CORRESPONDENCIA:

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sábado 23 de junio de 2007

Las consecuencias de la perfección

De niño, mi abuela me repetía una y otra vez que la muerte llegaba cuando uno alcanzaba la perfección. “La vida es aprendizaje, y cuando superas el examen de la perfección, Dios te lleva contigo”. Así justificaba la muerte de mi tía, supongo, o por eso sufría cuando se daba cuenta de su longevidad. Sentía que ya no le quedaban fuerzas para seguir perfeccionando en vano su temperamento y, en los momentos en los que su cordura se despistaba, sufría una tremenda angustia con la sola idea de la inmortalidad.

Son esos conceptos medio esotéricos, medio legendarios, que uno va olvidando conforme crece y pone en su sitio todo lo aprendido y yo, sin ningún tipo de voluntad suicida y a pesar de saber que era una meta imposible, sí que intenté acercarme lo más posible a la perfección. Carente de creencias divinas, sentía que era mi responsabilidad. Sin esperar nada a cambio más que mi propia satisfacción. O, dicho de otra manera, para calmar la ansiedad vulnerable que siempre despertó en mí el no hacer las cosas bien.

Así, mis esfuerzos se concentraron durante la adolescencia para construirme como un hombre sin fisuras. Un trabajo tan minucioso como erróneo hizo que se esculpiera en mí lo que, en realidad, no era otra cosa más que un corsé del que luego fue muy difícil salirse, y del que aun hoy siento que me quedan algunos incómodos jirones.

¿Por qué no asumir que parte de la belleza del ser humano está en su calidad de ser imperfecto? O más aún, ¿por qué teniéndolo tan claro respecto a los demás, seguí siendo tan implacable conmigo mismo? Mi propia conciencia fue a veces más estricta que cualquier concepción de censura teísta. ¿Con qué fin? Durante una época pensé que buscaba el orgullo de mis padres o que esas malditas expectativas que pusieron sobre mí me forzaron a corresponderles. Pero ya murieron y todo siguió igual. Si por inercia o por código genético no importa. Pero acabé llegando a esa meta. A esa “perfección” que luego descubrí que no era tal, que estaba equivocada desde el principio. Por supuesto, era demasiado tarde.

Mi abuela no murió perfecta. Murió de vieja. Yo seguí viviendo, a pesar de mi perfección. Pero me acordé de su absurda hipótesis al irse Percival, porque él sí parecía responder al embrujo de aquella historia. Creo que sí era perfecto de verdad. Y cuando las cosas son perfectas es porque son sólidas, indestructibles. Perfecto era su dolor y, por ello, infranqueable. Perfecto era él mismo: tan coherente dentro de sí que todas sus reacciones, las más tristes y las más alegres, formaban parte de un entramado complejo, pero tan consecuente que también era imperturbable.

Mientras mi perfección fue formal, la suya fue radical. Él nació así y yo intenté llegar a ese mismo punto partiendo de una desventaja competitiva. Así, mi perfección se fraguó en un comportamiento ejemplar, en evitar toda salida de tono. Cordialidad y afecto, disponibilidad. Me eduqué muy bien a mí mismo para poder ser competente en todas las materias, para ser siempre comprensivo y poder dar calidez a aquellos que me la pidieran. Y fue muy placentero en la amistad, ciertamente, pero estéril en el amor de una mujer. La verdad, una vez más, dejó en evidencia a la apariencia. Ninguna mujer pudo soportar mi actitud, aquella que había trabajado –entonces me di cuenta- con la voluntad única de encontrar a la persona que me acompañara para toda la vida. Pero todo lo que tenía de irreprochable era un gran reproche en sí mismo. Un reproche perfecto también, que levantaba una irreal pero aun así palpable sensación de juicio y, en consecuencia, también de inseguridad. Porque a veces nuestra seguridad se basa en la imperfección de los demás, y una persona que transmite perfección emana también intolerancia.

Pero yo no juzgaba nada. Era amor de verdad, aceptación absoluta. Y en vez de abrir las compuertas del regocijo por la confianza, se desplegaban las de la insoportable desorientación.

2 comentarios:

Rory McQueen dijo...

Mi querido Tim, has abierto una difícil y sangrante herida. Rascar hasta el origen, lejos de suprimir el problema, abre un horizonte de comprensión mucho
mas grave. Y lo que se nos presenta grave, lo radical, es un nudo que articula un difícil
equilibrio. Cuando se tira de él, las consecuencias son imprevisibles, la hemorragia sangra
por todos los lados. Quizá la solución a un problema se reduzca a la simple contemplación de
dicho equilibrio originario, en la profana esperanza de que a fuerza de mirar y no tocar, a
fuerza de estar frente a ello en el día y la noche, lo anudado cobre sentido. Un sentido
propio, y desde luego ajeno a la tortuosa voluntad del observador. Quizá de esta manera, el
que observa recobre parte de ese sentido que se pierde al formular la cuestión, y así, en el
obrar del hombre surja una coherencia salubre, un tener presente el nudo y sus sangrantes
posibilidades a fin de que su misterio no nos esclavice.
Sin embargo, todo lo que es origen, debe permanecer en su misterio, y puede que tal
resolución al problema no satisfaga a los fanáticos de una supuesta "exactitud". Aquello que
es misterioso, si nos empeñamos en traerlo a la luz, con un millar de justificaciones por
ejemplo, lejos de agotar la pertinente pregunta por el porqué, no nos ofrecerá más que una
comprensión parcial, velada, de las cosas, dejando libre e ignorado así, el salvaje influjo
de lo que subyace. En ese momento, decimos que el hombre es esclavo de sus perfecciones. Y es
que el ser atento observador de lo imperfecto, no nos hace ni más sabios ni más perfectos, si
no un poco menos esclavos y un poco más partícipes de las posibilidades del sentido. Porque
participar de un sentido respetuoso con lo que no alcanza, hace del obrar humano un obrar más
capaz; siempre quedan abiertas pues, nuevas posibilidades de sentido.
Desde luego Tim, has cavado hacia un origen, has traído a presencia algo tortuoso e
indomable, lo irreprochable se te ha presentado cual reproche, y de esta forma, tu mirada se
ha posado sobre una liberadora imperfección. Yo sé que no juzgabas Tim, porque eres un rey
sin trono ni cetro, y esa es una de tus grandezas.

Timothy Treadwell dijo...

Gracias, Rory, por tus siempre acertadas contestaciones.
Sin embargo, a veces me siento como un médico al que le diagnostican una enfermedad. Conocedor de cada detalle de su afección, y por ello asustado porque sabe cada uno de los sufrimientos que vendrán. O más aún, impotente ante su ausencia de tratamiento.

Un abrazo.

Tim