CORRESPONDENCIA:

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martes 22 de mayo de 2007

Felices arrogancias


¿Te acuerdas, Rory, de esa época en la que decidimos convertirnos en estetas? Los dos estábamos fascinados -sin saber lo arquetípico que eso resulta visto desde ahora- con “Muerte en Venecia”. Al revés de lo que suele suceder, primero fue la película y luego el libro, pero de repente nos propusimos que todo en esa fase de nuestras vidas tenías que ser hermoso. No feliz, decíamos, pero sí hermoso. Porque la felicidad es difícil de controlar, pero la belleza puede ser una cuestión de matiz.

Esa apoteosis plástica era, por supuestísimo, tremendamente petulante, pero aprendimos mucho en el proceso. Nuestro planteamiento iba mucho más allá de una abigarrada agenda cultural y pronto empezamos a cuidar las apariencias de todo lo que acontecía a nuestro alrededor. Nos resignamos a asumir el fondo, pero nos dimos la licencia de elaborar nuestras formas, de pulirlas hasta la perfección.

Nuestras conversaciones a veces carecían de contenido, pero nuestros diálogos eran ingeniosos. Nuestras historias de amor fueron quizás insípidas, pero nuestro tormento era atroz o nuestra ilusión se arrebataba a sí misma. Nos rendimos a la elegancia que dibuja una última carta o a la cadencia de una despedida desde el tren. Disfrutamos de ser demiurgos de nuestra propia existencia. Todo eran secuencias más que momentos, capítulos antes que etapas. Quisimos ser personajes por encima de las personas. Pero, contra pronóstico, lo conseguimos. No de manera literal, claro, pero por un momento pensamos que teníamos el control de nuestras vidas y, sólo por pensarlo, fuimos mucho más felices. Y nos sentíamos responsables de nuestro propio estado anímico.

Esa concepción aparentemente elitista de transigir sólo con lo bello no consistía en cerrar las puertas a lo feo, sino en rebuscar su ápice de hermosura. Partíamos de esa base, soberbia y generosa a un mismo tiempo, de que cualquier elemento escondía su valor plástico. Según cómo se mirara, parecíamos esas personas que aceptan todo tal cual es porque es obra de un creador supremo. Pero nosotros sólo nos debíamos tal esfuerzo a nosotros mismos. Éramos pura autocomplacencia.

La vida, en realidad, nos dio la razón, pero nos quitó la entidad moral como para seguir con ese espíritu. Esos años en los que vivimos bajo el síndrome de Stendhal, nuestra actitud se retroalimentó, fuimos tremendamente positivos y el día a día nos satisfacía en cualquiera de sus variantes. Incluso cuando murió Percival o René dijo que se iba posiblemente para siempre. Las tragedias eran, por momentos, la forma de belleza más intensa. Pero luego crecimos y nos dimos cuenta de que el verdadero dolor ni siquiera nos había rozado y que ponerle a él delante del espejo y decirle que es hermoso era una estupidez gigantesca, una auténtica falta de respeto.

Pero ahora, Rory, me encuentro que todo ha trascurrido sin percances especialmente graves, que mi vida ha transcurrido con el viento a mi favor, pero, justamente, las formas han matado al fondo y sólo me preocupo de que me he llegado a tierra despeinado. Y no creas que he olvidado la lección. Sé que todo es responsabilidad mía. Porque, aunque fuera de manera injustificada o incluso desconsiderada, en ese tiempo tú y yo irradiábamos una alegría que era tan contagiosa como útil para los que creyeron que era cierta. Y, al fin y al cabo, hoy incurro en el mismo error pero a la inversa: mi desazón tiene la misma falta de motivos que la que tenía la felicidad de antaño.