CORRESPONDENCIA:

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viernes 25 de mayo de 2007

Alergia al polen


Mi madre una vez nos preguntó a mis hermanos y a mí sobre lo que recordaríamos de ella cuando muriera. Éramos bien pequeños, y lanzó la pregunta con ligereza cuando nos limpiaba las legañas en el ascensor al ir por la mañana a la escuela. Yo sé que parece, por así decirlo, un tema de no muy buen gusto para unos chiquillos de preescolar. Pero lo cierto es que yo, con apenas cuatro años, contesté algo inesperado. El carmín que imprimía en mi mejilla al besarme antes de dejarme en clase y cómo sus pies se refrotaban para darse calor al quedarse fuera de la manta siempre que se echaba la siesta en el sofá. Esa fue mi respuesta, lo juro. Mi madre tenía treinta años y faltarían mucho años para que muriera, pero entonces recuerdo que se le empañaron los ojos. Cosas de críos, que dirían tantos. Y una imagen más que nunca olvidaré.

En mi casa, la muerte siempre tuvo un tratamiento muy natural. Casi indígena, como de otro tiempo. Tanto mi padre como mi madre venían de familias muy numerosas, en las que habían perdido a algún hermano o a algún amigo. Pero aun así, supongo que mi madre, como casi todos, tenía ese pudor que causa una muerte imprevista, en la que uno no tiene tiempo para prepararla y algun secreto se desvela cuando ya no se está allí para justificarse.

Si mi corazón dejara de latir en este momento, junto a mi cuerpo inerte se encontrarían una habitación muy desordenada, unos calzoncillos bajo la cama y un armario lleno de ropa sin plegar. Quizá pensarían que los fuegos de la cocina no estaban sucios de dos días, sino que necesitaban una limpieza desde hacía mucho más tiempo. Descubrirían que en mi estantería todavía tengo alguna cinta de Mocedades, que tengo guardadas mis cartas de amor de adolescencia y que mi libro de El Quijote está sospechosamente nuevo. Y con esa ilógica tendencia a magnificar todo aquello que uno deja al dejarlo todo, mi mente hace el silogismo, absurdo desde todos los puntos de vista, de que muchos pensarían que en ese momento descubrían al verdadero Tim. Por momentos, pienso que la imagen que dejaría si me muriera ahora mismo sería indigna, decepcionante. Y por eso, espero que mi despedida de este mundo se produzca de manera lo suficientemente previsible como para tener tiempo para preparar los recuerdos que quiero dejar a mi alrededor. Mi madre, finalmente, murió muy mayor. Muerte natural, como se dice. Todo lo natural que puede parecerle a alguien que deje de respirar la persona que más quiere.

Entonces recordé mucho más que unos labios rojos, unos pies desnudos o una mirada empañada. Recordé la manera que tenía madre de hablarnos a sus hijos. Creo que eso fue lo que provocó que nunca llegara a sentirme niño. Cuando fui a mi primer campamento, con ocho años, en una excursión por el campo por el Pirineo sentí mi premier síntoma de alergia al polen. “¿Cómo es posible que empiece ahora a ser alérgico si llevo toda la vida sin serlo?”, pensé yo. Porque, efectivamente, ocho años ya eran para mí una larguísima trayectoria. No acordarnos de cuando nacimos nos da esa extraña sensación de que llevamos aquí instalados desde siempre. Nuestra infancia, o lo que quiera que sea, se pierde en el horizonte, y a veces creo que el espacio que nuestro cerebro tiene reservado para el pasado es como un punto de fuga. Siempre el mismo y da igual la distancia a la que estemos, porque los recuerdos sólo se apretujan o se solapan conforme avanzamos. Por eso es factible sentir fatiga vital a los ocho años. Esa explicación es la que se me ocurre para describir mi sensación de entonces.

O quizá fueran sentimientos prematuros debido a esa manera que tenía nuestra madre a la hora de hablarnos. Tenía la gran habilidad de hacernos cualquier explicación comprensible, pero sin que nos diéramos cuenta de que la estaba, como es lógico, adaptando a nuestro entender. Nunca nos respondió “ya lo comprenderás cuando seas mayor” o “tú no lo puedes entender”. Apostó por tratarnos siempre como adultos, en principio, como estrategia pedagógica. Pero lo que no esperaba ella es que mis hermanos y yo, que de alguna manera percibíamos el respeto que implicaba ese esfuerzo por su parte, quisimos siempre corresponder a tan precioso detalle. Por no decepcionarle. Y así, recuerdo que a veces se sobrecogía por lo que eran capaces de decir esas pequeñas personitas. Nunca volvió a infravalorar la capacidad de razonamiento de un niño. Porque en su decisión impuesta de tratarnos como adultos, pudo comprobar como hubo muy pocas ocasiones en las que dejáramos de estar a la altura.

jueves 24 de mayo de 2007

Pomodori Secchi

Hoy es uno de esos días en los que uno se remonta a los orígenes de una decisión. Paseando por el mercado de Ottaviano vuelvo a entender por qué un día me enamoré de Roma, esa ciudad a la que desde hace años acompaño de reproches, pero de la que nunca puedo decir que me llevé una impresión equivocada. En todo caso, el desconocimiento era el que tenía de mí mismo, por no saber que lo que en un principio me fascina tengo tendencia a acabar aborreciéndolo. Sin embargo, cuando he realizado mi habitual paseo por los puestos de verduras de Viale delle milizie, aquí, a dos calles de mi casa, la saturación se ha pasado de rosca y he vuelto a sentir los fulgores de la novedad.

En un mercado romano, los productos son siempre de temporada. No hay fresas para Navidad ni granadas para hacer una ensalada en verano. Todo a su debido tiempo. Y eso se puede hacer extensible a la dinámica de la ciudad, que aunque parece dominada por el caos, en realidad tiene unas leyes generales que lo rigen todo y que pocas veces se equivocan. Así es Roma. Su anarquía la hace previsible. Por eso, yo sabía que uno de estos días tocaba que Ivana, mi verdulera de confianza –es decir, la que menos me tima-, me diera una ración doble de tomates secos porque son los últimos de la temporada. “Si no, se ablandan y no están buenos, y ya sabe, Tim, que a mí no me gusta vender lo que no está bueno”, me dice cada año. Yo sé perfectamente que la siguiente pregunta es: “¿Otro verano que no vuelve a España, dottore?”. Y así ha sido. Sin ningún matiz cambiado. La misma cara de interés desinteresado, el mismo tono un pelín más alto del necesario para que yo le oiga, pero que también permita a los caminantes comprobar lo amable que es la señora Ivana. Igual que el charcutero, que no se cansa de decirme que el jamón de Parma es mejor que el de Jabugo o el pescatero, que repite una y otra vez que los meses con “r” son los que tienen el mejor marisco.

Entiendo por qué aquí todo tiene su tempo y me acuerdo, entonces, de nuestros años juntos, en los que teníamos la sensación de estar abriendo camino para el hombre, en el que pensábamos que la nuestra era una visión avanzada, rompedora y original. Percival emocionado con lo bien que le quedaba su nueva chistera, un paso más hacia el mimetismo con sus grandes ídolos. René fascinada por su recién adquirido poder de atracción física e intelectual. Tú dejándote deslumbrar por el análisis de tus propios sentimientos. Y yo entusiasta por sentir que os había encontrado a los tres y ya nunca me sentiría solo.

Hoy me doy cuenta de que transcurríamos por los canales de lo preciso para aquel momento. De lo clásico, que siempre suena mejor que lo convencional. Pero, ¿acaso no es bello que nos sintiéramos tan especiales realizando lo que era de ley para nuestros años? Cuando leemos algo con lo que nos identificamos en una novela o lo disfrutamos en una película, nos sentimos respaldados, comprendidos. Creemos que, sin conocernos, hay algún genio que ha entendido nuestro gozo y nuestro pesar. Pero cuando alguien cercano o un manual de la carrera de psicología se hace eco de nuestro estado vital, nos rebelamos, porque pensamos que están vulgarizando o simplificando nuestras vivencias. Sin embargo, ya con la perspectiva que dan los años, vuelvo a caer en la cuenta de que, aunque sea porque en un alto porcentaje de las personas es así, es cierto que nuestra juventud fue la época más plena de nuestras vidas. Porque en ella se daba el milagro que solapa lo que uno quiere hacer de manera visceral con lo que antropológicamente le corresponde.

martes 22 de mayo de 2007

Felices arrogancias


¿Te acuerdas, Rory, de esa época en la que decidimos convertirnos en estetas? Los dos estábamos fascinados -sin saber lo arquetípico que eso resulta visto desde ahora- con “Muerte en Venecia”. Al revés de lo que suele suceder, primero fue la película y luego el libro, pero de repente nos propusimos que todo en esa fase de nuestras vidas tenías que ser hermoso. No feliz, decíamos, pero sí hermoso. Porque la felicidad es difícil de controlar, pero la belleza puede ser una cuestión de matiz.

Esa apoteosis plástica era, por supuestísimo, tremendamente petulante, pero aprendimos mucho en el proceso. Nuestro planteamiento iba mucho más allá de una abigarrada agenda cultural y pronto empezamos a cuidar las apariencias de todo lo que acontecía a nuestro alrededor. Nos resignamos a asumir el fondo, pero nos dimos la licencia de elaborar nuestras formas, de pulirlas hasta la perfección.

Nuestras conversaciones a veces carecían de contenido, pero nuestros diálogos eran ingeniosos. Nuestras historias de amor fueron quizás insípidas, pero nuestro tormento era atroz o nuestra ilusión se arrebataba a sí misma. Nos rendimos a la elegancia que dibuja una última carta o a la cadencia de una despedida desde el tren. Disfrutamos de ser demiurgos de nuestra propia existencia. Todo eran secuencias más que momentos, capítulos antes que etapas. Quisimos ser personajes por encima de las personas. Pero, contra pronóstico, lo conseguimos. No de manera literal, claro, pero por un momento pensamos que teníamos el control de nuestras vidas y, sólo por pensarlo, fuimos mucho más felices. Y nos sentíamos responsables de nuestro propio estado anímico.

Esa concepción aparentemente elitista de transigir sólo con lo bello no consistía en cerrar las puertas a lo feo, sino en rebuscar su ápice de hermosura. Partíamos de esa base, soberbia y generosa a un mismo tiempo, de que cualquier elemento escondía su valor plástico. Según cómo se mirara, parecíamos esas personas que aceptan todo tal cual es porque es obra de un creador supremo. Pero nosotros sólo nos debíamos tal esfuerzo a nosotros mismos. Éramos pura autocomplacencia.

La vida, en realidad, nos dio la razón, pero nos quitó la entidad moral como para seguir con ese espíritu. Esos años en los que vivimos bajo el síndrome de Stendhal, nuestra actitud se retroalimentó, fuimos tremendamente positivos y el día a día nos satisfacía en cualquiera de sus variantes. Incluso cuando murió Percival o René dijo que se iba posiblemente para siempre. Las tragedias eran, por momentos, la forma de belleza más intensa. Pero luego crecimos y nos dimos cuenta de que el verdadero dolor ni siquiera nos había rozado y que ponerle a él delante del espejo y decirle que es hermoso era una estupidez gigantesca, una auténtica falta de respeto.

Pero ahora, Rory, me encuentro que todo ha trascurrido sin percances especialmente graves, que mi vida ha transcurrido con el viento a mi favor, pero, justamente, las formas han matado al fondo y sólo me preocupo de que me he llegado a tierra despeinado. Y no creas que he olvidado la lección. Sé que todo es responsabilidad mía. Porque, aunque fuera de manera injustificada o incluso desconsiderada, en ese tiempo tú y yo irradiábamos una alegría que era tan contagiosa como útil para los que creyeron que era cierta. Y, al fin y al cabo, hoy incurro en el mismo error pero a la inversa: mi desazón tiene la misma falta de motivos que la que tenía la felicidad de antaño.

Memoria e impresión


Como ya he dicho en muchas ocasiones, uno de mis bienes más preciados ha sido siempre la memoria. Pertenece a ese grupo de cualidades positivas de las que uno presume pero que carecen de mérito, que tienen su base en cómo Dios se olvidó de la justicia a la hora de distribuir los dones. Yo, durante una época, me sentí muy agraciado en ese reparto, pero como no creía en Dios no sabía a quién achacar tal ventaja competitiva. A la suerte, quizás. Mi reflexión, que en aquella época estaba prendada de sí misma, prefería desviarse hacia cómo los hombres necesitan criticar hasta a su Dios.

Sin embargo, como la memoria es, según el dicho, la inteligencia de los tontos, algo en mí se empeñó en devolverle su dignidad y fui componiendo el mapa conceptual de tal manera que, me temo que sólo para mi propia tranquilidad, pude demostrar que es una cualidad no solamente muy útil, sino también muy incómoda de transportar.

Me acuerdo perfectamente del día en el que cumplí tres años, con esos amigos impostados que uno invita a sus fiestas cuando nació en los meses de verano y que, en esa ocasión, eran tantos que tuvimos que sentarnos alrededor de una mesa de ping pong. Desde ahí hasta que cumplí los veinticuatro, recuerdo todo. Y cuando digo todo, digo todo. Incluso cosas que en su momento no supe interpretar, tuve la oportunidad de conservarlas hasta que mi madurez fue lo suficientemente hábil como para desentrañarlas. Y por eso, a la reivindicación de la memoria sumé también la de la infancia, por ser la época en la que la que tus mayores piensan que no recordarás ni les tendrás en cuenta las tonterías que vertieron sobre ti, las miserias que demostraron al pensar que no trascenderían y las parcelas de poder que pensaron que tu supuesta inconsciencia les otorgaba.

Pero además de ofrecerme esa especie de “base documental” que me hizo desconfiar de tantos seres cercanos en aquella época en la que mi realidad era un plano contrapicado, mi memoria se ha traducido para mí en una especie de continuo chantaje emocional, en un lastre inquisitorio. En una conciencia hiperdesarrollada que no pasa por alto ninguna incoherencia, que rechina cada vez que mis pensamientos cambian de chaqueta, que me lleva años castigando porque ya no soy el mismo de siempre. Tengo instantáneas de lo que dije y, sobre todo, de lo que sentí selladas en mi ser y, así, cada cambio en mis postulados ha sido traumático como una rendición e imperfecto como borrar un tatuaje. Siempre quedan marcas.

La realidad es que, llegado cierto punto de tu vida, hay pocos cambios a mejor. Ahora que lo pienso, fui un joven deslumbrante. Estrictamente, no lo fui por dentro, pero sí hacia fuera. Esa etapa sigue intacta en mi cabeza, pero ya es una especie de reliquia a la que adorar y que ahora se está restaurando gracias a vuestras reapariciones. A la de Rory y a la de René. Y, a su manera, también a la de Percival. O Perceval, eso es elección de cada uno. Vosotros fuisteis los primeros en estar conmigo también los veranos para celebrar un cumpleaños de verdad, para hacerme creer, incluso, que los deseos que se esconden en las velas de verdad vuelan al soplarlos. Siempre había pensado que se quedaban en esa última gota de cera que se resbala por la vela pero que se solidifica antes de poder llegar hasta la tarta.

Sin embargo, la juventud se marchitó sorprendentemente pronto y, ya llegados los treinta, sentí que mi memoria empezaba a fallar, que dejaba de ser receptivo, que mis amigos y mis novias empezaban a sentir que no les escuchaba. Pensaba que era imposible que mi capacidad de archivar datos y recordar momentos estuviera empezando a fallar tan pronto, que eso no se correspondía con una persona de mi edad. Daba por hecho que eso llegaría mucho más adelante. Pero de repente entendí que no era la memoria lo que fallaba. Que ni siquiera era ella propiamente mi gran capacidad. Entendí que lo que se había desvanecido en mí era la capacidad de sorpresa, había desaparecido mi entusiasmo. Mi propia vida había perdido la capacidad de impresionarme y mi percepción mermaba sus fuerzas para imprimir un recordatorio. El escudo de la decepción se había hecho ya impenetrable y todos mis sentimientos eran devueltos al campo de la indiferencia. Yo me sentí un anciano precoz, de treinta años, porque deduje que la senectud es algo más que el deterioro físico. Que la memoria depende de la impresión. Que a veces la gente no comienza a tener problemas para recordar su vida, sino que es su vida la que se hace olvidable. Y que la vejez, entonces, sería mi próximo objeto a reivindicar.

lunes 7 de mayo de 2007

Juego de espejos

Sí, Rory. En la vida no hay narradores omniscientes ni realidades certeras. Supongo que recuerdas lo que decía Percival sobre nuestra necesidad de convertir nuestra existencia en historias para poder así entenderla, analizarla y compartirla. Pero yo, que nací con el don de la palabra, siempre me sentí tramposo con mi vida por mi capacidad para convertirla en relato.

Ahora, conforme noto que mis reflejos verbales van fallando, que mi cabeza ya no es tan hábil en sus argucias para convertirlo todo en apasionante, a veces me embarga la impotencia y me enfurezco, pero cuando reflexiono, me doy cuenta de que eso me ayuda, por fin, a sincerarme conmigo mismo.

Esa honestidad recién adquirida es lo único nuevo de este organismo decrépito, pero hacía tanto tiempo que no estrenaba nada que mi temperamento se ha vestido de gala, ha recuperado parte de su optimismo y, cuando se mira al espejo, se ve joven, enérgico. Y se pone a escribirte, Rory.

De repente, me he convertido, por una parte, en espectador de lujo de todo el artificio narrativo alrededor del cual hilé mi vida. Y era bueno, la verdad. Pero por otro, me regocijo en la confirmación de que redescubrirse, en cualquier edad, siempre me ha parecido placentero.

Creo, Rory, que tú ya te habías dado cuenta de todo esto. Que en todas esas ficciones bien tejidas que fueron conformando los testimonios de mi vida, llegaste a conocerme bien gracias a las contradicciones que ellas encerraban. Las mentiras son las que acercan a la verdad esencial sobre uno mismo. Curioso, ¿no? Hoy también me parece bonito, por su ingenuidad. Quizá sea autoindulgente, pero hallo ternura tras mi propio artificio.

Mi madre siempre me decía que tenía que tener cuidado, que no era tan fuerte como pensaba. Pero yo, para contar mis peripecias, siempre preferí la épica, y así, me acabé convirtiendo en un héroe de una armadura tan indestructible por fuera que los tormentos propios rebotaban por dentro sin encontrar una rendija por la que escapar. Pero algo en mí sabía que René, Percival y tú sabíais lo que había de falso en esos espejos. Sabías que no sólo cambiaban la izquierda por la derecha.

Fui cogiendo tanta práctica en el arte de construir mis propias fábulas, las cargaba de tantos matices que, unas veces con sensibilidad, otras con ironía y otras con pura imaginación, hicieron a la gente valorarme más por mis palabras que por mis acciones, por lo que era capaz de ofrecer en una conversación que en un momento verdaderamente relevante. Un farsante encantador, en definitiva, que seduce con la retórica. Pero qué triste es darse cuenta de que uno mismo está siendo sobrevalorado.

Percival, que pronto entendió sus riesgos, siempre tachó mi juego de peligroso. Sin embargo, Rory, Percival ya no está y me doy cuenta de que él fue, con su rictus de autenticidad, con su sombrero y su paraguas, mucho más ilegible que yo. Fue tan fiel a su realidad que no podemos plasmar con palabras su historia, se marchó con su verdad escrita en forma de indescifrable jeroglífico. Y todo lo que contemos aquí sobre él no es más que la pobre visión que nos ofrece un viejo espejo retrovisor.