CORRESPONDENCIA:

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lunes 7 de mayo de 2007

Juego de espejos

Sí, Rory. En la vida no hay narradores omniscientes ni realidades certeras. Supongo que recuerdas lo que decía Percival sobre nuestra necesidad de convertir nuestra existencia en historias para poder así entenderla, analizarla y compartirla. Pero yo, que nací con el don de la palabra, siempre me sentí tramposo con mi vida por mi capacidad para convertirla en relato.

Ahora, conforme noto que mis reflejos verbales van fallando, que mi cabeza ya no es tan hábil en sus argucias para convertirlo todo en apasionante, a veces me embarga la impotencia y me enfurezco, pero cuando reflexiono, me doy cuenta de que eso me ayuda, por fin, a sincerarme conmigo mismo.

Esa honestidad recién adquirida es lo único nuevo de este organismo decrépito, pero hacía tanto tiempo que no estrenaba nada que mi temperamento se ha vestido de gala, ha recuperado parte de su optimismo y, cuando se mira al espejo, se ve joven, enérgico. Y se pone a escribirte, Rory.

De repente, me he convertido, por una parte, en espectador de lujo de todo el artificio narrativo alrededor del cual hilé mi vida. Y era bueno, la verdad. Pero por otro, me regocijo en la confirmación de que redescubrirse, en cualquier edad, siempre me ha parecido placentero.

Creo, Rory, que tú ya te habías dado cuenta de todo esto. Que en todas esas ficciones bien tejidas que fueron conformando los testimonios de mi vida, llegaste a conocerme bien gracias a las contradicciones que ellas encerraban. Las mentiras son las que acercan a la verdad esencial sobre uno mismo. Curioso, ¿no? Hoy también me parece bonito, por su ingenuidad. Quizá sea autoindulgente, pero hallo ternura tras mi propio artificio.

Mi madre siempre me decía que tenía que tener cuidado, que no era tan fuerte como pensaba. Pero yo, para contar mis peripecias, siempre preferí la épica, y así, me acabé convirtiendo en un héroe de una armadura tan indestructible por fuera que los tormentos propios rebotaban por dentro sin encontrar una rendija por la que escapar. Pero algo en mí sabía que René, Percival y tú sabíais lo que había de falso en esos espejos. Sabías que no sólo cambiaban la izquierda por la derecha.

Fui cogiendo tanta práctica en el arte de construir mis propias fábulas, las cargaba de tantos matices que, unas veces con sensibilidad, otras con ironía y otras con pura imaginación, hicieron a la gente valorarme más por mis palabras que por mis acciones, por lo que era capaz de ofrecer en una conversación que en un momento verdaderamente relevante. Un farsante encantador, en definitiva, que seduce con la retórica. Pero qué triste es darse cuenta de que uno mismo está siendo sobrevalorado.

Percival, que pronto entendió sus riesgos, siempre tachó mi juego de peligroso. Sin embargo, Rory, Percival ya no está y me doy cuenta de que él fue, con su rictus de autenticidad, con su sombrero y su paraguas, mucho más ilegible que yo. Fue tan fiel a su realidad que no podemos plasmar con palabras su historia, se marchó con su verdad escrita en forma de indescifrable jeroglífico. Y todo lo que contemos aquí sobre él no es más que la pobre visión que nos ofrece un viejo espejo retrovisor.