Hoy es uno de esos días en los que uno se remonta a los orígenes de una decisión. Paseando por el mercado de Ottaviano vuelvo a entender por qué un día me enamoré de Roma, esa ciudad a la que desde hace años acompaño de reproches, pero de la que nunca puedo decir que me llevé una impresión equivocada. En todo caso, el desconocimiento era el que tenía de mí mismo, por no saber que lo que en un principio me fascina tengo tendencia a acabar aborreciéndolo. Sin embargo, cuando he realizado mi habitual paseo por los puestos de verduras de Viale delle milizie, aquí, a dos calles de mi casa, la saturación se ha pasado de rosca y he vuelto a sentir los fulgores de la novedad.
En un mercado romano, los productos son siempre de temporada. No hay fresas para Navidad ni granadas para hacer una ensalada en verano. Todo a su debido tiempo. Y eso se puede hacer extensible a la dinámica de la ciudad, que aunque parece dominada por el caos, en realidad tiene unas leyes generales que lo rigen todo y que pocas veces se equivocan. Así es Roma. Su anarquía la hace previsible. Por eso, yo sabía que uno de estos días tocaba que Ivana, mi verdulera de confianza –es decir, la que menos me tima-, me diera una ración doble de tomates secos porque son los últimos de la temporada. “Si no, se ablandan y no están buenos, y ya sabe, Tim, que a mí no me gusta vender lo que no está bueno”, me dice cada año. Yo sé perfectamente que la siguiente pregunta es: “¿Otro verano que no vuelve a España, dottore?”. Y así ha sido. Sin ningún matiz cambiado. La misma cara de interés desinteresado, el mismo tono un pelín más alto del necesario para que yo le oiga, pero que también permita a los caminantes comprobar lo amable que es la señora Ivana. Igual que el charcutero, que no se cansa de decirme que el jamón de Parma es mejor que el de Jabugo o el pescatero, que repite una y otra vez que los meses con “r” son los que tienen el mejor marisco.
Entiendo por qué aquí todo tiene su tempo y me acuerdo, entonces, de nuestros años juntos, en los que teníamos la sensación de estar abriendo camino para el hombre, en el que pensábamos que la nuestra era una visión avanzada, rompedora y original. Percival emocionado con lo bien que le quedaba su nueva chistera, un paso más hacia el mimetismo con sus grandes ídolos. René fascinada por su recién adquirido poder de atracción física e intelectual. Tú dejándote deslumbrar por el análisis de tus propios sentimientos. Y yo entusiasta por sentir que os había encontrado a los tres y ya nunca me sentiría solo.
Hoy me doy cuenta de que transcurríamos por los canales de lo preciso para aquel momento. De lo clásico, que siempre suena mejor que lo convencional. Pero, ¿acaso no es bello que nos sintiéramos tan especiales realizando lo que era de ley para nuestros años? Cuando leemos algo con lo que nos identificamos en una novela o lo disfrutamos en una película, nos sentimos respaldados, comprendidos. Creemos que, sin conocernos, hay algún genio que ha entendido nuestro gozo y nuestro pesar. Pero cuando alguien cercano o un manual de la carrera de psicología se hace eco de nuestro estado vital, nos rebelamos, porque pensamos que están vulgarizando o simplificando nuestras vivencias. Sin embargo, ya con la perspectiva que dan los años, vuelvo a caer en la cuenta de que, aunque sea porque en un alto porcentaje de las personas es así, es cierto que nuestra juventud fue la época más plena de nuestras vidas. Porque en ella se daba el milagro que solapa lo que uno quiere hacer de manera visceral con lo que antropológicamente le corresponde.
En un mercado romano, los productos son siempre de temporada. No hay fresas para Navidad ni granadas para hacer una ensalada en verano. Todo a su debido tiempo. Y eso se puede hacer extensible a la dinámica de la ciudad, que aunque parece dominada por el caos, en realidad tiene unas leyes generales que lo rigen todo y que pocas veces se equivocan. Así es Roma. Su anarquía la hace previsible. Por eso, yo sabía que uno de estos días tocaba que Ivana, mi verdulera de confianza –es decir, la que menos me tima-, me diera una ración doble de tomates secos porque son los últimos de la temporada. “Si no, se ablandan y no están buenos, y ya sabe, Tim, que a mí no me gusta vender lo que no está bueno”, me dice cada año. Yo sé perfectamente que la siguiente pregunta es: “¿Otro verano que no vuelve a España, dottore?”. Y así ha sido. Sin ningún matiz cambiado. La misma cara de interés desinteresado, el mismo tono un pelín más alto del necesario para que yo le oiga, pero que también permita a los caminantes comprobar lo amable que es la señora Ivana. Igual que el charcutero, que no se cansa de decirme que el jamón de Parma es mejor que el de Jabugo o el pescatero, que repite una y otra vez que los meses con “r” son los que tienen el mejor marisco.
Entiendo por qué aquí todo tiene su tempo y me acuerdo, entonces, de nuestros años juntos, en los que teníamos la sensación de estar abriendo camino para el hombre, en el que pensábamos que la nuestra era una visión avanzada, rompedora y original. Percival emocionado con lo bien que le quedaba su nueva chistera, un paso más hacia el mimetismo con sus grandes ídolos. René fascinada por su recién adquirido poder de atracción física e intelectual. Tú dejándote deslumbrar por el análisis de tus propios sentimientos. Y yo entusiasta por sentir que os había encontrado a los tres y ya nunca me sentiría solo.
Hoy me doy cuenta de que transcurríamos por los canales de lo preciso para aquel momento. De lo clásico, que siempre suena mejor que lo convencional. Pero, ¿acaso no es bello que nos sintiéramos tan especiales realizando lo que era de ley para nuestros años? Cuando leemos algo con lo que nos identificamos en una novela o lo disfrutamos en una película, nos sentimos respaldados, comprendidos. Creemos que, sin conocernos, hay algún genio que ha entendido nuestro gozo y nuestro pesar. Pero cuando alguien cercano o un manual de la carrera de psicología se hace eco de nuestro estado vital, nos rebelamos, porque pensamos que están vulgarizando o simplificando nuestras vivencias. Sin embargo, ya con la perspectiva que dan los años, vuelvo a caer en la cuenta de que, aunque sea porque en un alto porcentaje de las personas es así, es cierto que nuestra juventud fue la época más plena de nuestras vidas. Porque en ella se daba el milagro que solapa lo que uno quiere hacer de manera visceral con lo que antropológicamente le corresponde.








0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada