CORRESPONDENCIA:

Este es el lugar de la correspondencia. Aquí podrán leer las historias de mis colaboradores.

sábado 24 de marzo de 2007

De recuerdos y cuartos de baño.


Esta mañana me he levantado contenta. Desde que conozco este nuevo rincón tuyo me siento invadida por nuestros recuerdos y reconfortada por ellos.


Veo que tus días siguen pasando con un rastro de whisky y cigarrillos... y con gente a la altura de tus circunstancias...


Mis sábados normalmente son muy rutinarios; una mezcla de cócteles con socios y paseos por el Coulée Verte con mi amiga Claire y mi hijo Tomás (me gustaría que lo conocieras, tiene unos ojos grandes y magnéticos que te encantarían). Pero esta mañana, decidí dejar las visitas sociales obligadas en un segundo plano y me he ido a Montparnasse a mirar apartamentos en alquiler.

No tengo intención de alquilar nada. Pero quería husmear. Quería ver sus cuartos de baño.


Las calles de ese barrio son pequeñitas, estrechas, y sus edificios son relativamente altos teniendo en cuenta la falta de ascensor. La casera de un ático pequeñito en la Rue Daguerre me dió las llaves para que subiese yo sola. Ella ya no quería subir esas escaleras.


Me senté en el water y encendí un cigarrillo.


No sé explicarte el por qué de este impulso. Por qué me fui de mañana en busca de un cigarrillo nostálgico en el cuarto de baño sucio de un ático. Supongo que a veces, me gusta la nostalgia. Me hace sentir viva. ¡Cómo de viva estaba entonces! Contigo, con Percival, con Tim...


Por vuestras letras, más profundas y metafóricas que las mías (ya veo que con los años no cambiamos nada...), veo lo mucho que ha significado Percival en vuestras vidas. Mi pobre Percival. Seguro que él no intuía ese amor profundo. A lo mejor, si yo hubiese sabido demostrárselo mejor...

Yo procuro no pensar en él. Intento huir de esa nostalgia.


Me duele.


Sentada en ese water en el barrio de Montparnasse, lloré por Percival.


Y por nosotros,


lloré por mí.


Y por ti.


Y por Tim.


No eran lágrimas tristes. Eran redondas y sinceras. Como un brindis a la luz de las estrellas en tu Iraklia.


Un abrazo

viernes 9 de marzo de 2007

Museos



Pensando en René y en París me viene siempre el recuerdo del Museo d’Orsay. Es mi favorito. Y es curioso, pero desde la primera vez que lo vi y me enamoré de él, quise siempre volver solo. Supongo que cada uno tiene sus preferencias, pero a mí esa antigua estación en la que nunca volverán a pasar trenes me propone siempre un diálogo. Pero no uno metafórico, sino uno real. Milagros de la sugestión, supongo. Pero, por su estructura, por sus pinturas y por su ambiente me hace emocionarme hasta la lágrima. Me sobresalta esa fascinante idea de que la realidad sólo puede llegar directa al hombre a través de su distorsión. Una noche estrellada es más impactante con colores que no son los suyos y los reflejos melancólicos de un parqué que está siendo acuchillado deslumbran más en un lienzo de hace más de cien años.


El arte explica muchas cosas del ser humano. Del que lo hace y del que lo observa. Y no sólo el arte digno de exponerse en un museo, sino cualquier expresión creativa del hombre. Hay algo en esa manifestación humana que hace que su artífice no pueda disimular lo que es. Como también hay pinturas, esculturas o libros que ruborizan a su espectador por haber dado en el clavo de sus orgullos y sus miserias. Por eso hay algo que asusta cuando alguien recibe una intensa, insistente y personal recomendación para una película o una obra de teatro. Quizá quieran decirnos algo de lo que habitualmente no nos hemos dado cuenta. Pero también por eso nuestros nervios se tensan como las cuerdas de un violín cuando alguien observa algo que hemos creado. Porque llega el momento de no engañar a nadie. Ahí hemos dejado nuestra esencia y algo ha hecho que, pese a nuestros esfuerzos, hayamos dejado nuestras marcas de mediocridad, de desesperación, de tormento o de petulancia.


Y perdemos de tal manera la objetividad hacia nuestras pequeñas criaturas artísticas, que nos hacemos vulnerable a cualquier comentario. Podemos comulgar con un halago entusiasta y hundirnos por ver que nuestros fallos han sido descubiertos. Ambas posturas encajan con el choque de emociones que uno siente hacia su propia cosecha.


Percival era, en ese sentido, una verdadera obra de arte en sí mismo. Su entrega era tan apasionada que para los que lo observábamos cada movimiento, cada frase suya era una gran creación. Su estigma fue el de la perfección, el del aplauso unánime de su público. Y, víctima de una tremenda humildad, antepuso su capacidad de dar a su necesidad de ser. Optó por exponerse continuamente a que los que pasaran por ahí para que pudieran detenerse a sentir cada detalle, a recibir cada señal y a dejarse acariciar por cada pincelada. Aunque, seguramente, no fue una decisión suya. No podía evitarlo.


Fue un ser tan atípico, tan especial, que de alguna manera, como si una institución hubiera reclamado el derecho de la humanidad a compartirlo, se convirtió en una especie de bien de dominio público. Y si en Orsay yo hablo con Degas y me dice que el amor por una bailarina puede hacer que toda una serie de decenas de cuadros sean distintos e igualmente geniales por un simple matiz que los diferencie o Monet me insta a que me aleje un poco de la realidad para poder verla con más claridad, Percival me enseñó que hay personas cuyo destino es estar ahí para los demás. Y su vida, como un museo, se llenó de gente y más gente que, viniendo de diferentes lugares, acababan reconociéndose entre sí por pasar una y otra vez delante de esa misma pieza de exposición. Y los visitantes fueron recomendando a sus amigos lo magnífico de visitar a Percival y de la buena gente que en su “galería” uno encontraba.


Pero llegó un momento en el que se sintió invadido, saturado y la única manera que se le ocurrió de romper con ese estatismo pictórico fue la de desaparecer para siempre. Y cuántas veces pienso en él y cómo me sigue ayudando aun en la ausencia. Y es entonces cuando me siento mal, porque creo que sigo abusando de su generosidad aun cuando el tomó tan radical decisión para huir de ella. Hasta eso tomó del arte. Su genio traspasó su muerte.

lunes 5 de marzo de 2007

Pegajosa y triste

Rory, cuantísimo tiempo sin saber de ti. De ti y de Tim.

Esta mañana, pegajosa y triste, me he levantado más tarde que de costumbre. Tomás ya se viste solo y Dete, la chica que me ayuda por las mañanas, se ha encargado de darle el desayuno y llevarlo con su vecino para que vayan, como todas las mañanas, juntos al cole.

Me he levantado con una extraña sensación de olvido. Algo clavado en mi conciencia, oculto tras una mata de vaho.

Cuando abrí la bandeja del correo pendiente y vi el mensaje de Tim, todo resultó redondo y con sentido. Quizá, ese malestar empañado e incómodo fuese tan solo una predicción de las mías. ¿Recuerdas? Esa conexión entre mentes. Ese "no estás pero sé qué estás haciendo", ese "ahora entrará por la puerta", esos caramelos de vainilla que solamente compraba cuando sabía que Tim vendría de visita sin avisar...

Han pasado muchos años sin hablar Rory. Sé que viste a Claudia, mi antigua alumna de francés, y ella te ha puesto al día de que vivo en París y de que tengo un hijo. No sé si te ha mencionado también que tengo mucho dinero. Tanto que a veces no sé hacer con él.
Si Rory, todos esos ideales anticapitalistas que nos unían a los tres, se esfumaron poco después de morir Percival.

La época inmediata a su suicidio fue muy extraña. Era ver la vida desde arriba. Nunca de frente.

Y yo pasaba por el mundo pero el mundo no pasaba por mi.

Cuando un ser querido se quita la vida es como si se fuera también un poco la tuya. Y más si se trata de álguien al que no solamente quieres, sino que lo necesitas con todas tus fuerzas.
En unos meses de convivencia en aquel "bohemio" departamento de la calle de la Fé, Percival se había convertido en un eslavón. En el padre postizo que aparece solamente para poder preocuparte por alguien y preocupar a alguien.
Pobre Perival, mano derecha de Arturo, como él decía. Era un borracho. Un débil y poco astuto borracho que quiso alquilarme la habitación "para cuidar de la pobre niña francesa". Y así lo hizo. Cuidó de mi como nunca lo hizo mi padre, y yo dejé que me cuidase como nunca se lo permitió su hija.

¿Recuerdas a su hija? Se presentó en casa solamente para recoger cuatro cosas: un rosario, una agenda, un álbum de fotos y su pipa de fumar. La pipa de Percival usurpada por una completa desconocida para mi, pero, al fin y al cabo, su hija. Su Panchita.
Estaba triste. No puedo negar que se la veía muy triste. Nunca supe lo que Percival le hizo, pero estoy convencida de que su suicidio no fue por el alcohol, ni por la falta de motivación. Fue porque Panchita no sabía perdonarle.

Cuando entrasteis Tim y tú por la puerta ella acababa de salir dejándome sola. Sin mi amigo y sin su pipa. Percival se había suicidado y yo estaba sola, triste y sentada en una silla a punto de romperse.

No fue la silla quien se rompió en ese instante. Fueron mis entrañas; que reventaron de dolor y angustia. Dolor, dolor, dolor físico, dolor de muerte, dolor que aterra.

Después de la mudanza, cuando te llevaste mi ruina, me instalé en casa de Claudia. Ahí ya nos perdimos los pasos... tú te fuiste. "Tengo que hacerlo" decías. Y no pudimos retenerte.

Estaba bien, pero estaba sola. Estaba bien, pero estaba triste. Estaba bien... y me encontré a Panchita en un bar del centro. Me abrazó fuerte y me pidió que le hablase de su padre.
"¿Cuánto bebía?", "¿Estaba escribiendo?", "¿Tenía alguna amante?"

No Panchita, para eso es tarde. Para ti ya es tarde...
Era tarde para ella y para Percival.
¿Y para mi padre y para mi?

No tardé ni dos semanas en dejar la casa de Claudia y venir a París a buscar a mi padre.

Lo que aquí pasó te lo cuento en otro momento. Tomás llega del colegio. Ahora tengo un hijo. Con los hijos... todo cambia.