibilidad de que sepa perfectamente lo que está haciendo y que, es más, esa sea su única salida. Que ni siquiera se trate de una elección.

A menudo me sorprendo de cómo la ira ha ido creciendo en mí. Como ya he sugerido en todas estas reflexiones, cada vez me veo más reflejado en ese arquetipo de viejo cascarrabias. Hay demasiadas injusticias con las que tragar. Mucha tristeza con la que convivir. Muchos desequilibrios con los que conformarse. Comprobar lo infructuoso de esa bondad con ánimo recíproco o cómo el dolor asola a la gente que menos lo merece va creando una serie de argumentos con los que es difícil mantener la compostura.

Tampoco es fácil ver cómo la vida transcurre y el futuro sobre el que uno veía la meta para conseguir sus anhelos ya es presente. Sí, hemos llegado en último lugar porque nos detuvimos a ayudar a alguien, quizá sólo a escucharlo. Pero no nos han reservado ni el premio de consolación, porque ni siquiera creemos en Dios.

Entonces es cuando uno comienza a ver que la imagen que siempre tuvo de sí mismo ha caducado. No sólo lo ajeno se ha adherido a nosotros, sino lo que es peor: lo que era propio ahora ya no nos pertenece. El entusiasmo dura por inercia un tiempo más del que le corresponde, pero acaba agotándose también. Las buenas intenciones se han dado la vuelta. Recuerdo perfectamente el día en el que me di cuenta de que ya no era el de siempre. Entonces comencé a desarrollar ese pudor social por miedo a que los que me quisieron se dieran cuenta de que mi esencia se esfumó como la de un perfume barato hasta convertirme en algo convencional.

Nuestros valores, supuestos códigos de convivencia, nos han dificultado tanto la felicidad que ahora es inevitable la atracción por los opuestos. Por eso, siento una visceral simpatía por ti Jim, y ya no me parecería tan descabellado verme un día perdiendo los papeles, cargando toda mi frustración, mi incomprensión hacia una masa que parece adicta al absurdo y que no es capaz de darse cuenta de que el egoísmo y la autodestrucción son sinónimos. Como optimista y pragmático. La mediocridad me irrita, me enfurece. Pero ni siquiera es perceptible. Seguro que todo el mundo luego me describiría como un señor normal, un anciano pacífico aunque un poco chalado, que gruñía cuando alguien no le devolvía un “hasta luego” y al que habían visto emocionarse cuando en el metro algún transeúnte tocaba una canción de amor. ¿Eres también tú ése, Jim?

lunes 23 de abril de 2007

Cambiar del todo


¿De verdad los hijos lo cambian todo, René?

Recuerdo que una vez Percival me explicó cómo su gran decepción había sido descubrir que su ser era impermeable al instinto paternal. Ese don de la objetividad que Percival paseaba con modestia, se convirtió en un lastre para él en el momento en el que Panchita lanzó su primer berrido nada más nacer. Su ilusión por recibir en sus brazos ese ansiado bebé, que tardó tanto tiempo en concebir, se dispersó en cuanto le miró a los ojos por primera vez. Había tenido una hija fea.

Pero no era la superficialidad lo que le preocupaba. Era su incapacidad para dejarse llevar por esa pasión que hace a los padres sentir que sus vástagos son los más guapos, llorar en las imposibles funciones de final de curso o considerar sensible y audaz al más zopenco de los infantes.

Él era un esmerado padre, responsable hasta el exceso en la cobertura de necesidades, pero incapaz de resultar alentador. Descubrió entonces una cara más de la paradójica naturaleza del hombre. La que sostiene en la mentira la solidez, la que consigue forjar la madurez de la persona sobre el engaño. Él fue incapaz de mirar a los ojos a Panchita y decirle ni una sola vez algo tan sencillo como “ya verás como todo sale bien”. La vida le había enseñado que lo más probable es que fuera al contrario.

En una ocasión, me dijo que quizá el mayor impedimento que puede dar la inteligencia es la falta de consuelo ante la realidad áspera y agreste. Pero, sin embargo, cuando descubrió el efecto que esa afirmación tenía sobre su pequeña criatura, todo fue mucho más devastador, la sentencia perdió la belleza filosófica.

Es cierto que Panchita, que si bien nunca fue guapa, sí heredó de su padre una agudísima percepción emocional y supo desde sus primeros pasos que los halagos de su padre, por el contrario, tendrían un valor de sinceridad extraordinaria. Por eso los buscó con desesperación. Una desesperación que, en el mayor de los casos, fue corroborada por la hostilidad y las negativas de su padre. No las expresaba directamente, pero estaban en su mirada y ella sabia descifrarlas.

Y Percival se ponía las manos sobre los párpados y como apretando para que los ojos se dieran la vuelta o se abrieran al énfasis paternal, insultaba a lo que él consideraba una “mediocridad positiva” y que le hizo, desde entonces, desarrollar una búsqueda infructuosa de la normalidad. Él quería ser un padre al uso. De los que piensa que sus hijos llegarán muy lejos, hasta cambiar el rumbo de la Historia.

Unos proyectan sus frustraciones. Pero él lo hacía con su amargo realismo. Ni que decir tiene que la situación se fue agravando conforme comprobaba que Panchita crecía dubitativa, como desamparada. Percival trataba de compensar su funesta actitud inculcándole que del fracaso también se aprenden innumerables lecciones. Pero ella, inevitablemente, desarrolló más miedo que valor.

Percival me preguntó una vez, “¿será que no la quiero lo suficiente? ¿acaso un buen padre es tan consciente de las limitaciones de su hija?”. Y yo no sabía qué contestarle. Ahora le habría dicho que las limitaciones suelen hacer las paces con la felicidad, pero entonces callé y él pensó que no le estaba haciendo caso. Pero lo que nunca sabrá es que, por esa respuesta sin pronunciar, yo nunca me atreví a tener hijos. ¿De verdad me habrían cambiado todo?

sábado 24 de marzo de 2007

De recuerdos y cuartos de baño.


Esta mañana me he levantado contenta. Desde que conozco este nuevo rincón tuyo me siento invadida por nuestros recuerdos y reconfortada por ellos.


Veo que tus días siguen pasando con un rastro de whisky y cigarrillos... y con gente a la altura de tus circunstancias...


Mis sábados normalmente son muy rutinarios; una mezcla de cócteles con socios y paseos por el Coulée Verte con mi amiga Claire y mi hijo Tomás (me gustaría que lo conocieras, tiene unos ojos grandes y magnéticos que te encantarían). Pero esta mañana, decidí dejar las visitas sociales obligadas en un segundo plano y me he ido a Montparnasse a mirar apartamentos en alquiler.

No tengo intención de alquilar nada. Pero quería husmear. Quería ver sus cuartos de baño.


Las calles de ese barrio son pequeñitas, estrechas, y sus edificios son relativamente altos teniendo en cuenta la falta de ascensor. La casera de un ático pequeñito en la Rue Daguerre me dió las llaves para que subiese yo sola. Ella ya no quería subir esas escaleras.


Me senté en el water y encendí un cigarrillo.


No sé explicarte el por qué de este impulso. Por qué me fui de mañana en busca de un cigarrillo nostálgico en el cuarto de baño sucio de un ático. Supongo que a veces, me gusta la nostalgia. Me hace sentir viva. ¡Cómo de viva estaba entonces! Contigo, con Percival, con Tim...


Por vuestras letras, más profundas y metafóricas que las mías (ya veo que con los años no cambiamos nada...), veo lo mucho que ha significado Percival en vuestras vidas. Mi pobre Percival. Seguro que él no intuía ese amor profundo. A lo mejor, si yo hubiese sabido demostrárselo mejor...

Yo procuro no pensar en él. Intento huir de esa nostalgia.


Me duele.


Sentada en ese water en el barrio de Montparnasse, lloré por Percival.


Y por nosotros,


lloré por mí.


Y por ti.


Y por Tim.


No eran lágrimas tristes. Eran redondas y sinceras. Como un brindis a la luz de las estrellas en tu Iraklia.


Un abrazo

viernes 9 de marzo de 2007

Museos



Pensando en René y en París me viene siempre el recuerdo del Museo d’Orsay. Es mi favorito. Y es curioso, pero desde la primera vez que lo vi y me enamoré de él, quise siempre volver solo. Supongo que cada uno tiene sus preferencias, pero a mí esa antigua estación en la que nunca volverán a pasar trenes me propone siempre un diálogo. Pero no uno metafórico, sino uno real. Milagros de la sugestión, supongo. Pero, por su estructura, por sus pinturas y por su ambiente me hace emocionarme hasta la lágrima. Me sobresalta esa fascinante idea de que la realidad sólo puede llegar directa al hombre a través de su distorsión. Una noche estrellada es más impactante con colores que no son los suyos y los reflejos melancólicos de un parqué que está siendo acuchillado deslumbran más en un lienzo de hace más de cien años.


El arte explica muchas cosas del ser humano. Del que lo hace y del que lo observa. Y no sólo el arte digno de exponerse en un museo, sino cualquier expresión creativa del hombre. Hay algo en esa manifestación humana que hace que su artífice no pueda disimular lo que es. Como también hay pinturas, esculturas o libros que ruborizan a su espectador por haber dado en el clavo de sus orgullos y sus miserias. Por eso hay algo que asusta cuando alguien recibe una intensa, insistente y personal recomendación para una película o una obra de teatro. Quizá quieran decirnos algo de lo que habitualmente no nos hemos dado cuenta. Pero también por eso nuestros nervios se tensan como las cuerdas de un violín cuando alguien observa algo que hemos creado. Porque llega el momento de no engañar a nadie. Ahí hemos dejado nuestra esencia y algo ha hecho que, pese a nuestros esfuerzos, hayamos dejado nuestras marcas de mediocridad, de desesperación, de tormento o de petulancia.


Y perdemos de tal manera la objetividad hacia nuestras pequeñas criaturas artísticas, que nos hacemos vulnerable a cualquier comentario. Podemos comulgar con un halago entusiasta y hundirnos por ver que nuestros fallos han sido descubiertos. Ambas posturas encajan con el choque de emociones que uno siente hacia su propia cosecha.


Percival era, en ese sentido, una verdadera obra de arte en sí mismo. Su entrega era tan apasionada que para los que lo observábamos cada movimiento, cada frase suya era una gran creación. Su estigma fue el de la perfección, el del aplauso unánime de su público. Y, víctima de una tremenda humildad, antepuso su capacidad de dar a su necesidad de ser. Optó por exponerse continuamente a que los que pasaran por ahí para que pudieran detenerse a sentir cada detalle, a recibir cada señal y a dejarse acariciar por cada pincelada. Aunque, seguramente, no fue una decisión suya. No podía evitarlo.


Fue un ser tan atípico, tan especial, que de alguna manera, como si una institución hubiera reclamado el derecho de la humanidad a compartirlo, se convirtió en una especie de bien de dominio público. Y si en Orsay yo hablo con Degas y me dice que el amor por una bailarina puede hacer que toda una serie de decenas de cuadros sean distintos e igualmente geniales por un simple matiz que los diferencie o Monet me insta a que me aleje un poco de la realidad para poder verla con más claridad, Percival me enseñó que hay personas cuyo destino es estar ahí para los demás. Y su vida, como un museo, se llenó de gente y más gente que, viniendo de diferentes lugares, acababan reconociéndose entre sí por pasar una y otra vez delante de esa misma pieza de exposición. Y los visitantes fueron recomendando a sus amigos lo magnífico de visitar a Percival y de la buena gente que en su “galería” uno encontraba.


Pero llegó un momento en el que se sintió invadido, saturado y la única manera que se le ocurrió de romper con ese estatismo pictórico fue la de desaparecer para siempre. Y cuántas veces pienso en él y cómo me sigue ayudando aun en la ausencia. Y es entonces cuando me siento mal, porque creo que sigo abusando de su generosidad aun cuando el tomó tan radical decisión para huir de ella. Hasta eso tomó del arte. Su genio traspasó su muerte.

lunes 5 de marzo de 2007

Pegajosa y triste

Rory, cuantísimo tiempo sin saber de ti. De ti y de Tim.

Esta mañana, pegajosa y triste, me he levantado más tarde que de costumbre. Tomás ya se viste solo y Dete, la chica que me ayuda por las mañanas, se ha encargado de darle el desayuno y llevarlo con su vecino para que vayan, como todas las mañanas, juntos al cole.

Me he levantado con una extraña sensación de olvido. Algo clavado en mi conciencia, oculto tras una mata de vaho.

Cuando abrí la bandeja del correo pendiente y vi el mensaje de Tim, todo resultó redondo y con sentido. Quizá, ese malestar empañado e incómodo fuese tan solo una predicción de las mías. ¿Recuerdas? Esa conexión entre mentes. Ese "no estás pero sé qué estás haciendo", ese "ahora entrará por la puerta", esos caramelos de vainilla que solamente compraba cuando sabía que Tim vendría de visita sin avisar...

Han pasado muchos años sin hablar Rory. Sé que viste a Claudia, mi antigua alumna de francés, y ella te ha puesto al día de que vivo en París y de que tengo un hijo. No sé si te ha mencionado también que tengo mucho dinero. Tanto que a veces no sé hacer con él.
Si Rory, todos esos ideales anticapitalistas que nos unían a los tres, se esfumaron poco después de morir Percival.

La época inmediata a su suicidio fue muy extraña. Era ver la vida desde arriba. Nunca de frente.

Y yo pasaba por el mundo pero el mundo no pasaba por mi.

Cuando un ser querido se quita la vida es como si se fuera también un poco la tuya. Y más si se trata de álguien al que no solamente quieres, sino que lo necesitas con todas tus fuerzas.
En unos meses de convivencia en aquel "bohemio" departamento de la calle de la Fé, Percival se había convertido en un eslavón. En el padre postizo que aparece solamente para poder preocuparte por alguien y preocupar a alguien.
Pobre Perival, mano derecha de Arturo, como él decía. Era un borracho. Un débil y poco astuto borracho que quiso alquilarme la habitación "para cuidar de la pobre niña francesa". Y así lo hizo. Cuidó de mi como nunca lo hizo mi padre, y yo dejé que me cuidase como nunca se lo permitió su hija.

¿Recuerdas a su hija? Se presentó en casa solamente para recoger cuatro cosas: un rosario, una agenda, un álbum de fotos y su pipa de fumar. La pipa de Percival usurpada por una completa desconocida para mi, pero, al fin y al cabo, su hija. Su Panchita.
Estaba triste. No puedo negar que se la veía muy triste. Nunca supe lo que Percival le hizo, pero estoy convencida de que su suicidio no fue por el alcohol, ni por la falta de motivación. Fue porque Panchita no sabía perdonarle.

Cuando entrasteis Tim y tú por la puerta ella acababa de salir dejándome sola. Sin mi amigo y sin su pipa. Percival se había suicidado y yo estaba sola, triste y sentada en una silla a punto de romperse.

No fue la silla quien se rompió en ese instante. Fueron mis entrañas; que reventaron de dolor y angustia. Dolor, dolor, dolor físico, dolor de muerte, dolor que aterra.

Después de la mudanza, cuando te llevaste mi ruina, me instalé en casa de Claudia. Ahí ya nos perdimos los pasos... tú te fuiste. "Tengo que hacerlo" decías. Y no pudimos retenerte.

Estaba bien, pero estaba sola. Estaba bien, pero estaba triste. Estaba bien... y me encontré a Panchita en un bar del centro. Me abrazó fuerte y me pidió que le hablase de su padre.
"¿Cuánto bebía?", "¿Estaba escribiendo?", "¿Tenía alguna amante?"

No Panchita, para eso es tarde. Para ti ya es tarde...
Era tarde para ella y para Percival.
¿Y para mi padre y para mi?

No tardé ni dos semanas en dejar la casa de Claudia y venir a París a buscar a mi padre.

Lo que aquí pasó te lo cuento en otro momento. Tomás llega del colegio. Ahora tengo un hijo. Con los hijos... todo cambia.

martes 27 de febrero de 2007

Café y bollos


Mi querido Rory,

Siempre he valorado el arte por un pequeño matiz que poco de relevante tiene en el resultado final. Quizá por eso me llevé tan bien con tu madre, esa gran mujer que hilaba su reflexión sobre "Muerte en Venecia" alrededor de una sola frase: "Por favor, no sonrías". Pues bien, mi emoción y mi agradecimiento hacia tu respuesta, que ha consolidado nuestro reencuentro, crece como la hiedra y se enrosca en las palabras "café y bollos".

Cuántas conversaciones contigo y con René se agolpan en mi memoria, mi más preciado bien. Ella todavía me permite jugar a la ruleta y hacer trampa para comenzar a recordar mis momentos más felices y nunca caer en los más amargos.

No va más. 18 verde. Allí reposa nuestro encuentro juvenil, el de la puesta en común de sueños, en el de la simbiosis del saber y, en consecuencia, también del sentir. Aquella época en la que nos despertábamos a lo que era preciso y en la que también aborrecíamos lo que creíamos tópico. Y así, nos recuerdo a los tres lanzándonos miradas cómplices de desprecio cuando algunos de nuestros compañeros expresaban su meta de morir con todas sus metas cumplidas.

René, Rory y Tim se miraron con autocomplacencia, porque compartían en secreto su discrepancia. Porque sabían que ellos tendrían el mayor de los sufrimientos en el caso de cerrar su vida como si fuera una novela de misterio, con todos sus cabos bien atados. Esas horas previas a la muerte serían las más tediosas. No concebíamos en aquella época ni un solo instante concedido a la banalidad, al vacío. Nosotros soñábamos con la perdurabilidad de las ilusiones, o al menos su recambio. Hasta el último de los minutos de nuestra vida, queríamos tener la sensación de movilidad, de lucha, de proceso. El estatismo nos aterraba, supongo. Y quizá una muerte en movimiento deje algo de vida por las leyes de la inercia.

En cualquier caso, no sé cuánto queda para la muerte. Como es lógico, cada vez menos, pero no tanto, creo estar seguro. Haciendo cálculos, he descubierto que la margarita de mis anhelos habrá perdido el último de sus pétalos mucho antes de que la naturaleza me convierta en comida para los gusanos. Y sí, habíamos pactado entusiasmo hasta el final, pero esa visión romántica que yo siempre tuve de la vejez ha tenido muy poca correspondencia con mi coqueteo con la senectud. Prefiero llamarlo coqueteo todavía.

Pensaba que la evolución circular de la madurez humana conectaría el ardor desesperado del que tiene toda una vida por delante con el del que no tiene nada que perder. Pensaba que la existencia podía rematarse con un elegante salto al vacío, una caída libre hacia la autenticidad y el romanticismo. Pero no, Rory. Fui capaz de mantener con orgullo mi esencia hasta hace bien poco, pero los últimos años han sido como darse cabezazos contra la pared. Y mi pelo está blanco por el yeso.

Mi apuesta por el choca con un cuerpo que ya ni atrae ni responde. La tan ansiada acumulación de saber me convierte cada vez más en un ser huraño. Hasta mi pasión por vivir en un ático, para poder expandir mi alma hasta el horizonte, me hace sentir cada día como un viejo patético al parar en cada rellano de cada piso de mi escalera. Y mi hedonismo culinario, que me llevó a aprender una infinidad de exquisitos platos de distintas gastronomías, se da de bruces contra los resultados de mis analíticas. No, Rory. Me he quedado esetático. Ya no puedo tomar ni café ni bollos.

sábado 24 de febrero de 2007

Cartas desde una isla multitudinaria


¡Querido Rory!
Me cuesta contar los años que hace que no nos veíamos y, aunque sean unos pocos menos, también los que llevábamos sin saber el uno del otro. Esas promesas de que los lazos nunca se romperán uno no sabe si son tan falsas como fuerte es la convicción de los que las formulan o tan ciertas que, cuando habíamos desaparecido el uno para el otro, provocan un encuentro providencial como éste.
Por desgracia, Rory, creo que la coincidencia no es tal. No es sino una expresión flagelante de cómo mi tiempo discurre plácidamente aburrido y mis días y mis noches se hacen territorios diáfanos por el insomnio. Aunque juré que no volvería, estoy viviendo en Roma, en el barrio de Prati, donde la Italia profunda "urla" en el mercado cada mañana y donde los vecinos me alcahuetean una y otra vez para por fin encontrar la pieza que les haga catalogarme en uno de sus futiles arquetipos. No tienen la categoría de autarquía emocional y no entienden que haya decidido venir a vivir aquí porque, finalmente, la indignación que me produce este entorno es lo único que me hace sentir como el Timothy Treadwell apasionado y visceral que presumía ser.
No puedo contarte en una sola carta cómo los acontecimientos se han precipitado -aunque en realidad ha sido de todo menos precipitados- hasta llegar a esta situación, pero ahora siento que de toda la sabiduría que adquirí en mi vida, lo único útil ha sido aprender idiomas tan poco prácticos como el griego o el castellano para poder seguir los anecdotarios de las gacetas locales. Y, mira por donde, doy con la para ti paradisiaca, para mí inhabitable isla de Iraclia y, tirando del hilo, llego a tus aventuras.
Iraclia rompe su monotonía y encuentra un cadáver. Si alguien hay en la isla que te recuerde un poco a mí, ahí tendrás al culpable. Seguramente, buscó la manera de salir de la mediocridad y el aislamiento de esa maldita isla, con su insultante belleza y su desquiciante tranquilidad. ¡Ay Rory! Tanto romanticismo me ha convertido en un cascarrabias que cuando se encuentra con tu presencia virtual ahoga su emoción en el pensamiento de que Rory todavía no ha sido capaz de dejar de fumar.
Encontrar tus todavía finas reflexiones y tu manera de acariciar con mimo la realidad a través de adjetivos y metáforas ha sido como encontrarme con un espejo que vilipendia mi decepción y reivindica mi entusiasmo. Querido Rory, ¿dónde estuviste todo este tiempo? ¿Estás a tiempo de desempolvarme? Te tengo que contar tantas cosas... Y la próxima carta, prometo volver a hablar de cine. Un beso enorme.

viernes 23 de febrero de 2007

Fragmentos de la chapa tabermera. Remite: Juan Gonzalez


Aquí ya no me echa ni Dios. Tengo todas las acciones. A veces pienso que tengo un agujero en el vaso. Otras veces lo sé, soy un borracho.
Mi padre tenía una toalla de Johnny Walker, yo le miraba desde arriba y me preguntaba cuanto tiene que beber un hombre para que una empresa de güisqui le regale una toalla. Luego descubrí que los borrachos no vamos a la playa. Nadie que ame realmente, necesita hacerse una camiseta con la cara del idiota al que ama. Se ama y punto, que es lo importante. Lo más importante. ¿tú te has sentido amado? Ser amado es un milagro. Aunque a veces te tiren al suelo y te claven un tacón de aguja en la mejilla por amor, sigue siendo un milagro. Significa algo. Significa que eres un tío cojonudo. Bueno, siempre hay quien ama por equivocación. Es más, cuando te vi, sentándote con ese pelo largo y esos vaqueros ajustados creí que alguna vez te amaría. Luego te oí hablar y vi que eras un hombre. Aunque nunca juzgaría una oveja por una pata de más. Eso sí, las tetas son importantes, también los papeles, aunque ahora no haya una falda para marcar la diferencia. Yo llevo diez años amando beber. Mi padre también estaba enamorado de beber. Y me tomarás por gilipollas, pero hay gente que ama el resto de un cuerpo en el estomago de una patrulla de gusanos o una mancha de humedad en la esquina de una caja vacía. Yo amo beber y amo al borracho que soy cuando bebo. Mi padre odiaba a su propio borracho. Todo el tiempo. Hay, meses sobretodo en verano, en el que encuentro alguien para compartir mi amor. Mi padre pegaba a mi madre y todos decían que era por que era un borracho. Siempre me acaban diciendo que me cuide. Yo sé que la pegaba por que odiaba ser un borracho, no por el echo de serlo. Yo ya llevo toda una vida cuidándome, ahora, no me da la gana. Y que conste que me vigilan. Pero de aquí no me echa ya ni Dios. Tengo todas las acciones.

Juan Gonzalez