CORRESPONDENCIA:

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viernes 9 de marzo de 2007

Museos



Pensando en René y en París me viene siempre el recuerdo del Museo d’Orsay. Es mi favorito. Y es curioso, pero desde la primera vez que lo vi y me enamoré de él, quise siempre volver solo. Supongo que cada uno tiene sus preferencias, pero a mí esa antigua estación en la que nunca volverán a pasar trenes me propone siempre un diálogo. Pero no uno metafórico, sino uno real. Milagros de la sugestión, supongo. Pero, por su estructura, por sus pinturas y por su ambiente me hace emocionarme hasta la lágrima. Me sobresalta esa fascinante idea de que la realidad sólo puede llegar directa al hombre a través de su distorsión. Una noche estrellada es más impactante con colores que no son los suyos y los reflejos melancólicos de un parqué que está siendo acuchillado deslumbran más en un lienzo de hace más de cien años.


El arte explica muchas cosas del ser humano. Del que lo hace y del que lo observa. Y no sólo el arte digno de exponerse en un museo, sino cualquier expresión creativa del hombre. Hay algo en esa manifestación humana que hace que su artífice no pueda disimular lo que es. Como también hay pinturas, esculturas o libros que ruborizan a su espectador por haber dado en el clavo de sus orgullos y sus miserias. Por eso hay algo que asusta cuando alguien recibe una intensa, insistente y personal recomendación para una película o una obra de teatro. Quizá quieran decirnos algo de lo que habitualmente no nos hemos dado cuenta. Pero también por eso nuestros nervios se tensan como las cuerdas de un violín cuando alguien observa algo que hemos creado. Porque llega el momento de no engañar a nadie. Ahí hemos dejado nuestra esencia y algo ha hecho que, pese a nuestros esfuerzos, hayamos dejado nuestras marcas de mediocridad, de desesperación, de tormento o de petulancia.


Y perdemos de tal manera la objetividad hacia nuestras pequeñas criaturas artísticas, que nos hacemos vulnerable a cualquier comentario. Podemos comulgar con un halago entusiasta y hundirnos por ver que nuestros fallos han sido descubiertos. Ambas posturas encajan con el choque de emociones que uno siente hacia su propia cosecha.


Percival era, en ese sentido, una verdadera obra de arte en sí mismo. Su entrega era tan apasionada que para los que lo observábamos cada movimiento, cada frase suya era una gran creación. Su estigma fue el de la perfección, el del aplauso unánime de su público. Y, víctima de una tremenda humildad, antepuso su capacidad de dar a su necesidad de ser. Optó por exponerse continuamente a que los que pasaran por ahí para que pudieran detenerse a sentir cada detalle, a recibir cada señal y a dejarse acariciar por cada pincelada. Aunque, seguramente, no fue una decisión suya. No podía evitarlo.


Fue un ser tan atípico, tan especial, que de alguna manera, como si una institución hubiera reclamado el derecho de la humanidad a compartirlo, se convirtió en una especie de bien de dominio público. Y si en Orsay yo hablo con Degas y me dice que el amor por una bailarina puede hacer que toda una serie de decenas de cuadros sean distintos e igualmente geniales por un simple matiz que los diferencie o Monet me insta a que me aleje un poco de la realidad para poder verla con más claridad, Percival me enseñó que hay personas cuyo destino es estar ahí para los demás. Y su vida, como un museo, se llenó de gente y más gente que, viniendo de diferentes lugares, acababan reconociéndose entre sí por pasar una y otra vez delante de esa misma pieza de exposición. Y los visitantes fueron recomendando a sus amigos lo magnífico de visitar a Percival y de la buena gente que en su “galería” uno encontraba.


Pero llegó un momento en el que se sintió invadido, saturado y la única manera que se le ocurrió de romper con ese estatismo pictórico fue la de desaparecer para siempre. Y cuántas veces pienso en él y cómo me sigue ayudando aun en la ausencia. Y es entonces cuando me siento mal, porque creo que sigo abusando de su generosidad aun cuando el tomó tan radical decisión para huir de ella. Hasta eso tomó del arte. Su genio traspasó su muerte.

4 comentarios:

NOT ANGELS dijo...

Me gustaría preguntaros como disfrutáis de los museos. Ojo con la respuesta por que puede decir mucho de uno mismo.

Yo creo que soy un híbrido entre las dos grandes formas de visitar museos. A veces me da por hacer un recorrido rápido, sin pararme demasiado en ninguna sala ni obra. Es cuando quiero entender el museo “per se”. Y como tratando de dialogar con él mismo, me pregunto que significado tiene y que me quiere transmitir ¿Cual es la causa de su existencia? ¿Por qué las salas están así dispuestas? Es cuando más me parezco a un niño que lo quiere ver todo, que husmea, pregunta y “flipa” con cada cosa que le llama la atención.

Otras veces, sobre todo las segundas visitas, me paro en frete de obras concretas… como cuando ves una película por segunda vez y te recreas en planos increíbles o diálogos magistrales… La última vez, frente a una obra de Mark Rothko en el Tate Modern:


Este proceso empieza de lejos, cuando me voy acercando a la obra. Con humildad pretendo despejar mi cabeza como pidiendo permiso para penetrar en la mente del creador, descubrir que quiere decir o como es él mismo. Parado y hierático delante de la obra admiro su luz, color, trazado, materiales… y me voy dejando invadir por el abanico de intenciones. Se respira la genialidad. Me siento pequeño, egoísta ó cobarde.

Veo la inmensidad en la desnudez.

Y me doy cuenta de por qué dejé de pintar… por miedo a desnudarme delante de alguien y de enseñar o compartir los pilares mas internos de mi ser. Miedo a sentirme vulnerable…

Un sentimiento de brutal agonía comprimida pero vibrante. Mis ojos se humedecen. Mientras me acerco a leer la placa escucho a una pareja: “Dos líneas y un titulo, que timo”. En ese momento se rompe mi abstracción y me sonrío. Que listo eres Mark, me has tomado el pelo!.

Leo la placa. El cuadro se llama Afonía. Busco a la pareja con la mirada y ya se han ido de la sala… sigo leyendo la placa: “Mark Rothko pintó estos cuadros para un restaurante Italiano, viendo que los clientes no comían como venían haciéndolo anteriormente el dueño del restaurante decidió vendérselo a la Tate” Me sonrió al ver que no soy el único tonto y sigo leyendo: “ a los dos meses de pintar estos cuadros Mark se suicidó…”

Será eso lo que hace grandes a los genios. Humanos como todos pero con la capacidad de desnudarse sin pudor, enseñarnos su mundo interior y la percepción tan particular de la realidad…


BUENO!!! Me he liado yo solo jejeje os dejo lo que me ha salido..

Timothy Treadwell dijo...

Sin duda, uno de los secretos del artista es ser impúdico y, de la misma manera, uno tiene que dejarse avasallar por él. Sin temores ni barreras. ¿Sabía usted que la publicidad rescata elementos habituales del "delirium tremens" para conseguir mayor eficacia en sus objetivos?

Eso es lo que me gusta del arte, que toca botones del subconsciente y consigue que, mientras las mentes informadas pueden disfrutar enormemente de él, no hay de desestimar tampoco la valoración de un espectador virgen. Saber valorar una obra como pieza autónoma, carente de contexto y de referentes es un valor que sólo muy pocos poseen y, por su rápida caducidad, quizá sea el más preciado.

Un debate encantador, para no ser ángeles, ¿no cree?

NOT ANGELS dijo...

Sin duda Timothy un debate encantador. permiteme que te tutee,te agradecia que hicieras lo mismo. Que entiendas con esa claridad loq ue quiero decir me da la sensacion de que nos conocemos desde hace lustros...

Solo hay una cosa en la que no estoy del todo de acuerdo. Muchas oras se hacen grandes por su contexto. Si El Romancero se hubiera escrito en nuestos dias creo que ni se habria publicado, pero lo hace grande su época.

Por eso las grandes obras de arte suelen caracterizarse por resultar revolucionarias en su propia epoca. Pasó con las Meninas, la Lechera de Goya... y algunas lo son tanto que no se les reconoce hasta mucho timpo despues, como seria el caso de toda la obra de Van Gogh..

Dejarse avasallar, si, es importante. Pero puede ser tambien dañino. No crees?. Hasta que punto es sano que nos dominen las pasiones. Pos periteeso excusar a la tecnica cuando hablamos de arte? y en el resto de aspectos de vida...

Si me has entendido como antes, te pregunto. ¿Nos dejamos avasallar por otro artista en nuestras vidas? ¿Realmente estamos dejando que las manos de otro artista relaice su obra?

Un placer dialogar con tigo. Espero tener más oportunidades de sguir haciendolo.

PS: Los angeles quizas no sean tan encantadores... o alo mejor lo son por estár atormentados.

Timothy Treadwell dijo...

Estoy de acuerdo con lo que dices, Not angels, pero aun así creo que conseguir una pieza cuya belleza esté por encima del tiempo es el mayor de los logros, porque es extraer la belleza misma, sin importar su función en momento político determinado o como precedente de un movimiento artístico concreto.

Goya fue tan bello que fue considerado pionero de un sinfín de Ismos. Su tormento ha superado el contexto de la Guerra de la Independencia o de los ideales revolucionarios afrancesados. Saturno devorando a un hijo no exige saber de mitología. Es convulsión, pasión, delirio. A un niño le provoca pesadillas, a un adolescente magnetismo y a un adulto escalofríos. Entonces y ahora. Al exquisito y al garrulo.

Hay muchos tipos de artes y de artistas, pero, según el que suscribe, el más grande, por generoso y eficaz, es el que renuncia a la exclusión del que lo disfruta.

Como niño lo agradecí y como anciano vuelvo a hacerlo.

Sinceros saludos.

Tim