A menudo me propongo dilucidar qué pasajes de nuestra vida tienen un mayor impacto sobre nuestra memoria, si los más felices o los más dolorosos. A veces pienso que mi recuerdo es victimista y rechazo su susceptibilidad. Otras, agradezco el pragmatismo con el que mi mente emborrona las heridas y perdona a sus causantes. Y muy de vez en cuando, creo tener la capacidad de recrear sensitivamente esas pizcas de felicidad esparcidas al azar en mi historial, aunque también hay aflicciones y vergüenzas que se activan en mi emoción como si estuvieran de nuevo en mi abanico de realidad palpable.
Y así, cómo olvidar cada instante de aquel día en el que enterramos a Percival. Rostros y sensaciones. Atmósferas y hechos. Dicen que todos los artistas conciben en algún momento de creatividad su propio funeral. Yo creo que Percival sólo soñó con él como un plano final para cerrar la película de su vida. La curiosidad no era tan fuerte como para vencer el tormento que acabó con su ánimo de trascendencia. O al menos, ella no sería ya asunto suyo, lo que convirtió su despedida en una liberación. Elegida, mas no planeada.
Cada vez hay más padres que no bautizan a sus hijos y bodas que se celebran por los trámites de lo civil. Sin embargo, el hecho de que pocos planten cara a la religiosidad a la hora de despedir a un familiar me hizo, ya en aquél funeral, descubrir el sustrato de creencia o de temor que todavía mantenemos hacia Dios. Yo, que no soy artista pero a veces caigo en el juego vanidoso de pensar cuánto dolor será capaz de provocar mi ausencia, detestaría que se celebrara una misa por mi alma. Percival, seguramente, pensaba que no era de su incumbencia y habría dado su beneplácito a cualquier opción.
En el rito católico, además, esa premura en su realización produce un estado complejo en los asistentes. Es una ceremonia que, desde que la viví en primera persona en aquella despedida de Percival, me causó una indescriptible sensación de paradoja. En ese caso puntual, había algo de irónico en el multitudinario adiós a alguien que no encontró a nadie que le motivara seguir viviendo. Pero lo que el tiempo demostró que sería una constante era todo ese sufrimiento compartido, ese barullo de sollozos, esa humedad salada en las mejillas, esos abrazos fuertes, que parecen buscar la recuperación del tacto mermado por el dolor. Impulsos precipitados, actos reflejos de un cuerpo que reacciona a la tragedia que las mentes todavía no se han atrevido a procesar. Lloran algo cuya realidad todavía no han vivido. Sufren por una recreación mental de lo que supondrá la pérdida, cuando ésta todavía tiene muchas bazas que jugar antes de dejar a la vista todas sus cartas. Y lo que desde entonces más me impresiona de los funerales es saber que, dentro de ese espectáculo dramático absolutamente sobrecogedor, lo peor está por llegar y cada uno lo vivirá en su propia soledad muchos meses más adelante.
Pero lo que más me impresionó fue nuestro propio envaramiento. Ni siquiera me atreví a llorar. No me atreví a quejarme. René, tú y yo no tuvimos que decirnos nada. Confusión por lo sucedido apenas unas horas antes. Pero también un respeto que nos inundó al ver el verdadero dolor en el rostro de la madre de Percival. Sin excesos. Puro sufrimiento. De pie, en el primer banco de la iglesia, rodeada de personas compungidas y escandalosas, pero con la mirada en algún lugar en el que residía la esencia del instinto y en el que no había sitio para nada más.
Por eso, decidimos, sin tener que proponerlo siquiera, no dar el pésame ni mostrar ninguna expresión de solidaridad. Sentimos nuestra unidad en el rechazo hacia ese insulto hacia la realidad única, indivisible e imposible de paliar de una mujer que, sin motivos reales pero de manera inevitable, sentía que su hijo firmaba con sangre su fracaso como madre. Y al no haber dolor más grande, entendimos que no teníamos más alternativa que la de retirarnos en acto de modestia, porque ni siquiera podíamos acercarnos a lo que ella estaba sintiendo. Un sentimiento que sabíamos, y el tiempo nos dio la razón, que era un preludio de lo que sería, sin remisión, una existencia condenada a la desgracia.
Sin embargo, su grandeza superó al dolor cuando, con el cuerpo de Percival ya inhumado y cuando en su casa -donde habíamos tenido tantas charlas acaloradas y tantas confesiones endulzadas por unas galletas de mantequilla- se empezaba a hacer física su soledad, ella se acercó a nosotros y, como si Percival le hubiera dado las claves de nuestro comportamiento, pronunció, con una puntual y deslumbrante serenidad, un imborrable “gracias por todo, chicos”.
Y así, cómo olvidar cada instante de aquel día en el que enterramos a Percival. Rostros y sensaciones. Atmósferas y hechos. Dicen que todos los artistas conciben en algún momento de creatividad su propio funeral. Yo creo que Percival sólo soñó con él como un plano final para cerrar la película de su vida. La curiosidad no era tan fuerte como para vencer el tormento que acabó con su ánimo de trascendencia. O al menos, ella no sería ya asunto suyo, lo que convirtió su despedida en una liberación. Elegida, mas no planeada.
Cada vez hay más padres que no bautizan a sus hijos y bodas que se celebran por los trámites de lo civil. Sin embargo, el hecho de que pocos planten cara a la religiosidad a la hora de despedir a un familiar me hizo, ya en aquél funeral, descubrir el sustrato de creencia o de temor que todavía mantenemos hacia Dios. Yo, que no soy artista pero a veces caigo en el juego vanidoso de pensar cuánto dolor será capaz de provocar mi ausencia, detestaría que se celebrara una misa por mi alma. Percival, seguramente, pensaba que no era de su incumbencia y habría dado su beneplácito a cualquier opción.
En el rito católico, además, esa premura en su realización produce un estado complejo en los asistentes. Es una ceremonia que, desde que la viví en primera persona en aquella despedida de Percival, me causó una indescriptible sensación de paradoja. En ese caso puntual, había algo de irónico en el multitudinario adiós a alguien que no encontró a nadie que le motivara seguir viviendo. Pero lo que el tiempo demostró que sería una constante era todo ese sufrimiento compartido, ese barullo de sollozos, esa humedad salada en las mejillas, esos abrazos fuertes, que parecen buscar la recuperación del tacto mermado por el dolor. Impulsos precipitados, actos reflejos de un cuerpo que reacciona a la tragedia que las mentes todavía no se han atrevido a procesar. Lloran algo cuya realidad todavía no han vivido. Sufren por una recreación mental de lo que supondrá la pérdida, cuando ésta todavía tiene muchas bazas que jugar antes de dejar a la vista todas sus cartas. Y lo que desde entonces más me impresiona de los funerales es saber que, dentro de ese espectáculo dramático absolutamente sobrecogedor, lo peor está por llegar y cada uno lo vivirá en su propia soledad muchos meses más adelante.
Pero lo que más me impresionó fue nuestro propio envaramiento. Ni siquiera me atreví a llorar. No me atreví a quejarme. René, tú y yo no tuvimos que decirnos nada. Confusión por lo sucedido apenas unas horas antes. Pero también un respeto que nos inundó al ver el verdadero dolor en el rostro de la madre de Percival. Sin excesos. Puro sufrimiento. De pie, en el primer banco de la iglesia, rodeada de personas compungidas y escandalosas, pero con la mirada en algún lugar en el que residía la esencia del instinto y en el que no había sitio para nada más.
Por eso, decidimos, sin tener que proponerlo siquiera, no dar el pésame ni mostrar ninguna expresión de solidaridad. Sentimos nuestra unidad en el rechazo hacia ese insulto hacia la realidad única, indivisible e imposible de paliar de una mujer que, sin motivos reales pero de manera inevitable, sentía que su hijo firmaba con sangre su fracaso como madre. Y al no haber dolor más grande, entendimos que no teníamos más alternativa que la de retirarnos en acto de modestia, porque ni siquiera podíamos acercarnos a lo que ella estaba sintiendo. Un sentimiento que sabíamos, y el tiempo nos dio la razón, que era un preludio de lo que sería, sin remisión, una existencia condenada a la desgracia.
Sin embargo, su grandeza superó al dolor cuando, con el cuerpo de Percival ya inhumado y cuando en su casa -donde habíamos tenido tantas charlas acaloradas y tantas confesiones endulzadas por unas galletas de mantequilla- se empezaba a hacer física su soledad, ella se acercó a nosotros y, como si Percival le hubiera dado las claves de nuestro comportamiento, pronunció, con una puntual y deslumbrante serenidad, un imborrable “gracias por todo, chicos”.








2 comentarios:
Qué bien lo has expesado Tim.
Gracias a tus palabras he comprendido algunas cosas que se habían quedado en el aire. Flotando sin rumbo.
Un beso, René.
Querida René,
Nuestra simbiosis sigue siendo la misma, después de todo. Te doy las claves para aquello que ni siquiera yo entiendo y viceversa. Por eso siempre estaremos unidos. Un abrazo gigante.
Tim
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