CORRESPONDENCIA:

Este es el lugar de la correspondencia. Aquí podrán leer las historias de mis colaboradores.

sábado 21 de junio de 2008

Detenciones y paradas

No fue hasta que llegué a Italia cuando entendí que una detener a alguien es lo mismo que parar a alguien, frenar en seco su existencia. “Fermata” es la parada del tranvía y también esa mujer detenida llamada Gloria. Aquí se baja usted de su vida, le habrá dicho Aleksas. Salga por el lado izquierdo y tenga cuidado con el escalón.

Hay, también, vidas detenidas y otras que son como invisibles porque nadie se ha parado a mirarlas con atención. Hay otras que se viven deprisa, sin pararse, y otras, como las nuestras, Rory, y la de tu puntual amigo Ryder que, como tú mismo dices, germinan en las pausas. Necesitan recapitular y florecer. Que sea el mundo el que nos espere, por una vez.

A Percival siempre lo reconocíamos en la lejanía por esa peculiar forma de andar. Nerviosa y elegante. Pero al detenerse, al sentarse en la esquina de la cama y mirar a las grietas del parqué, desplegaba su verdadera dimensión. Comenzaba a desgranarse su mundo interior, se desataba su irrepetible lucidez para analizar todo lo que sucedía a nuestro alrededor. Se describía y nos ayudaba.

Dada su frenética agenda social, era raro que esos momentos excedieran el monólogo interior y, por eso, cuando verbalizaba su pensamiento, uno se detenía a su lado simplemente para saborear el privilegio de ser el observador de su grandeza íntima. Las veces que quedamos a solas, me sentía honrado por ese encuentro fruto de una intención sin lugar para la casualidad: él quería estar contigo. Todo adquiría una cadencia similar a un lento goteo, al paladeo intenso de un sibarita ante un buen vino. El aroma, el sabor, la textura del aire eran placeres como para desglosar por partes.

Hubo épocas en las que nos veíamos a diario, pero siempre me pareció una ocasión especial encontrarme con Percival cara a cara. En cambio, algo me hacía sentir incómodo cuando ambos compartíamos en exclusiva un caprichoso espacio. La admiración obstaculizaba la conversación, como un amor primerizo que airea todas tus torpezas. Él lo notaba, yo creo, se violentaba un poco. Sin caer en la presunción, él sabía que a veces nos costaba ponernos con él en una línea de igualdad. Y yo, que nunca he sabido crear los estados de ánimo, sino adaptarme como el mejor a los ya existentes, acababa llenando con mis titubeos la atmósfera de inquietud.

La última vez que vi a Percival fue, en realidad, a solas. Él y yo en la pequeña mesa de un café al azar. Fue la primera vez que, aunque no fuera explícitamente, creo que me estaba pidiendo ayuda. Con el bombín colocado impecablemente y el paraguas a modo de bastón, aun con el sol abrasador de ese verano de Madrid, expuso con su habitual brillantez, punto por punto, los motivos de su desesperación. Me llenó de orgullo compartir sus confidencias, ser la persona elegida para intentar dar con la solución a sus problemas, que él pensara que yo podría reconducir sus ánimos. Y volví a maravillarme por su poética para relatar una vida, aunque fuera la suya propia. Encerrado en ese espejo de vanidades, volví a casa pensando que ése sería uno de los momentos que siempre recordaría como un éxtasis de amistad, sin darme cuenta de que aquello era, en realidad, una despedida.

Por una extraña razón, el dolor Percival fortalecía nuestro vínculo amistoso, nos acercaba a él más que nunca, y su clarividencia al narrarlo nos hacía adorarlo cada vez más. Aquél día, en aquella larga conversación, creo que Percival por fin entendió también esto y completó el puzzle. Por eso, tras terminarse el enésimo café de un solo trago, me dio el habitual beso en la mejilla, dejó un billete encima de la mesa y se fue con determinación. Fin de trayecto. No habría más paradas.

sábado 14 de junio de 2008

Sorpresas

Sí. Es para mí, además de un placer, una sorpresa volver a escribirte, Rory. Que esté vivo a estas alturas era, en realidad, lo menos previsible. La salud en mi caso, amigo, ha sido como un sofisticado aparato electrónico que en el momento en que comienza a dar sus primeras muestras de error ha encontrado el principio del fin. Si fuera un artilugio, habría que ir mirando los próximos modelos que sustituyan este viejo cacharro obsoleto. Un pequeño desequilibrio en la sangre que lleva a una analítica más profunda y de ahí al ovillo de lana que sigue y sigue y no parará hasta desmadejarse del todo. Desguace, es la única opción.
Pero yo no tengo sustituto. No porque sea único, sino porque ha llegado el momento que siempre temí: el de asumir la despedida sin descendencia. ¿Es verdadera la necesidad de perpetuarse? ¿Es vanidad en busca de que alguien te recuerde? A veces, como siempre, lo pienso todo al revés y saber que soy el final de mi línea sucesoria me hace sentir más importante. Quien quiera, que me aproveche mientras esté aquí. Cualquier imitación es inferior al original, suelo pensar, y quizá alguien, en el más remoto de su subconsciente, se dará cuenta cuando no esté de que había algo que sólo yo podía ofrecerle. Aunque sea póstumamente y yo no sea creyente, tengo la impresión de que mis cenizas se alegrarán.

Pero también me habría gustado que un ser hubiera empezado su vida con ventaja gracias a los tragos que mi experiencia le habría evitado. Haberle dado mi sabiduría para facilitarle las cosas. Quizá habría sentido que todo cobraba un mayor sentido. Sí, Rory. Vuelvo a pensar que habría sido un buen padre si me hubiera dado la oportunidad en su momento.
Y también vuelve a mí la sensación de dependencia de las circunstancias. Ha sido un año de reclusión conmigo mismo, con mi enfermedad miserable, con esos médicos que se han fascinado porque mi diagnóstico es tan rocambolesco que para ellos es todo un reto profesional. No saben explicar qué flor mortal crece en mi interior y, por eso, hasta que no lo descubran es de vital importancia –curiosa expresión- que no me reúna con la muerte. Al parecer, en el futuro mi caso podría ayudar a otra gente. La verdad, llegados a este punto, eso es para mí lo de menos. He preferido centrarme en mí y volver a situarme en esa línea entre el reproche y la satisfacción al ver que todavía tengo mucho por aprender. Parece mentira, Timothy, a tu edad, ¿serás capaz de cambiar en la luz cálida del crepúsculo? Antes me movía bien en el contra pronóstico.

Siempre me he negado a consentir el defecto, he preferido luchar contra él aunque entre dentro del lote de impertinencias del ser humano. Y en mi caso, mi capacidad de adaptación jugó en mi contra. Jamás dejé de hacer un esfuerzo si era necesario, pero tampoco lo hice a no ser que fuera la única alternativa. En una mano, guardo el regusto de seguir sorprendiéndome a mí mismo, crecer conforme la rosa destapa sus espinas. En la otra, la amargura de necesitar un acicate para explorar mis posibilidades. Sobre todo, la de pensar que el mayor de todos, el que me habría hecho dejarme la piel en todo momento, llevaba mi apellido y nunca le dejé nacer.
Por fortuna, y como pequeña compensación, la vida me ha vuelto a poner en un brete. Y, sí, he vuelto a estar a la altura. Estar al límite demuestra cómo es uno y, al parecer, soy un tío de puta madre. Entonces, ¿por qué no lo soy siempre? ¿por qué he perdido la emoción de demostrarme a mí mismo hasta dónde puedo llegar? Este último año podría haberme derrumbado y no lo he hecho. Pero tampoco tengo la sensación de que mi compostura sea tan meritoria. Desde siempre, he temido desde lejos pero he demostrado bravura desde cerca. Pero, de alguna manera, esa que era “mi vida”, la de verdad, se había ido a muchos kilómetros de distancia.

Y, sí, la enfermedad ha sido gratificante en el sentido en que me ha puesto en contacto con mi yo ante la adversidad, con el Timothy infatigable, el que desempolva su amabilidad y podía crear todo un círculo de bienestar. El que sabe que en toda situación se puede conseguir rozar ese punto llamado “lo mejor en la medida de lo posible”. De repente, y después de tanto tiempo, creé a mi alrededor la atmósfera contagiosamente positiva de mis mejores tiempos y, aunque fuera en gente desconocida, se recompuso mi capacidad de levantar admiración. Mi dignidad a flote, pero ¿por cuánto tiempo? Sólo tenía ganas de poder contártelo, Rory. De darte a ti una feliz sorpresa. Y a Percival. Y a René.