CORRESPONDENCIA:

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sábado 9 de junio de 2007

Esperas desesperadas

En castellano, son muchos los momentos vitales que se reducen a la espera. En inglés, sin embargo, hay más palabras para matizar, porque esperan físicamente mediante un “wait”, calman las ansias del espíritu conjugando un “hope”, e incluso planean lo venidero con un “expect”. En Italia uno tiene mucho que “aspettare”, pero poco que “sperare” y en Francia te piden educadamente un “attendre” mientras dejan para su cine y su literatura el “sperer”. Los españoles decidieron, en el algún arrebato poético o en una dejadez elíptica, sacar factor común y meterlo todo en el mismo saco. Y así, toda vida narrada en castellano tiene más sensación de perder el tiempo.

Es curioso, Rory, lo complementarios que siempre fuimos. No digo diferentes, digo complementarios. Mismos anhelos, opuestas vías. Y mientras tú juegas a vaciar el futuro inmediato para imaginar el lejano, yo sigo construyéndome con los pedazos de lo ya vivido. Tú sigues teniendo expectativas y yo apelo a mi coherencia. Rory buscando el yo que será y Tim el que dejó de ser. Tú disfrutando la espera, yo pensando en cómo otra vez he sido el que se tomará el café frío porque lo pedí sólo para reservar la mesa.

Pero ahora, al saber de nuevo de ti, veo lo mucho que tienes todavía por enseñarme. De alguna manera, sentí que la vida empezaba a ponerse seria cuando mis acciones adquirían esa capacidad de determinar de verdad mi yo. Hasta cierta edad, todo parecía reversible, omisible, perdonable. Pero empecé a ver cómo hay momentos que marcan un espíritu y pasos que, de no ser dados, ya no son recuperables. Fue un descubrimiento tardío, como otros tantos en mi vida. Siempre fui así. Maduro y solemne para muchas cosas, pero tremendamente atolondrado para otras. Y leyéndote a ti, de pronto, descubro que tu juego, aun siendo muy parecido al mío, es mucho más divertido. Y más sabio. Porque a veces un movimiento de cuchara puede ser más definitivo que un cambio de ciudad. La toma de decisiones es perpetua y las consecuencias cambian nuestra vida de manera exponencial.

Pero Rory, yo sigo con el espejo retrovisor y pienso en qué hubiera sido de mí si no… antes que en qué será de mi si ahora… También trato de conectar con mi yo de entonces, y a veces lo admiro y otras lo culpo. Tú sabes esperar, porque miras hacia delante. Yo sólo hago balance a toro pasado. Quizá porque todo se articula en el humo de un cigarrillo, así que espero que la noticia de Kaliass no cambie tu actitud. Quizá debiera empezar yo a fumar. Porque tú, mientras aspiras el humo, ves charcos que has saltado sin darte cuenta. Yo mares en los que perdí el rumbo y naufragué.

Antes vivía de la ilusión, de una suma de metas imposibles que, aun en la lejanía, son capaces de endulzar un carácter. Pero llegó un momento en el que la lejanía era mayor que los kilómetros restantes y los anhelos conducían con la reserva. Ya no me veo capaz de disfrutar de la espera como tú, aun a sabiendas de que es probable de que el encuentro nunca se produzca. Y a veces pienso que Percival también se cansó de esperar. O que se esperaba otra cosa de la vida y de nosotros. O que ya no le quedaba nada por esperar. O que se cansó de lo que los demás esperaban de él. No sé hasta qué punto todas las esperas, propias y ajenas, acaban siendo lo mismo y el castellano es un idioma sintético. Pero yo sólo sé que lloré una vez más leyendo las palabras de un extraño, al descubrir en quien quiera que sea Alexander Koruchev el ímpetu de la búsqueda de lo amado empujado por la más remota de las posibilidades. Al menos -trato de decirme e mí mismo- sigo emocionándome cuando reconozco en los demás los síntomas de la esperanza.