De niño, mi abuela me repetía una y otra vez que la muerte llegaba cuando uno alcanzaba la perfección. “La vida es aprendizaje, y cuando superas el examen de la perfección, Dios te lleva contigo”. Así justificaba la muerte de mi tía, supongo, o por eso sufría cuando se daba cuenta de su longevidad. Sentía que ya no le quedaban fuerzas para seguir perfeccionando en vano su temperamento y, en los momentos en los que su cordura se despistaba, sufría una tremenda angustia con la sola idea de la inmortalidad.
Son esos conceptos medio esotéricos, medio legendarios, que uno va olvidando conforme crece y pone en su sitio todo lo aprendido y yo, sin ningún tipo de voluntad suicida y a pesar de saber que era una meta imposible, sí que intenté acercarme lo más posible a la perfección. Carente de creencias divinas, sentía que era mi responsabilidad. Sin esperar nada a cambio más que mi propia satisfacción. O, dicho de otra manera, para calmar la ansiedad vulnerable que siempre despertó en mí el no hacer las cosas bien.
Así, mis esfuerzos se concentraron durante la adolescencia para construirme como un hombre sin fisuras. Un trabajo tan minucioso como erróneo hizo que se esculpiera en mí lo que, en realidad, no era otra cosa más que un corsé del que luego fue muy difícil salirse, y del que aun hoy siento que me quedan algunos incómodos jirones.
¿Por qué no asumir que parte de la belleza del ser humano está en su calidad de ser imperfecto? O más aún, ¿por qué teniéndolo tan claro respecto a los demás, seguí siendo tan implacable conmigo mismo? Mi propia conciencia fue a veces más estricta que cualquier concepción de censura teísta. ¿Con qué fin? Durante una época pensé que buscaba el orgullo de mis padres o que esas malditas expectativas que pusieron sobre mí me forzaron a corresponderles. Pero ya murieron y todo siguió igual. Si por inercia o por código genético no importa. Pero acabé llegando a esa meta. A esa “perfección” que luego descubrí que no era tal, que estaba equivocada desde el principio. Por supuesto, era demasiado tarde.
Mi abuela no murió perfecta. Murió de vieja. Yo seguí viviendo, a pesar de mi perfección. Pero me acordé de su absurda hipótesis al irse Percival, porque él sí parecía responder al embrujo de aquella historia. Creo que sí era perfecto de verdad. Y cuando las cosas son perfectas es porque son sólidas, indestructibles. Perfecto era su dolor y, por ello, infranqueable. Perfecto era él mismo: tan coherente dentro de sí que todas sus reacciones, las más tristes y las más alegres, formaban parte de un entramado complejo, pero tan consecuente que también era imperturbable.
Mientras mi perfección fue formal, la suya fue radical. Él nació así y yo intenté llegar a ese mismo punto partiendo de una desventaja competitiva. Así, mi perfección se fraguó en un comportamiento ejemplar, en evitar toda salida de tono. Cordialidad y afecto, disponibilidad. Me eduqué muy bien a mí mismo para poder ser competente en todas las materias, para ser siempre comprensivo y poder dar calidez a aquellos que me la pidieran. Y fue muy placentero en la amistad, ciertamente, pero estéril en el amor de una mujer. La verdad, una vez más, dejó en evidencia a la apariencia. Ninguna mujer pudo soportar mi actitud, aquella que había trabajado –entonces me di cuenta- con la voluntad única de encontrar a la persona que me acompañara para toda la vida. Pero todo lo que tenía de irreprochable era un gran reproche en sí mismo. Un reproche perfecto también, que levantaba una irreal pero aun así palpable sensación de juicio y, en consecuencia, también de inseguridad. Porque a veces nuestra seguridad se basa en la imperfección de los demás, y una persona que transmite perfección emana también intolerancia.
Pero yo no juzgaba nada. Era amor de verdad, aceptación absoluta. Y en vez de abrir las compuertas del regocijo por la confianza, se desplegaban las de la insoportable desorientación.
CORRESPONDENCIA:
sábado 23 de junio de 2007
Las consecuencias de la perfección
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Timothy Treadwell
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domingo 10 de junio de 2007
El funeral de Percival
Y así, cómo olvidar cada instante de aquel día en el que enterramos a Percival. Rostros y sensaciones. Atmósferas y hechos. Dicen que todos los artistas conciben en algún momento de creatividad su propio funeral. Yo creo que Percival sólo soñó con él como un plano final para cerrar la película de su vida. La curiosidad no era tan fuerte como para vencer el tormento que acabó con su ánimo de trascendencia. O al menos, ella no sería ya asunto suyo, lo que convirtió su despedida en una liberación. Elegida, mas no planeada.
Cada vez hay más padres que no bautizan a sus hijos y bodas que se celebran por los trámites de lo civil. Sin embargo, el hecho de que pocos planten cara a la religiosidad a la hora de despedir a un familiar me hizo, ya en aquél funeral, descubrir el sustrato de creencia o de temor que todavía mantenemos hacia Dios. Yo, que no soy artista pero a veces caigo en el juego vanidoso de pensar cuánto dolor será capaz de provocar mi ausencia, detestaría que se celebrara una misa por mi alma. Percival, seguramente, pensaba que no era de su incumbencia y habría dado su beneplácito a cualquier opción.
En el rito católico, además, esa premura en su realización produce un estado complejo en los asistentes. Es una ceremonia que, desde que la viví en primera persona en aquella despedida de Percival, me causó una indescriptible sensación de paradoja. En ese caso puntual, había algo de irónico en el multitudinario adiós a alguien que no encontró a nadie que le motivara seguir viviendo. Pero lo que el tiempo demostró que sería una constante era todo ese sufrimiento compartido, ese barullo de sollozos, esa humedad salada en las mejillas, esos abrazos fuertes, que parecen buscar la recuperación del tacto mermado por el dolor. Impulsos precipitados, actos reflejos de un cuerpo que reacciona a la tragedia que las mentes todavía no se han atrevido a procesar. Lloran algo cuya realidad todavía no han vivido. Sufren por una recreación mental de lo que supondrá la pérdida, cuando ésta todavía tiene muchas bazas que jugar antes de dejar a la vista todas sus cartas. Y lo que desde entonces más me impresiona de los funerales es saber que, dentro de ese espectáculo dramático absolutamente sobrecogedor, lo peor está por llegar y cada uno lo vivirá en su propia soledad muchos meses más adelante.
Pero lo que más me impresionó fue nuestro propio envaramiento. Ni siquiera me atreví a llorar. No me atreví a quejarme. René, tú y yo no tuvimos que decirnos nada. Confusión por lo sucedido apenas unas horas antes. Pero también un respeto que nos inundó al ver el verdadero dolor en el rostro de la madre de Percival. Sin excesos. Puro sufrimiento. De pie, en el primer banco de la iglesia, rodeada de personas compungidas y escandalosas, pero con la mirada en algún lugar en el que residía la esencia del instinto y en el que no había sitio para nada más.
Por eso, decidimos, sin tener que proponerlo siquiera, no dar el pésame ni mostrar ninguna expresión de solidaridad. Sentimos nuestra unidad en el rechazo hacia ese insulto hacia la realidad única, indivisible e imposible de paliar de una mujer que, sin motivos reales pero de manera inevitable, sentía que su hijo firmaba con sangre su fracaso como madre. Y al no haber dolor más grande, entendimos que no teníamos más alternativa que la de retirarnos en acto de modestia, porque ni siquiera podíamos acercarnos a lo que ella estaba sintiendo. Un sentimiento que sabíamos, y el tiempo nos dio la razón, que era un preludio de lo que sería, sin remisión, una existencia condenada a la desgracia.
Sin embargo, su grandeza superó al dolor cuando, con el cuerpo de Percival ya inhumado y cuando en su casa -donde habíamos tenido tantas charlas acaloradas y tantas confesiones endulzadas por unas galletas de mantequilla- se empezaba a hacer física su soledad, ella se acercó a nosotros y, como si Percival le hubiera dado las claves de nuestro comportamiento, pronunció, con una puntual y deslumbrante serenidad, un imborrable “gracias por todo, chicos”.
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Timothy Treadwell
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17:27
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sábado 9 de junio de 2007
Esperas desesperadas
En castellano, son muchos los momentos vitales que se reducen a la espera. En inglés, sin embargo, hay más palabras para matizar, porque esperan físicamente mediante un “wait”, calman las ansias del espíritu conjugando un “hope”, e incluso planean lo venidero con un “expect”. En Italia uno tiene mucho que “aspettare”, pero poco que “sperare” y en Francia te piden educadamente un “attendre” mientras dejan para su cine y su literatura el “sperer”. Los españoles decidieron, en el algún arrebato poético o en una dejadez elíptica, sacar factor común y meterlo todo en el mismo saco. Y así, toda vida narrada en castellano tiene más sensación de perder el tiempo.
Es curioso, Rory, lo complementarios que siempre fuimos. No digo diferentes, digo complementarios. Mismos anhelos, opuestas vías. Y mientras tú juegas a vaciar el futuro inmediato para imaginar el lejano, yo sigo construyéndome con los pedazos de lo ya vivido. Tú sigues teniendo expectativas y yo apelo a mi coherencia. Rory buscando el yo que será y Tim el que dejó de ser. Tú disfrutando la espera, yo pensando en cómo otra vez he sido el que se tomará el café frío porque lo pedí sólo para reservar la mesa.
Pero ahora, al saber de nuevo de ti, veo lo mucho que tienes todavía por enseñarme. De alguna manera, sentí que la vida empezaba a ponerse seria cuando mis acciones adquirían esa capacidad de determinar de verdad mi yo. Hasta cierta edad, todo parecía reversible, omisible, perdonable. Pero empecé a ver cómo hay momentos que marcan un espíritu y pasos que, de no ser dados, ya no son recuperables. Fue un descubrimiento tardío, como otros tantos en mi vida. Siempre fui así. Maduro y solemne para muchas cosas, pero tremendamente atolondrado para otras. Y leyéndote a ti, de pronto, descubro que tu juego, aun siendo muy parecido al mío, es mucho más divertido. Y más sabio. Porque a veces un movimiento de cuchara puede ser más definitivo que un cambio de ciudad. La toma de decisiones es perpetua y las consecuencias cambian nuestra vida de manera exponencial.
Pero Rory, yo sigo con el espejo retrovisor y pienso en qué hubiera sido de mí si no… antes que en qué será de mi si ahora… También trato de conectar con mi yo de entonces, y a veces lo admiro y otras lo culpo. Tú sabes esperar, porque miras hacia delante. Yo sólo hago balance a toro pasado. Quizá porque todo se articula en el humo de un cigarrillo, así que espero que la noticia de Kaliass no cambie tu actitud. Quizá debiera empezar yo a fumar. Porque tú, mientras aspiras el humo, ves charcos que has saltado sin darte cuenta. Yo mares en los que perdí el rumbo y naufragué.
Antes vivía de la ilusión, de una suma de metas imposibles que, aun en la lejanía, son capaces de endulzar un carácter. Pero llegó un momento en el que la lejanía era mayor que los kilómetros restantes y los anhelos conducían con la reserva. Ya no me veo capaz de disfrutar de la espera como tú, aun a sabiendas de que es probable de que el encuentro nunca se produzca. Y a veces pienso que Percival también se cansó de esperar. O que se esperaba otra cosa de la vida y de nosotros. O que ya no le quedaba nada por esperar. O que se cansó de lo que los demás esperaban de él. No sé hasta qué punto todas las esperas, propias y ajenas, acaban siendo lo mismo y el castellano es un idioma sintético. Pero yo sólo sé que lloré una vez más leyendo las palabras de un extraño, al descubrir en quien quiera que sea Alexander Koruchev el ímpetu de la búsqueda de lo amado empujado por la más remota de las posibilidades. Al menos -trato de decirme e mí mismo- sigo emocionándome cuando reconozco en los demás los síntomas de la esperanza.
Publicado por
Timothy Treadwell
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03:43
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sábado 2 de junio de 2007
ESCASEZ EN NIZHNY NÓVGOROD
La ciudad rebosa.
Mi nombre es Alexander Koruchev, soy leñador y la última vez que supe de Mitienka estaba recorriendo las islas griegas.
Necesito un cigarro... Escasez del alma
Publicado por
Alexander Koruchev
en
09:08
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