CORRESPONDENCIA:

Este es el lugar de la correspondencia. Aquí podrán leer las historias de mis colaboradores.

martes 27 de febrero de 2007

Café y bollos


Mi querido Rory,

Siempre he valorado el arte por un pequeño matiz que poco de relevante tiene en el resultado final. Quizá por eso me llevé tan bien con tu madre, esa gran mujer que hilaba su reflexión sobre "Muerte en Venecia" alrededor de una sola frase: "Por favor, no sonrías". Pues bien, mi emoción y mi agradecimiento hacia tu respuesta, que ha consolidado nuestro reencuentro, crece como la hiedra y se enrosca en las palabras "café y bollos".

Cuántas conversaciones contigo y con René se agolpan en mi memoria, mi más preciado bien. Ella todavía me permite jugar a la ruleta y hacer trampa para comenzar a recordar mis momentos más felices y nunca caer en los más amargos.

No va más. 18 verde. Allí reposa nuestro encuentro juvenil, el de la puesta en común de sueños, en el de la simbiosis del saber y, en consecuencia, también del sentir. Aquella época en la que nos despertábamos a lo que era preciso y en la que también aborrecíamos lo que creíamos tópico. Y así, nos recuerdo a los tres lanzándonos miradas cómplices de desprecio cuando algunos de nuestros compañeros expresaban su meta de morir con todas sus metas cumplidas.

René, Rory y Tim se miraron con autocomplacencia, porque compartían en secreto su discrepancia. Porque sabían que ellos tendrían el mayor de los sufrimientos en el caso de cerrar su vida como si fuera una novela de misterio, con todos sus cabos bien atados. Esas horas previas a la muerte serían las más tediosas. No concebíamos en aquella época ni un solo instante concedido a la banalidad, al vacío. Nosotros soñábamos con la perdurabilidad de las ilusiones, o al menos su recambio. Hasta el último de los minutos de nuestra vida, queríamos tener la sensación de movilidad, de lucha, de proceso. El estatismo nos aterraba, supongo. Y quizá una muerte en movimiento deje algo de vida por las leyes de la inercia.

En cualquier caso, no sé cuánto queda para la muerte. Como es lógico, cada vez menos, pero no tanto, creo estar seguro. Haciendo cálculos, he descubierto que la margarita de mis anhelos habrá perdido el último de sus pétalos mucho antes de que la naturaleza me convierta en comida para los gusanos. Y sí, habíamos pactado entusiasmo hasta el final, pero esa visión romántica que yo siempre tuve de la vejez ha tenido muy poca correspondencia con mi coqueteo con la senectud. Prefiero llamarlo coqueteo todavía.

Pensaba que la evolución circular de la madurez humana conectaría el ardor desesperado del que tiene toda una vida por delante con el del que no tiene nada que perder. Pensaba que la existencia podía rematarse con un elegante salto al vacío, una caída libre hacia la autenticidad y el romanticismo. Pero no, Rory. Fui capaz de mantener con orgullo mi esencia hasta hace bien poco, pero los últimos años han sido como darse cabezazos contra la pared. Y mi pelo está blanco por el yeso.

Mi apuesta por el choca con un cuerpo que ya ni atrae ni responde. La tan ansiada acumulación de saber me convierte cada vez más en un ser huraño. Hasta mi pasión por vivir en un ático, para poder expandir mi alma hasta el horizonte, me hace sentir cada día como un viejo patético al parar en cada rellano de cada piso de mi escalera. Y mi hedonismo culinario, que me llevó a aprender una infinidad de exquisitos platos de distintas gastronomías, se da de bruces contra los resultados de mis analíticas. No, Rory. Me he quedado esetático. Ya no puedo tomar ni café ni bollos.

sábado 24 de febrero de 2007

Cartas desde una isla multitudinaria


¡Querido Rory!
Me cuesta contar los años que hace que no nos veíamos y, aunque sean unos pocos menos, también los que llevábamos sin saber el uno del otro. Esas promesas de que los lazos nunca se romperán uno no sabe si son tan falsas como fuerte es la convicción de los que las formulan o tan ciertas que, cuando habíamos desaparecido el uno para el otro, provocan un encuentro providencial como éste.
Por desgracia, Rory, creo que la coincidencia no es tal. No es sino una expresión flagelante de cómo mi tiempo discurre plácidamente aburrido y mis días y mis noches se hacen territorios diáfanos por el insomnio. Aunque juré que no volvería, estoy viviendo en Roma, en el barrio de Prati, donde la Italia profunda "urla" en el mercado cada mañana y donde los vecinos me alcahuetean una y otra vez para por fin encontrar la pieza que les haga catalogarme en uno de sus futiles arquetipos. No tienen la categoría de autarquía emocional y no entienden que haya decidido venir a vivir aquí porque, finalmente, la indignación que me produce este entorno es lo único que me hace sentir como el Timothy Treadwell apasionado y visceral que presumía ser.
No puedo contarte en una sola carta cómo los acontecimientos se han precipitado -aunque en realidad ha sido de todo menos precipitados- hasta llegar a esta situación, pero ahora siento que de toda la sabiduría que adquirí en mi vida, lo único útil ha sido aprender idiomas tan poco prácticos como el griego o el castellano para poder seguir los anecdotarios de las gacetas locales. Y, mira por donde, doy con la para ti paradisiaca, para mí inhabitable isla de Iraclia y, tirando del hilo, llego a tus aventuras.
Iraclia rompe su monotonía y encuentra un cadáver. Si alguien hay en la isla que te recuerde un poco a mí, ahí tendrás al culpable. Seguramente, buscó la manera de salir de la mediocridad y el aislamiento de esa maldita isla, con su insultante belleza y su desquiciante tranquilidad. ¡Ay Rory! Tanto romanticismo me ha convertido en un cascarrabias que cuando se encuentra con tu presencia virtual ahoga su emoción en el pensamiento de que Rory todavía no ha sido capaz de dejar de fumar.
Encontrar tus todavía finas reflexiones y tu manera de acariciar con mimo la realidad a través de adjetivos y metáforas ha sido como encontrarme con un espejo que vilipendia mi decepción y reivindica mi entusiasmo. Querido Rory, ¿dónde estuviste todo este tiempo? ¿Estás a tiempo de desempolvarme? Te tengo que contar tantas cosas... Y la próxima carta, prometo volver a hablar de cine. Un beso enorme.

viernes 23 de febrero de 2007

Fragmentos de la chapa tabermera. Remite: Juan Gonzalez


Aquí ya no me echa ni Dios. Tengo todas las acciones. A veces pienso que tengo un agujero en el vaso. Otras veces lo sé, soy un borracho.
Mi padre tenía una toalla de Johnny Walker, yo le miraba desde arriba y me preguntaba cuanto tiene que beber un hombre para que una empresa de güisqui le regale una toalla. Luego descubrí que los borrachos no vamos a la playa. Nadie que ame realmente, necesita hacerse una camiseta con la cara del idiota al que ama. Se ama y punto, que es lo importante. Lo más importante. ¿tú te has sentido amado? Ser amado es un milagro. Aunque a veces te tiren al suelo y te claven un tacón de aguja en la mejilla por amor, sigue siendo un milagro. Significa algo. Significa que eres un tío cojonudo. Bueno, siempre hay quien ama por equivocación. Es más, cuando te vi, sentándote con ese pelo largo y esos vaqueros ajustados creí que alguna vez te amaría. Luego te oí hablar y vi que eras un hombre. Aunque nunca juzgaría una oveja por una pata de más. Eso sí, las tetas son importantes, también los papeles, aunque ahora no haya una falda para marcar la diferencia. Yo llevo diez años amando beber. Mi padre también estaba enamorado de beber. Y me tomarás por gilipollas, pero hay gente que ama el resto de un cuerpo en el estomago de una patrulla de gusanos o una mancha de humedad en la esquina de una caja vacía. Yo amo beber y amo al borracho que soy cuando bebo. Mi padre odiaba a su propio borracho. Todo el tiempo. Hay, meses sobretodo en verano, en el que encuentro alguien para compartir mi amor. Mi padre pegaba a mi madre y todos decían que era por que era un borracho. Siempre me acaban diciendo que me cuide. Yo sé que la pegaba por que odiaba ser un borracho, no por el echo de serlo. Yo ya llevo toda una vida cuidándome, ahora, no me da la gana. Y que conste que me vigilan. Pero de aquí no me echa ya ni Dios. Tengo todas las acciones.

Juan Gonzalez