CORRESPONDENCIA:

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lunes 5 de marzo de 2007

Pegajosa y triste

Rory, cuantísimo tiempo sin saber de ti. De ti y de Tim.

Esta mañana, pegajosa y triste, me he levantado más tarde que de costumbre. Tomás ya se viste solo y Dete, la chica que me ayuda por las mañanas, se ha encargado de darle el desayuno y llevarlo con su vecino para que vayan, como todas las mañanas, juntos al cole.

Me he levantado con una extraña sensación de olvido. Algo clavado en mi conciencia, oculto tras una mata de vaho.

Cuando abrí la bandeja del correo pendiente y vi el mensaje de Tim, todo resultó redondo y con sentido. Quizá, ese malestar empañado e incómodo fuese tan solo una predicción de las mías. ¿Recuerdas? Esa conexión entre mentes. Ese "no estás pero sé qué estás haciendo", ese "ahora entrará por la puerta", esos caramelos de vainilla que solamente compraba cuando sabía que Tim vendría de visita sin avisar...

Han pasado muchos años sin hablar Rory. Sé que viste a Claudia, mi antigua alumna de francés, y ella te ha puesto al día de que vivo en París y de que tengo un hijo. No sé si te ha mencionado también que tengo mucho dinero. Tanto que a veces no sé hacer con él.
Si Rory, todos esos ideales anticapitalistas que nos unían a los tres, se esfumaron poco después de morir Percival.

La época inmediata a su suicidio fue muy extraña. Era ver la vida desde arriba. Nunca de frente.

Y yo pasaba por el mundo pero el mundo no pasaba por mi.

Cuando un ser querido se quita la vida es como si se fuera también un poco la tuya. Y más si se trata de álguien al que no solamente quieres, sino que lo necesitas con todas tus fuerzas.
En unos meses de convivencia en aquel "bohemio" departamento de la calle de la Fé, Percival se había convertido en un eslavón. En el padre postizo que aparece solamente para poder preocuparte por alguien y preocupar a alguien.
Pobre Perival, mano derecha de Arturo, como él decía. Era un borracho. Un débil y poco astuto borracho que quiso alquilarme la habitación "para cuidar de la pobre niña francesa". Y así lo hizo. Cuidó de mi como nunca lo hizo mi padre, y yo dejé que me cuidase como nunca se lo permitió su hija.

¿Recuerdas a su hija? Se presentó en casa solamente para recoger cuatro cosas: un rosario, una agenda, un álbum de fotos y su pipa de fumar. La pipa de Percival usurpada por una completa desconocida para mi, pero, al fin y al cabo, su hija. Su Panchita.
Estaba triste. No puedo negar que se la veía muy triste. Nunca supe lo que Percival le hizo, pero estoy convencida de que su suicidio no fue por el alcohol, ni por la falta de motivación. Fue porque Panchita no sabía perdonarle.

Cuando entrasteis Tim y tú por la puerta ella acababa de salir dejándome sola. Sin mi amigo y sin su pipa. Percival se había suicidado y yo estaba sola, triste y sentada en una silla a punto de romperse.

No fue la silla quien se rompió en ese instante. Fueron mis entrañas; que reventaron de dolor y angustia. Dolor, dolor, dolor físico, dolor de muerte, dolor que aterra.

Después de la mudanza, cuando te llevaste mi ruina, me instalé en casa de Claudia. Ahí ya nos perdimos los pasos... tú te fuiste. "Tengo que hacerlo" decías. Y no pudimos retenerte.

Estaba bien, pero estaba sola. Estaba bien, pero estaba triste. Estaba bien... y me encontré a Panchita en un bar del centro. Me abrazó fuerte y me pidió que le hablase de su padre.
"¿Cuánto bebía?", "¿Estaba escribiendo?", "¿Tenía alguna amante?"

No Panchita, para eso es tarde. Para ti ya es tarde...
Era tarde para ella y para Percival.
¿Y para mi padre y para mi?

No tardé ni dos semanas en dejar la casa de Claudia y venir a París a buscar a mi padre.

Lo que aquí pasó te lo cuento en otro momento. Tomás llega del colegio. Ahora tengo un hijo. Con los hijos... todo cambia.