CORRESPONDENCIA:

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martes 22 de mayo de 2007

Memoria e impresión


Como ya he dicho en muchas ocasiones, uno de mis bienes más preciados ha sido siempre la memoria. Pertenece a ese grupo de cualidades positivas de las que uno presume pero que carecen de mérito, que tienen su base en cómo Dios se olvidó de la justicia a la hora de distribuir los dones. Yo, durante una época, me sentí muy agraciado en ese reparto, pero como no creía en Dios no sabía a quién achacar tal ventaja competitiva. A la suerte, quizás. Mi reflexión, que en aquella época estaba prendada de sí misma, prefería desviarse hacia cómo los hombres necesitan criticar hasta a su Dios.

Sin embargo, como la memoria es, según el dicho, la inteligencia de los tontos, algo en mí se empeñó en devolverle su dignidad y fui componiendo el mapa conceptual de tal manera que, me temo que sólo para mi propia tranquilidad, pude demostrar que es una cualidad no solamente muy útil, sino también muy incómoda de transportar.

Me acuerdo perfectamente del día en el que cumplí tres años, con esos amigos impostados que uno invita a sus fiestas cuando nació en los meses de verano y que, en esa ocasión, eran tantos que tuvimos que sentarnos alrededor de una mesa de ping pong. Desde ahí hasta que cumplí los veinticuatro, recuerdo todo. Y cuando digo todo, digo todo. Incluso cosas que en su momento no supe interpretar, tuve la oportunidad de conservarlas hasta que mi madurez fue lo suficientemente hábil como para desentrañarlas. Y por eso, a la reivindicación de la memoria sumé también la de la infancia, por ser la época en la que la que tus mayores piensan que no recordarás ni les tendrás en cuenta las tonterías que vertieron sobre ti, las miserias que demostraron al pensar que no trascenderían y las parcelas de poder que pensaron que tu supuesta inconsciencia les otorgaba.

Pero además de ofrecerme esa especie de “base documental” que me hizo desconfiar de tantos seres cercanos en aquella época en la que mi realidad era un plano contrapicado, mi memoria se ha traducido para mí en una especie de continuo chantaje emocional, en un lastre inquisitorio. En una conciencia hiperdesarrollada que no pasa por alto ninguna incoherencia, que rechina cada vez que mis pensamientos cambian de chaqueta, que me lleva años castigando porque ya no soy el mismo de siempre. Tengo instantáneas de lo que dije y, sobre todo, de lo que sentí selladas en mi ser y, así, cada cambio en mis postulados ha sido traumático como una rendición e imperfecto como borrar un tatuaje. Siempre quedan marcas.

La realidad es que, llegado cierto punto de tu vida, hay pocos cambios a mejor. Ahora que lo pienso, fui un joven deslumbrante. Estrictamente, no lo fui por dentro, pero sí hacia fuera. Esa etapa sigue intacta en mi cabeza, pero ya es una especie de reliquia a la que adorar y que ahora se está restaurando gracias a vuestras reapariciones. A la de Rory y a la de René. Y, a su manera, también a la de Percival. O Perceval, eso es elección de cada uno. Vosotros fuisteis los primeros en estar conmigo también los veranos para celebrar un cumpleaños de verdad, para hacerme creer, incluso, que los deseos que se esconden en las velas de verdad vuelan al soplarlos. Siempre había pensado que se quedaban en esa última gota de cera que se resbala por la vela pero que se solidifica antes de poder llegar hasta la tarta.

Sin embargo, la juventud se marchitó sorprendentemente pronto y, ya llegados los treinta, sentí que mi memoria empezaba a fallar, que dejaba de ser receptivo, que mis amigos y mis novias empezaban a sentir que no les escuchaba. Pensaba que era imposible que mi capacidad de archivar datos y recordar momentos estuviera empezando a fallar tan pronto, que eso no se correspondía con una persona de mi edad. Daba por hecho que eso llegaría mucho más adelante. Pero de repente entendí que no era la memoria lo que fallaba. Que ni siquiera era ella propiamente mi gran capacidad. Entendí que lo que se había desvanecido en mí era la capacidad de sorpresa, había desaparecido mi entusiasmo. Mi propia vida había perdido la capacidad de impresionarme y mi percepción mermaba sus fuerzas para imprimir un recordatorio. El escudo de la decepción se había hecho ya impenetrable y todos mis sentimientos eran devueltos al campo de la indiferencia. Yo me sentí un anciano precoz, de treinta años, porque deduje que la senectud es algo más que el deterioro físico. Que la memoria depende de la impresión. Que a veces la gente no comienza a tener problemas para recordar su vida, sino que es su vida la que se hace olvidable. Y que la vejez, entonces, sería mi próximo objeto a reivindicar.