Esta mañana me he levantado contenta. Desde que conozco este nuevo rincón tuyo me siento invadida por nuestros recuerdos y reconfortada por ellos.
Veo que tus días siguen pasando con un rastro de whisky y cigarrillos... y con gente a la altura de tus circunstancias...
Mis sábados normalmente son muy rutinarios; una mezcla de cócteles con socios y paseos por el Coulée Verte con mi amiga Claire y mi hijo Tomás (me gustaría que lo conocieras, tiene unos ojos grandes y magnéticos que te encantarían). Pero esta mañana, decidí dejar las visitas sociales obligadas en un segundo plano y me he ido a Montparnasse a mirar apartamentos en alquiler.
No tengo intención de alquilar nada. Pero quería husmear. Quería ver sus cuartos de baño.
Las calles de ese barrio son pequeñitas, estrechas, y sus edificios son relativamente altos teniendo en cuenta la falta de ascensor. La casera de un ático pequeñito en la Rue Daguerre me dió las llaves para que subiese yo sola. Ella ya no quería subir esas escaleras.
Me senté en el water y encendí un cigarrillo.
No sé explicarte el por qué de este impulso. Por qué me fui de mañana en busca de un cigarrillo nostálgico en el cuarto de baño sucio de un ático. Supongo que a veces, me gusta la nostalgia. Me hace sentir viva. ¡Cómo de viva estaba entonces! Contigo, con Percival, con Tim...
Por vuestras letras, más profundas y metafóricas que las mías (ya veo que con los años no cambiamos nada...), veo lo mucho que ha significado Percival en vuestras vidas. Mi pobre Percival. Seguro que él no intuía ese amor profundo. A lo mejor, si yo hubiese sabido demostrárselo mejor...
Yo procuro no pensar en él. Intento huir de esa nostalgia.
Me duele.
Sentada en ese water en el barrio de Montparnasse, lloré por Percival.
Y por nosotros,
lloré por mí.
Y por ti.
Y por Tim.
No eran lágrimas tristes. Eran redondas y sinceras. Como un brindis a la luz de las estrellas en tu Iraklia.
Un abrazo








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