¿De verdad los hijos lo cambian todo, René?
Recuerdo que una vez Percival me explicó cómo su gran decepción había sido descubrir que su ser era impermeable al instinto paternal. Ese don de la objetividad que Percival paseaba con modestia, se convirtió en un lastre para él en el momento en el que Panchita lanzó su primer berrido nada más nacer. Su ilusión por recibir en sus brazos ese ansiado bebé, que tardó tanto tiempo en concebir, se dispersó en cuanto le miró a los ojos por primera vez. Había tenido una hija fea.
Pero no era la superficialidad lo que le preocupaba. Era su incapacidad para dejarse llevar por esa pasión que hace a los padres sentir que sus vástagos son los más guapos, llorar en las imposibles funciones de final de curso o considerar sensible y audaz al más zopenco de los infantes.
Él era un esmerado padre, responsable hasta el exceso en la cobertura de necesidades, pero incapaz de resultar alentador. Descubrió entonces una cara más de la paradójica naturaleza del hombre. La que sostiene en la mentira la solidez, la que consigue forjar la madurez de la persona sobre el engaño. Él fue incapaz de mirar a los ojos a Panchita y decirle ni una sola vez algo tan sencillo como “ya verás como todo sale bien”. La vida le había enseñado que lo más probable es que fuera al contrario.
En una ocasión, me dijo que quizá el mayor impedimento que puede dar la inteligencia es la falta de consuelo ante la realidad áspera y agreste. Pero, sin embargo, cuando descubrió el efecto que esa afirmación tenía sobre su pequeña criatura, todo fue mucho más devastador, la sentencia perdió la belleza filosófica.
Es cierto que Panchita, que si bien nunca fue guapa, sí heredó de su padre una agudísima percepción emocional y supo desde sus primeros pasos que los halagos de su padre, por el contrario, tendrían un valor de sinceridad extraordinaria. Por eso los buscó con desesperación. Una desesperación que, en el mayor de los casos, fue corroborada por la hostilidad y las negativas de su padre. No las expresaba directamente, pero estaban en su mirada y ella sabia descifrarlas.
Y Percival se ponía las manos sobre los párpados y como apretando para que los ojos se dieran la vuelta o se abrieran al énfasis paternal, insultaba a lo que él consideraba una “mediocridad positiva” y que le hizo, desde entonces, desarrollar una búsqueda infructuosa de la normalidad. Él quería ser un padre al uso. De los que piensa que sus hijos llegarán muy lejos, hasta cambiar el rumbo de la Historia.
Unos proyectan sus frustraciones. Pero él lo hacía con su amargo realismo. Ni que decir tiene que la situación se fue agravando conforme comprobaba que Panchita crecía dubitativa, como desamparada. Percival trataba de compensar su funesta actitud inculcándole que del fracaso también se aprenden innumerables lecciones. Pero ella, inevitablemente, desarrolló más miedo que valor.
Percival me preguntó una vez, “¿será que no la quiero lo suficiente? ¿acaso un buen padre es tan consciente de las limitaciones de su hija?”. Y yo no sabía qué contestarle. Ahora le habría dicho que las limitaciones suelen hacer las paces con la felicidad, pero entonces callé y él pensó que no le estaba haciendo caso. Pero lo que nunca sabrá es que, por esa respuesta sin pronunciar, yo nunca me atreví a tener hijos. ¿De verdad me habrían cambiado todo?








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