CORRESPONDENCIA:

Este es el lugar de la correspondencia. Aquí podrán leer las historias de mis colaboradores.

jueves 26 de abril de 2007

Lo ajeno y lo propio. Carta a Jim

Querido Jim:

No te conozco y no sé por qué mataste a ese hombre, pero le dije a Rory que buscara al culpable en el vecino que más le recordara a mí y eso me une a tu ser de una manera extraña y umbilical. Entiéndeme. No quiero hacer ningún tipo de oda a la violencia poética, pero sí que, conforme han ido pasando los años, hay mundos de los que no me siento tan distante y el asesinato bien podría ser uno de ellos.

Hay tantas cosas con las que pensé que jamás tendría contacto que, poco a poco, he ido aprendiendo que el refrán de “nunca digas nunca” esconde tanta verdad que le ha sido imposible mantenerla a fuerza de ser tan utilizado. Los ojos comienzan a despegarse, la mirada se abre y lo ajeno empieza a hacerse familiar y finalmente propio. Como cuando de niño piensas que las drogas son de gente de mala vida, de delincuentes y maleantes. O como cuando descubres en la universidad que un amigo tuyo se ha ido de putas. La sordidez empieza a tomar un papel secundario en tu vida y, por momentos, se convierte en una robaescenas de tu existencia.

Sé que es peligroso lo que estoy diciendo. Pero uno cada vez se va haciendo más comprensivo. Estaré chocheando, pero todavía sé que no estoy justificando a un asesino. Sólo estoy diciendo que el deseo lo hemos sentido todos. Y sólo unos pocos lo han cristalizado en acción. Quien mata es posible que esté loco, pero cada vez contemplo más la posibilidad de que sepa perfectamente lo que está haciendo y que, es más, esa sea su única salida. Que ni siquiera se trate de una elección.

A menudo me sorprendo de cómo la ira ha ido creciendo en mí. Como ya he sugerido en todas estas reflexiones, cada vez me veo más reflejado en ese arquetipo de viejo cascarrabias. Hay demasiadas injusticias con las que tragar. Mucha tristeza con la que convivir. Muchos desequilibrios con los que conformarse. Comprobar lo infructuoso de esa bondad con ánimo recíproco o cómo el dolor asola a la gente que menos lo merece va creando una serie de argumentos con los que es difícil mantener la compostura.

Tampoco es fácil ver cómo la vida transcurre y el futuro sobre el que uno veía la meta para conseguir sus anhelos ya es presente. Sí, hemos llegado en último lugar porque nos detuvimos a ayudar a alguien, quizá sólo a escucharlo. Pero no nos han reservado ni el premio de consolación, porque ni siquiera creemos en Dios.

Entonces es cuando uno comienza a ver que la imagen que siempre tuvo de sí mismo ha caducado. No sólo lo ajeno se ha adherido a nosotros, sino lo que es peor: lo que era propio ahora ya no nos pertenece. El entusiasmo dura por inercia un tiempo más del que le corresponde, pero acaba agotándose también. Las buenas intenciones se han dado la vuelta. Recuerdo perfectamente el día en el que me di cuenta de que ya no era el de siempre. Entonces comencé a desarrollar ese pudor social por miedo a que los que me quisieron se dieran cuenta de que mi esencia se esfumó como la de un perfume barato hasta convertirme en algo convencional.

Nuestros valores, supuestos códigos de convivencia, nos han dificultado tanto la felicidad que ahora es inevitable la atracción por los opuestos. Por eso, siento una visceral simpatía por ti Jim, y ya no me parecería tan descabellado verme un día perdiendo los papeles, cargando toda mi frustración, mi incomprensión hacia una masa que parece adicta al absurdo y que no es capaz de darse cuenta de que el egoísmo y la autodestrucción son sinónimos. Como optimista y pragmático. La mediocridad me irrita, me enfurece. Pero ni siquiera es perceptible. Seguro que todo el mundo luego me describiría como un señor normal, un anciano pacífico aunque un poco chalado, que gruñía cuando alguien no le devolvía un “hasta luego” y al que habían visto emocionarse cuando en el metro algún transeúnte tocaba una canción de amor. ¿Eres también tú ése, Jim?

lunes 23 de abril de 2007

Cambiar del todo


¿De verdad los hijos lo cambian todo, René?

Recuerdo que una vez Percival me explicó cómo su gran decepción había sido descubrir que su ser era impermeable al instinto paternal. Ese don de la objetividad que Percival paseaba con modestia, se convirtió en un lastre para él en el momento en el que Panchita lanzó su primer berrido nada más nacer. Su ilusión por recibir en sus brazos ese ansiado bebé, que tardó tanto tiempo en concebir, se dispersó en cuanto le miró a los ojos por primera vez. Había tenido una hija fea.

Pero no era la superficialidad lo que le preocupaba. Era su incapacidad para dejarse llevar por esa pasión que hace a los padres sentir que sus vástagos son los más guapos, llorar en las imposibles funciones de final de curso o considerar sensible y audaz al más zopenco de los infantes.

Él era un esmerado padre, responsable hasta el exceso en la cobertura de necesidades, pero incapaz de resultar alentador. Descubrió entonces una cara más de la paradójica naturaleza del hombre. La que sostiene en la mentira la solidez, la que consigue forjar la madurez de la persona sobre el engaño. Él fue incapaz de mirar a los ojos a Panchita y decirle ni una sola vez algo tan sencillo como “ya verás como todo sale bien”. La vida le había enseñado que lo más probable es que fuera al contrario.

En una ocasión, me dijo que quizá el mayor impedimento que puede dar la inteligencia es la falta de consuelo ante la realidad áspera y agreste. Pero, sin embargo, cuando descubrió el efecto que esa afirmación tenía sobre su pequeña criatura, todo fue mucho más devastador, la sentencia perdió la belleza filosófica.

Es cierto que Panchita, que si bien nunca fue guapa, sí heredó de su padre una agudísima percepción emocional y supo desde sus primeros pasos que los halagos de su padre, por el contrario, tendrían un valor de sinceridad extraordinaria. Por eso los buscó con desesperación. Una desesperación que, en el mayor de los casos, fue corroborada por la hostilidad y las negativas de su padre. No las expresaba directamente, pero estaban en su mirada y ella sabia descifrarlas.

Y Percival se ponía las manos sobre los párpados y como apretando para que los ojos se dieran la vuelta o se abrieran al énfasis paternal, insultaba a lo que él consideraba una “mediocridad positiva” y que le hizo, desde entonces, desarrollar una búsqueda infructuosa de la normalidad. Él quería ser un padre al uso. De los que piensa que sus hijos llegarán muy lejos, hasta cambiar el rumbo de la Historia.

Unos proyectan sus frustraciones. Pero él lo hacía con su amargo realismo. Ni que decir tiene que la situación se fue agravando conforme comprobaba que Panchita crecía dubitativa, como desamparada. Percival trataba de compensar su funesta actitud inculcándole que del fracaso también se aprenden innumerables lecciones. Pero ella, inevitablemente, desarrolló más miedo que valor.

Percival me preguntó una vez, “¿será que no la quiero lo suficiente? ¿acaso un buen padre es tan consciente de las limitaciones de su hija?”. Y yo no sabía qué contestarle. Ahora le habría dicho que las limitaciones suelen hacer las paces con la felicidad, pero entonces callé y él pensó que no le estaba haciendo caso. Pero lo que nunca sabrá es que, por esa respuesta sin pronunciar, yo nunca me atreví a tener hijos. ¿De verdad me habrían cambiado todo?